La ficción del éxito

Siempre estuve destinada para algo importante. Iba a ser alguien importante. Iba a ir a la universidad más prestigiosa. Iba a tener el cargo más codiciado. Siempre estuve destinada a ser exitosa.

Estoy consciente ahora del estúpidamente alto complejo de superioridad que poseía cuando me creía eso. Lo extraño es que no solo me convencí a mí misma, sino a todos y todas a mi alrededor. Es una ficción que, pareciera ser, nacemos creyendo.

Acabo de aprender el significado de esa palabra, “ficción”, y la manera en la que deformó la imagen que tuve de mí misma por casi 20 años. Porque el éxito, y lo que se supone que lo conformaba, fue algo que interpreté según lo que escuché de otras personas y, por más que se sintiera real dentro de mi percepción individual, nunca lo fue.

Por casi 20 años me esforcé por la calificación más alta, por ser la persona más inteligente según lo que decía una boleta. Justifique mi falta de amigos y amigas con el éxito próximo a venir, en donde todo —incluyendo mi inexistente vida social— se acomodaría mágicamente porque hice lo que se suponía debía hacer. Estaba convencida que los sacrificios —aunque fueran algo tan tonto como una fiesta— en el presente, siempre se tomarían en cuenta en el futuro, como si la vida fuera un ente consciente de mi ficción.

Cuando colocamos toda nuestra identidad en un solo lugar —aunque sea el lugar correcto según la sociedad, los medios, o como quieran llamarles a las voces que nos rodean— y ese lugar inevitablemente nos falla, ya que la realidad nunca concuerda con expectativas ficticias, nos desmoronamos por completo. Cuando dejé de ser la persona del 10 cerrado, con todo el potencial del mundo, me di cuenta de que no tenía idea de qué consistía mi identidad.

No fue un evento catastrófico tampoco; lo cual se me hizo aún más extraño. Pasé de ser una futura doctora estudiando en el extranjero, a una erudita estudiando la complejidad de la literatura, a una estudiante más que se salió a mitad de la carrera y tomó un trabajo que pagaba algo de la renta.

Y una parte de mí estaba casi aliviada de despegarme de lo académico, porque no me daba identidad, sino que me impedía obtener una. Pero no voy a mentir, a la otra parte de mí siempre le arderá la decepción en la voz de las personas de mi pasado al escuchar lo que estoy haciendo ahorita.

Hace 2 años, había llegado a mi limite cursando una carrera que nunca había querido, en una universidad de la que nunca había escuchado un año atrás (pero que le estaba costando todo a mis papás), sin amigos o amigas verdaderos y, aun así, sentí que mi mundo se colapsaba cuando ya no lo pude hacer, porque ¿qué más se supone que haría? ¿De qué otra manera iba a llegar a ser exitosa? Me aferraba a la ficción del éxito que me había definido por tanto tiempo, pero ya solo me sostenía de las puntas de mis dedos.

Subconscientemente, siempre supe que un título de la mejor universidad no era lo que me iba a dejar contar historias. Yo ya lo hacía. Siendo honesta, nunca tuve una motivación verdadera para ir a la universidad, solo era el siguiente paso lógico para alguien que sobresalía en la escuela. Llené cuadernos enteros de historias que perdí para siempre, y eso me pegó menos fuerte porque yo entiendo que esa parte de mí nunca me la va a quitar nada. Era y es suficiente escribir para mí, pero la ficción del éxito nos hace creer que el éxito siempre es algo a obtener, nunca algo que ya tenemos.

Ah y escribir historias no deja mucho dinero. Supongo que eso también tuvo algo que ver.

La ficción del éxito nos dice que tenemos que sobresalir en todo, que nos debe apasionar tanto nuestro trabajo que sacrificamos sueño, vida social, pasatiempos, todo para ser el o la mejor, con la mejor recompensa: el dinero y el renombre. Yo era la primera en criticar a aquellas personas que tenían un trabajo promedio que tal vez solo hacían por el sueldo promedio, la que convenció a mis ex-compañeros y compañeras de ir a la universidad más cara porque estaba convencida que el prestigio era verdadero. Tampoco tiene nada de malo ir a esas universidades y aspirar a ganar un buen sueldo (sigo haciendo una versión de eso ahorita). Hay personas cuya pasión es ese cargo, esa carrera, y las felicito por tener tanta suerte, pero nada vale más que tus 8 horas de sueño, ni que tu mejor amigo o amiga, ni que la cosa efímera que te trae tranquilidad o gozo. Tienes aún más suerte si puedes escoger eso sobre otras cosas.

A mí me tocó ser alguien cuya pasión no va a ser mi trabajo la mayoría del tiempo, ni lo que me deje dinero, probablemente, tal vez ni por lo que se me conozca en el futuro. Estaba tan convencida de que podía cambiar la única pieza verdadera de mi identidad porque no cuadraba con la percepción del éxito que tenía. Si mi yo de 17 años viera qué estamos haciendo, se decepcionaría. No hay manera bonita de decir eso y no es algo con lo que he terminado de lidiar. Sin embargo, mi presente no es de ella. El futuro solo va a ser el presente de mi próximo yo.

Siempre voy a encontrar a los restos de la ficción del éxito convenciéndome de que tengo que sacrificar algo para llegar a él. Estoy haciendo mi mayor esfuerzo para ignorar esas voces. No es lo que se supone que debemos decir, pero prefiero dormir que sentirme horrible por falta de sueño para hacer un examen cuya información voy a olvidar inmediatamente después de tomarlo, porque ni los 10s cerrados, ni un título son garantía de nada. He decidido que las desveladas son para la idea que no me deja en paz hasta que la escriba, para las noches platicando con mis amigos y amigas.

Vía: Horse powered teams.

No quiero sonar malagradecida, especialmente desde mi posición sumamente privilegiada. Muchos de esos 10s cerrados fueron porque en realidad me interesaba aprender, pero muchos otros eran solo para obtener una calificación que validara mi identidad ficticia. Quiero ver a la academia como lo que es: una de muchas cosas en mi vida, un sombrero que uso en clase y luego me puedo quitar; que si lo pierdo o no obtengo el que las voces me dicen es el mejor, no dejo de ser yo.

El día que llené la primera hoja de mi primer cuaderno en cuarto de primaria, ya era exitosa. Si continuamos creyendo la ficción de que el éxito siempre es a costa de un sacrificio personal —de ese pasatiempo aparentemente tonto pero que nos hace feliz, tiempo con los seres que nos hacen reír (ya sean amigos o amigas, familiares o mascotas) —, un evento enorme al que tenemos que aspirar constantemente porque siempre está en el futuro y nunca en el presente, no vamos a salir de esa etapa de aspiración. Créanme, se van a volver locos y locas esperando algo que no existe. Honestamente creo que experimentamos el éxito de una manera u otra todos los días, pero es difícil de detectarlo porque es mucho más sutil, y, para el creyente más leal de esta ficción, probablemente huela a conformismo.

¿Qué significa ser exitosos o exitosas? Miren, no tengo idea (¡apenas y sé quién soy!), probablemente sea algo diferente para cada quien. Mejor hay que preguntarnos: ¿en serio necesitamos ser exitosos o exitosas para ser felices?

Stephi. Soy feminista, tengo 21 años y estudio Comunicación en la Anáhuac Mayab. Procuro leer tanto como lo hacía en la primaria y ver todas las películas y escuchar todos los álbumes que pueda antes del Apocalipsis.

Sigo aprendiendo y no pretendo dejar de cometer errores. Solo espero que sea uno diferente cada vez.

Bi.

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