La educación no siempre es “liberación”

En estos días he intentado trabajar en mi protocolo de tesis y ha sido una tarea bastante difícil y agobiante, no tanto por el contenido en sí, sino por toda la rutina que lleva alrededor: encontrar orden y comodidad en algún lugar físico para proceder a investigar, tener una base de datos, ordenar los temas, leer diez documentos y escribir una cuartilla.

En medio de la crisis, me topé con un post de una chica quejándose por no saber cómo llegó a la universidad, si en sus escuelas nunca le enseñaron a estudiar y aun así toda la vida fue de las más listas, siempre estudiando una noche antes y no entregando nunca las tareas a tiempo. Me identifiqué muchísimo. Yo también he sido una nerda dispersa toda mi vida, postergando las tareas hasta límites insanos y pasando exámenes con solo una lectura previa, pero siempre siendo de quienes sobresalían. Encontré que esto es algo muy común entre quienes provenimos de escuelas públicas.

Al entrar a la universidad me topé de frente por primera vez con que mi nivel era deficiente y que el “échaleganismo” que me habían repetido hasta el cansancio y por el que —según yo— sobresalía, era una total mentira, una farsa gigante.

En primer semestre veía a mis compañeros y compañeras manejar muy bien conceptos como “iusnaturalismo” o “positivismo”, mientras que yo los googleaba y me preguntaba qué tenían que ver con las leyes. Luego entendí que tenían relación estrecha con la filosofía y caí en cuenta de que yo nunca tuve clases de filosofía, tampoco de lógica y por eso en la clase de argumentación jurídica me era tan difícil explicar mis razonamientos desde la teoría con el ‘’premisa menor + premisa mayor = conclusión’’.

Encontré que me pesaban las materias y los contenidos no contemplados en los planes de estudio que diseña y distribuye el Estado. Mientras existían personas que fueron infantes Montessori, había personas, como yo, que acudimos al kínder del pueblo. Mientras algunas personas tuvieron educación bilingüe, otras fuimos parte de ese experimento de la Secretaría de Educación donde ponían a docentes sin conocimiento en inglés a intentar darnos clases de inglés. Encontré que a algunas personas las formaban para grandes cosas y otras nos formaban para ser mano de obra, para saber escribir y sumar, pero nunca para poder pensar.

Mis escuelas eran de esas donde docentes ponían dinero de sus bolsas para comprar material para las actividades; una misma persona daba clases de educación física y de civismo; las clases de artes eran inexistentes a falta de docente y, cuando había, consistían en dibujar algo en hojas en blanco o hacer una manualidad con brillantina; profesores sin el nivel para dar clases en bachillerato lo hacían; y las clases de Sociología eran impartidas por un contador.

Le pongo muchas ganas a la escuela desde siempre. Tuve ciertos privilegios para poder acceder a clases de inglés privadas, para poder acceder a clases de danza, para poder acercarme a la lectura y hacerla un hábito. Tengo la oportunidad de acceder a la educación superior, pero siempre pienso en qué sería de mí si la educación pública a la que tuve acceso hubiera sido realmente buena; si la biblioteca de la preparatoria no hubiera sido un anaquel empolvado; si el taller de danza realmente tuviera docentes capacitados y todo el mantenimiento para funcionar; o si alguna vez en clase hubiera aprendido algo más sobre Platón que el mito de la caverna.

Me encuentro intentando hacer una tesis y nunca tuve clases de metodología de la investigación. En mi preparatoria nunca nos prepararon para investigar. Lo importante era aprender todo lo que decían las guías —una especie de cuadernillos de actividades distribuidas a las escuelas públicas a raíz de la reforma educativa—, aunque dijeran que Jacinto Canek no era nada más que un indígena revoltoso o que todos los presidentes del país eran muy admirables y habían aportado valiosísimas lecciones para el pueblo mexicano.

Al día de hoy tengo muy claro que, aunque le eche ganas a entender algo, siempre me costará un poco más que a las demás y no va para nada de mi capacidad intelectual o de mi inteligencia, sino de la precariedad en la educación, que también perpetúa la desigualdad. Sé qué puedo entender sobre muchas cosas con facilidad, también sé que en épocas de exámenes me vuelvo un caos porque nunca me enseñaron de técnicas de estudio y que terminé leyendo sobre ellas a mis veintidós años. Sé que me encanta aprender temas nuevos, también sé que estos se me complican porque, a este nivel, ya debería tener una base fuerte que me permitiera entender razonamientos más complejos.

A veces pienso mucho en mis compañeras de preparatoria que eran mucho más dedicadas e inteligentes que yo pero que nunca tuvieron la accesibilidad económica para mudarse a la ciudad y se quedaron soñando con ser ingenieras, doctoras o abogadas. Siempre pienso en mis compañeros que tenían cabezas de ganado y una milpa y querían ser ingenieros agrónomos para cuidar mejor lo que ellos saben producir desde que tienen memoria. Pienso en todas esas personas que quisieron seguir aprendiendo y le echaron ganas y nada más no funcionó, que viajaban desde sus pueblos hasta la preparatoria a diario, que querían ser y saber más y las ganas no bastaron.

La desigualdad no es un asunto individual que se resuelve con echarle ganas a la escuela y sacar buenas calificaciones, es un asunto estructural y sistemático que se agudiza en ciertos sectores de la población.

Admiro muchísimo a quienes estudian y a la par tienen que trabajar para ayudar a sostener a sus familias o a ellas mismas, pero nunca les llamaría ‘’héroes’’ ni celebraría el hecho de tener que levantarse a las 5 a.m. para ir a trabajar y dormirse a las 3 a.m. para poder acabar las tareas. Ellas son parte de un sistema desigual que nos dice que teniendo tres trabajos y levantándonos cada vez más temprano podemos ‘’salir adelante’’ y ser felices, cuando en realidad ninguna persona tendría que cumplir una doble o triple jornada laboral para poder comer.

Tal parece que la educación no siempre representa liberación y muchísimo menos cuando esta es pública y rural.

A veces estudio derecho, a veces hago comunidad con otras mujeres.
Politizo, cuestiono y teorizo todo

Una respuesta a «La educación no siempre es “liberación”»

  1. Guau, me siento muy identificada con tu artículo, Lisseth.
    Me hiciste evocar mi época universitaria y todo lo que implicaba ir descubriendo que en la ciudad las cosas eran diferentes, que lo que me habían enseñado toda la vida en mi pueblo no me serviría de mucho ahí.

    Un gusto leerte.

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