La experiencia de regresar al nido

-Nimsi J. González

A mediados de abril, leí La Ansiedad de Mariana Enríquez, artículo donde ella relata su experiencia en cuarentena. Yo solo pude comprender una frase, misma que golpeó mi realidad: “Me rebelo ante esta demanda de productividad cuando sólo siento desconcierto”. Eso formó mi mantra unas semanas después. Con regularidad, me he sentido enclaustrada mentalmente. Solo me recuerdo huyendo de la ciudad donde estudiaba, vivía y era foránea. Dejé atrás todo y regresé al nido, traté de cargar con todo lo que pudiera caber en mi mochila.

Son solo unos días. Me mentí. Tomaba las precauciones necesarias y metía cosas:

  • Una botellita de gel antibacterial (60% de alcohol);
  • Un cubre bocas (no de tela, no hecho en casa, sino de material quirúrgico);
  • Un par de guantes (de látex de preferencia);
  • Cinco libros para terminar la tesis (no se te olvide que tienes pendientes académicos);
  • Ropa cómoda (estarás todo el día en casa así que, lleva lo esencial) y
  • Encargos que mi madre me había pedido

Me dolía la cabeza. La primera semana transcurrió como cualquier periodo de “vacaciones”. Comencé a hacer ejercicio, leí bastante; me sentí cómoda. Estaba realmente motivada, pero todo comenzó a perder sentido. Al paso de los días, ya no era tan “productiva” como antes; todos en redes sociales proclamaban el “deber salir con una nueva habilidad”, yo ni podía encontrar mi esquina. Estaba de nuevo en casa de mis padres, sabía que el lapso de comodidad me golpearía y dejé de levantarme de la cama.

Cuando eres foránea o foráneo, te acostumbras a la soledad o al desapego familiar, te gusta estar apartada o apartado. Tienes tu espacio, tus lugares favoritos, tu intimidad y, muchas veces, eres dueño de tu tiempo. Muchas de nosotras y nosotros ya tenemos un ritual del día a día: estudiar, trabajar, salir con amigas y/o amigos, bailar o simplemente disfrutar estar apartada o apartado. Eso te permite sentir libertad, a pesar de los problemas económicos (comer atún, pagar renta, se ha acabado el papel de baño, etcétera.)

Las foráneas hemos regresado a casa. La familia es grande y la casa chica. Estar de nuevo con mis padres, mis hermanos y mis perros, no solo significaba establecer acuerdos de convivencia, sino determinar qué espacio ocuparía cada uno. La sala a veces era pista de baile, los cuartos eran extensiones de gimnasio, sala de conferencia o aula de clase. El burro de planchar es escritorio y mi mochila aún alberga mi ropa y mi ser sin desempacar. Mis actividades personales tenían que estar ligadas a las de la familia. Hace cuatro años que no estoy tanto tiempo con ellos. Buscar mi espacio íntimo sería y es un reto, por lo que el uso del espacio podría variar de un día a otro.  Es que pienso que la sana convivencia no esta asociada a la sana distancia en el ambiente hogareño.

Considero importantísima la tarea de comprendernos y articularnos frente a los nuevos espacios que habitamos. La interminable reflexión de ocupar los sitios a los que no estamos ligados desde hace mucho también es un proceso duro en esta cuarentena. Hemos regresado a casa, pero no nos sentimos pertenecientes. Nuestra intimidad también se ha puesto en riesgo y con ello un par de problemas de desenvolvimiento, falta de creatividad, empatía o compañerismo. En mi caso, no culpo a mis padres por traerme de regreso, simplemente me ha costado mucho comprenderme frente al espacio casa. Otra vez soy hija, hermana, hermana mayor.

La realidad de enfrentar y vivir la pandemia desde lo afortunado del privilegio es un pensamiento repugnante. Saber qué es vivir en dos mundos cuando eres foránea y regresas a casa. Pero también, implica enfrentarse a sí mismo. Es un proceso largo de aprendizaje o, mejor dicho, de desaprendizaje. Por un tiempo, no fui hija, hermana o paseadora de perros, era solo yo.

Está bien no tener ánimos, está bien tomarnos el tiempo de digerir todo de forma lenta. ¡No eres una maquina! Me han repetido, porque a veces lloro encerrada en el baño tratando de encontrar mi intimidad, tratando de escribir, de sentirme yo. Escribo e investigo y, por un mes y medio, me rebelé contra la laboriosa tarea de pensar y escribir. Ahora sé que el acercamiento a mi intimidad es un acto de completa rebeldía frente a un sistema que nos exige salir de esto, sabiendo cosas nuevas. Lo nuevo que he aprendido sin duda es a reconocerme frente al espejo; mi espacio más íntimo lo ocupa mi mente y mi cuerpo.

¡Lee a las invitadas e invitados de YucaPost!

2 respuestas a «La experiencia de regresar al nido»

  1. Me encantó este artículo, y yo también me siento exactamente de la misma manera. Yo estaba estudiando en Estados Unidos y decidí que iba a ser más seguro para mí pasar este tiempo de pandemia desde México. No sabía si me tocaría a mí o no entonces pensé que estaría mejor cuidado aquí en Mexico y aunque no me arrepiento de esa decisión en un principio me costó mucho trabajo. Sentí que abandonaba a mis amigos, mis rutinas, mi libertad. Allá era yo mismo, aquí era nuevamente hijo y hermano. ¡Y cómo no hablar de la lucha por mi espacio! Más que nada, sentía -y a veces todavía siento- que no tenía mi intimidad. En fin, me he ajustado un poco mejor ahora y estoy feliz por eso pero debo decir, toma tiempo y es un esfuerzo constante y quizás está bien que no lleguemos a reajustarnos completamente a la situación. Al final del día yo creo que siempre amaremos a nuestra familia pero está bien sentirnos que ya no somos esa persona que ellos vieron crecer.

  2. Lo ame, completamente identificada, apenas el domingo le di un cabezazo a mi papá cuando me di cuenta que leía sobre mi hombro lo que yo escribía en el computador. Tuvimos una pelea por mi reacción y aunque ni yo entendía porque reaccioné así (escribía un artículo para una revista, diablos, no escribía nada malo o que necesitara ocultar pues será publicado y podrá leerlo en algún momento) pero ahora lo entiendo, fue una reacción al sentir violada mi privacidad y espacio (suponiendo que tenemos privacidad y espacio).

    Tqm Nimsi. Te mando mucha fuerza sister ✨

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