La identidad mexicana a través del filtro amarillo

Un paisaje desértico y árido, los inicios de un espejismo en el aire, cruzando nuestra pantalla: una planta rodadora. Impuesto sobre la imágen, dándole el tinte perfecto, un filtro amarillento. Welcome to México!

Nunca me había puesto a analizar qué estaba comunicando esta imagen, hasta hace unas semanas, cuando leí lo que Miriam de Souza Rossini tenía que decir al respecto en su artículo Lo que mostramos de nosotros: América Latina en las pantallas*.

Al representar la ciudad mexicana de Tijuana con un color amarillento, resalta el aspecto viejo de aquélla ciudad. […] el cinema estadounidense, en especial, trabaja con un estereotipo sobre el pueblo latino y su espacio, fácilmente identificado por el público globalizado […]  también cuando vemos los filmes producidos por latinoamericanos, vemos que la forma en cómo nos representamos coincide, en la gran mayoría de las películas, con aquélla visión que el “otro” tiene de nosotros.

Dentro del mismo artículo Rossini señala cómo lo que yo he llamado ya varias veces aquí el “filtro hollywoodense” está basado en la racionalidad anglosajona que compone la definición de la modernidad propagada por la globalización desde el occidente. Esta modernidad sería, entonces, según Rossini (y tengo que concordar), marcada por una racionalidad, cientificidad y la técnica.

Esto es crucial al momento de entender las implicaciones del filtro amarillento asociado con un aspecto viejo y, por ende, antimoderno (relación hecha por Joseph Pérez dentro del texto ya citado) que forma parte del estereotipo latine de Hollywood, porque es justo con este estereotipo con el cual el mundo nos identifica y como nosotres mismes nos hemos llegado a identificar.

En nuestra actual sociedad globalizada parece ser que estamos haciendo un esfuerzo constante de comprobar nuestra mexicanidad (o argentinidad, o chilenidad) al occidente. Esto si tenemos la fortuna que la persona con la que hablemos entienda el hecho de que cada país latinoamericano es distinto. En lo personal, me he topado con esta cuestión al haber vivido en Estados Unidos en donde varias veces me preguntaron si en donde vivía había calles pavimentadas, si todes se trasladaban en burro y si había McDonald’s en donde vivía. Mi primer instinto siempre fue de enojo al ser relacionada con su estereotipo reductivo cuando les decía que era mexicana, pero ¿qué pasa si dentro de nuestro país sí existen estas cosas? ¿Qué pasa cuando no todas las calles están pavimentadas pero, al mismo tiempo, tenemos el McDonald’s más grande del mundo?

Rossini menciona como, para consagrar una identidad, “el grupo suaviza sus diferencias internas, a fin de resaltar sus trazos en común”. Qué peligro más grande para la diversidad de vivencias. Digo esto completamente consciente del hecho que Rossini tiene razón, esta suavización sí se hace. Se tiene que hacer porque la categorización por identidades no podría ocurrir sin ella. Necesitamos las identidades, somos seres sociales que siempre buscan un sentimiento de pertenencia y el pasar por alto algunos rasgos de nuestras vivencias no suena como un gran sacrificio a cambio de pertenecer, ¿verdad?

Excepto que no es así de sencillo. Esta suavización no solo implica adoptar una identidad, aunque los gustos y la estética no encaje con la nuestra, sino ignorar el privilegio desproporcionado dentro de nuestra sociedad. Lo que pasa es que este filtro amarillento que nos transmite antimodernidad y marginación —y el cual adoptados en un esfuerzo de comprobar nuestra mexicanidad— nos alimenta la falacia de que le mexicane es solo une. Esto resulta en la incapacidad de le mexicane marginade de salir de dicha marginación, y de le mexicane privilegiade de ignorar su privilegio, adoptando una vivencia que nunca ha sido suya.

Bajo una presión de contar las historias del “verdadero México”, o bajo la idea errónea de que yo persona blanca he sufrido la marginación que las películas o los medios en general me dicen pertenece a tode mexicane, terminamos con historias sí contadas por mexicanes, pero que abordan temas bajo el filtro hollywoodense. Para occidente esto significa poder consumir contenido que pueden entender porque maneja un lenguaje audiovisual y de temática que conocen (ya que elles las forjaron), mientras se felicitan por ser responsables al supuestamente escuchar las historias desde el origen. Para les mexicanes privilegiades significa un falso sentido de heroísmo al delatar una verdad que nunca han conocido (Michel Franco te estoy viendo directamente a ti). Sin embargo, este sello de autenticidad, al cual muchos cineastas aspiran, nos lo está dando el perpetrador del estereotipo reductivo.

¿Hacia quién va dirigido el cine mexicano, entonces?

En 1968 los cineastas argentinos Fernando Solanas y Octavio Cetino propusieron un manifiesto llamado Hacia el tercer cine. Este tercer cine tendría un papel dentro de las revoluciones que se estaban dando en latinoamérica, le daría importancia a lo documental, y se empezaría a preguntar: ¿qué historias nos toca contar?

Por lo que estoy aprendiendo de la comunidad cineasta yucateca, este tercer cine se está realizando en nuestro estado, o por lo menos se está aspirando a él, y me llena de esperanza saber que les cineastas cerca de mí se están empezando a hacer estas preguntas. Sin embargo, el hecho de que el manifiesto de Solanas y Cetino se haya escrito en el 68 delata otro nivel de complejidad: hemos crecido con el filtro amarillento, es parte de cómo nos han contado la historia de nuestra identidad y cómo nos la hemos contado. No es tan fácil deslindarse de este filtro cuando la visión occidental es parte de nuestra visión, de nuestras aspiraciones. Vivimos en un mundo globalizado en donde, gracias al imbalance de poder, la cultura que impone es la de occidente. Nos movemos hacia la racionalidad, cientificidad, la técnica y no puedo catalogar este hecho como algo malo cuando es parte de mi propia identidad.

Hay que encontrar un balance entre cada aspecto de nuestra identidad. Es uno de los retos más grandes en un mundo globalizado y se debe hacer un esfuerzo para suavizar, más no perder los rasgos que nos diferencían. Debemos ser nosotres quienes definimos nuestra identidad y sí aprender de occidente, pero no aceptar su verdad como la finita, su modernidad como la única a aspirar. Para hacer esto debemos ir más allá de una lectura básica, del ¡Ay! ¡Otra vez el filtro amarillo! y sentarnos a analizar qué está comunicando este filtro en el cine y cualquier medio, ya que estos contenidos contribuyen directamente al forjamiento de nuestra identidad.

Stephi. Soy feminista, tengo 21 años y estudio Comunicación en la Anáhuac Mayab. Procuro leer tanto como lo hacía en la primaria y ver todas las películas y escuchar todos los álbumes que pueda antes del Apocalipsis.

Sigo aprendiendo y no pretendo dejar de cometer errores. Solo espero que sea uno diferente cada vez.

Bi.

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