La ‘Gran Ciudad’ y la conquista de la libertad

Recientemente, leí un tuit sobre una conversación que iba más o menos así: “le pregunté a mi amigue foráneo qué era lo que más le gustaba de la CDMX y en vez de decirme que los centros comerciales o la gran oferta cultural me dijo: la libertad”. Así, mi mente se quedó enganchada en esa última palabra, ‘libertad’. Ese concepto tan elusivo y, sin embargo, tan ubicuo, tan conocido y anhelado por todes. El dilema central de nuestras vidas desde la adolescencia hasta bien entrada la adultez. Pero, ¿cómo es eso de que la Ciudad ‘libera’?

En esta hermosa plataforma ya existen otros textos sobre la experiencia foránea en la CDMX y que recomiendo mucho leer (como el del colega Rubén Méndez, titulado El llamado de la CDMX – YUCAPOST). No obstante, la idea de emancipación a través de la ‘Gran Ciudad’ genera un sentimiento particular, y estoy convencido de que es algo que tanto personas foráneas como no foráneas hemos sentido alguna vez, porque refiere a un dilema mucho más profundo en la vida de las personas: crecer fuera de la casa propia.

En particular, nunca le tuve demasiado aprecio ni a mi hogar ni a mi ciudad, aunque luego llegaría a mí. Yo era de esas personas que no podía esperar a graduarse de preparatoria, dejar todo (y a todes) e irse a estudiar a una Gran Ciudad a vivir el sueño (por muy ridículo que suene). Cuando sucedió -más allá de que no fue en las circunstancias que yo esperaba- para nada fue la vida de Gilmore Girls o Sex and The City que la televisión me enseñó (fue más como Lady Bird). Y aunque no todas las personas acuden a la Gran Ciudad por las mismas razones ni con los mismo privilegios con los que yo pude hacerlo, es el aura misma de esa decisión que permea sobre nosotres y nos confronta con la idea de salir al mundo a ‘hacernos dueños de nosotres mismes’. Pero, ¿por qué esta idea es tan poderosa, al punto de llevarnos a abandonar todo lo que conocemos?

Para algunes -como lo fue para mí- era el sueño de poder reinventarse. Ser todo lo que puedes ser, diría Barbie. Para otres, lo era el vivir una vida ‘normal’ donde salir de fiesta no implica una discusión letárgica con sus padres, o donde no hay que ocultar el olor a tabaco ni a alcohol porque nadie les espera en casa, o hasta acceder a una mejor educación. Incluso, para muches, era el sueño de poder disfrutar libremente de su sexualidad, lejos del escrutinio familiar y de los viejos conocidos. Todos esos sueños caben en una habitación pequeña, a veces compartida, a veces sola, a veces con un baño, a veces cerca de alguna estación de transporte público. Pero siempre con una renta por encima de lo razonable.

A lo que quiero llegar es que, así como existe el ímpetu por acudir a la Gran Ciudad por la razón que fuere -estudios, trabajo, amor- existe también aquella razón por la cual nos fuimos de casa en un principio. Un reflejo de nuestros miedos más profundos, de los traumas generacionales, de todas las expectativas que pusieron sobre nosotres. La urgencia por romper con esas cosas, de emanciparnos en la Gran Ciudad, es lo que hace a la idea de salir de casa tan poderosa.

Sin embargo, pienso que une no llega a ser realmente ‘libre’ tan solo con ese primer acto, cuando en realidad el proceso es mucho más complejo. ¿Y qué es la libertad? ¿Emanciparse es poder vivir la sexualidad propia plenamente fuera de nuestra casa? ¿Es poder cagarla mil veces y que tus papás nunca se enteren? Yo pienso que sí, pero tan solo en un primer acto, incompleto. Ese primer acto que ocurre cuando te adentras en la vida foránea, de reconstruirse, rehacerse ante les otres.

El segundo acto ocurre cuando volteamos la mirada a aquello que dejamos atrás. En la vida es imposible no volver sobre los propios pasos recorridos al menos una vez y, en el contexto de la emancipación en la Gran Ciudad, volver sobre estos implica reencontrarse con lo que alguna vez fuimos y con lo que dejamos atrás. Aunque hay quienes nunca vuelven físicamente al lugar del que llegaron a la Gran Ciudad, estos regresos ocurren con cada llamada a casa, con cada saludo de la abuela o del abuelo, con cada encuentro con alguien que conocía al antiguo ‘yo’.

Cada encuentro, cada recuerdo, cada conversación que incluye un casual “¡cuánto has cambiado!”. Es ahí, en esos momentos, en los que volvemos la mirada sobre aquello que creíamos haber dejado atrás. Es reconciliarse con el dolor, con la angustia, con las ansias de aquello que nos llevó fuera de casa. Pero también es reconciliarse con las alegrías pasadas, es entender un poco más a tus padres, sus decisiones -aunque no necesariamente estar de acuerdo con ellas-. Es entender que la gente cambia y que no hay sólo una forma de hacerlo.

Quisiera proponer esa idea de libertad, de emancipación en la Ciudad. Aquella que logramos alcanzar al conciliar esos dos mundos tan distintos: lo que fuimos antes y lo que hizo de nosotres la Gran Ciudad, o lo que nosotres hicimos de ella. Aquella libertad que tiene un sabor peculiar para cada persona (la mía sabe a paz). Aquella que es resultado de nuestro movimiento dialéctico en la lectura de nuestra propia historia.

No es, entonces, la Gran Ciudad quien nos libera, sino nosotres y nuestro movimiento dentro de ella. Aquello que decidimos aprender sobre nuestra propia historia, nuestra naturaleza y que, llegado el momento, podemos usar para mirar atrás en nuestro pasado. Sanando. Creciendo. Acompañando.

@aldolugop

Un poquito de aquí, un poquito de allá. Nací en Venezuela, vivo en México desde 2016 y estudié Ciencia Política y Admin. Pública en la UNAM. Exploro mi experiencia de vida con palabras y vengo a compartirlas.

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