La lectura como espacio de (re)encuentro y esperanza

Solía leer mucho. La lectura era mi espacio seguro, mi forma de desconectarme de este mundo, habitar muchos otros y, al regresar al mío, hacerlo con nuevas ideas y perspectivas. Pero el último año vinieron muchos cambios en mi vida y la lectura se fue quedando atrás. También, se fue imponiendo una nueva presión: lee únicamente cosas académicas o que estén relacionadas con tu carrera, me decían. No me malinterpreten, me apasiona lo que estudié y a lo que me dedico. Pero nunca he querido que mi profesión defina todo lo que soy.

Entonces, reconectar con la Ara lectora definitivamente fue redescubrirme de muchas maneras. De hecho, cuando me di cuenta de lo mucho que estaba disfrutando regresar a esa parte de mí, me puse a llorar. Es como si hubiera estado perdida durante un tiempo y los libros me hubieran mostrado el camino de regreso hacia una parte de mí que no sabía que extrañaba tanto.

En todo este camino, regresé a la Biblioteca Vasconcelos. Tengo toda una historia con esa biblioteca, algún día espero escribir sobre ello. Pero, por ahora, les diré que suelo vagar en sus pasillos esperando que los libros me encuentren a mí y no tanto yo a ellos. Y me ha funcionado muy bien.

Fue así como llegué a una serie de ensayos escritos en los noventa. Me llamó la atención el título: La frontera indómita. En torno a la construcción y la defensa del espacio poético. Estaba ahí, esperándome en un estante del piso siete de la Vasconcelos, el cual, por cierto, es mi piso favorito.

Lo comencé a leer y la autora se pregunta: ¿en dónde viven la ficción y la literatura?, ¿en qué lugar existen los mundos imaginarios? Me quedé pensando en cuál era ese lugar que había abandonado durante casi un año y que, en estos momentos, me encontraba desempolvando. La autora nos habla entonces de que leer y escribir siguen siendo fronteras indómitas: territorios necesarios y zonas liberadas, lugares que no pertenecen a las puras subjetividades ni a la objetividad, no son de adentro ni de afuera, territorios tranquilos donde nos podemos dejar arrullar, pero que también implica, a veces, atravesar márgenes peligrosos audazmente.

Leer, como ese espacio donde se une el sentir, la subjetividad, la existencia, la vida de quien escribe con las de quien lee. Una forma de compartirnos y reflejarnos en otra persona.

Y la autora se pregunta también ¿qué hace que estos espacios, esas fronteras, se hagan más anchas o angostas? Nos habla sobre tres factores que, a su consideración, angostan estos lugares.

El primero es la escolarización. Menciona que, a través de ella, han vuelto a la literatura algo que tiene que ser únicamente “útil”, volviendo así algo indomable en una criatura mansa y confiable. ¿Cuántas veces nos han dicho que hay una única forma de leer, que todes debemos sentirnos de cierta manera al leer un texto o que tenemos que interpretarlo de cierta manera? ¿Cuántas veces hemos escuchado la frase “el autor quiso decir…”? Dejando fuera nuestra propia interpretación, nuestro sentir y cualquier otra cosa que se genere dentro de la lectura. También, las personas que afirman que escuchar audiolibros no es leer, un argumento sumamente capacitista.

Stephanie Graegin, vía Instagram @sgraegin.

El segundo factor es la frivolidad. Y aquí creo que heriré algunas susceptibilidades, porque me quedé pensando en que, para mi generación, la lectura muchas veces se tradujo en números. ¿Cuántos libros lees al año? ¿Y al mes? ¿Y a la semana? Todo esto también impulsado por el boom de Booktube y otras formas de compartir nuestros hábitos de lectura en redes, como los aún utilizados retos de Goodreads. Y es que, la verdad, ¿cuántas personas no nos hemos sentido frustradas al considerar en qué vamos muy atrasadas en “nuestras metas de lectura”? No se preocupen, yo también me sentí personalmente atacada con este punto.

Y reflexiono que este va muy ligado al tercer punto: la mercantilización. Aquí podríamos insertar el meme de “todo es culpa del capitalismo”. ¿Cuántos libros tiene que editar y publicar una editorial al año? ¿Cuáles son las formas en que se puede garantizar que un libro será o no exitoso? ¿Y a qué costo? La autora reclama que los títulos, estilos e incluso el desenlace de un escrito se tienen que ajustar, a menudo, a las exigencias del todopoderoso mercado.

Y al final, se pregunta, si todo parece tan en contra de las fronteras indómitas, ¿tendrá sentido recordar la libertad de un gesto, la libertad del juego, la gratuidad de un poema cuando vivimos, como vivimos, en un mundo saturado y saturador? Y yo le respondo a la autora: sí, tiene sentido, tu ensayo me encontró y ahora sé que hay esperanza.

Cierro el libro y veo el nombre de la autora: Graciela Montes. Quiero seguir leyendo cosas de ella y el nombre se me hace conocido. La googleo y es una autora de literatura infantil. Me quedó anonadada. Graciela Montes escribió varios de los libros que me acompañaron en mi infancia.

La misma autora que contribuyó en que yo comenzará a amar la lectura me regresó la esperanza en ella.  Y esos encuentros, esas coincidencias, esa magia, solamente los dimensiono existiendo en los espacios increíbles que crea la lectura.

Morra de los 90’s. Psicóloga feminista en proceso de terminar su tesis de
posgrado. Escribo sobre las cosas que me mueven, las que me hacen sentir conectada con el mundo y con otras personas. Las películas que veo y los libros que leo son mis cajas de resonancia.

Habito este mundo desde la ternura, la intensidad y la alegre rebeldía. Creo que el amor entre mujeres, en cualquiera de sus formas, nos salva. Creo que nuestra rabia es digna y necesaria. A veces me peleo en Twitter.

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