La Cruz luminosa que llevamos

Ser migrante significa muchas cosas, pero nunca sólo una. No es una experiencia aislada. A menudo, significa ser muchas cosas al mismo tiempo. En otras ocasiones, significa pertenecerá muchos lugares o a ninguno en realidad. Pero nunca a sólo uno.

Creo firmemente que toda persona que haya pasado el tiempo suficiente en este mundo ha sido migrante alguna vez. Cuando nos mudamos de casa, cuando dejamos el pueblo para ir a estudiar a la ciudad, a otro país, a otro continente. Cuando ocupamos espacios en el transporte público —’no-lugares’ diría la antropología— en donde nuestra mente deambula mientras llegamos a nuestro destino.

Son demasiadas las veces en las que las personas migramos de algún modo y, sin embargo, hay una forma de migrar que se eleva por encima de cualquier otra en el imaginario colectivo: la del exilio. El exilio, que para algunas personas dura toda la vida, desde el nacimiento. Para otras, desde que la violencia les expulsa de sus hogares. Para mí, el exilio comenzó el 09 de octubre de 2016; dos días después del concierto de Roger Waters en el Zócalo capitalino.

El 25 de marzo de este año, asistí al concierto de Augusto Bracho, quien se ha convertido en uno de mis artistas favoritos. Él, como yo, es migrante. Desde que vivo en la Ciudad de México, poco a poco, me he enfrentado con las aristas del devenir migrante: la soledad, la insaciable necesidad de pertenecer, la herida de abandono, la incesante reflexión sobre el ‘lugar de origen’. Sin embargo, encontrarme con la música de Augusto fue la cúspide (pero no el final) de una reflexión personal con el concepto de ‘migrante’.

En Música Moderna, su último disco, encontré una carga fortísima de significado. Sus letras retratan fielmente el proceso de duelo por el que pasa una persona que abandona su tierra, su gente, su hogar. En concierto, Bracho ofrece explicaciones inmejorables sobre los sentimientos detrás de cada canción que evocan directamente a mi tierra natal.

De éstas, hubo una que se quedó conmigo para siempre: la de la Cruz del Ávila. Aquella cruz que ilumina el valle de Caracas todos los diciembres. Cruz que ornamenta el monumento natural que reina en la memoria de todas las personas exiliadas de la ciudad de los techos rojos. Una cruz iluminada que hace perfecto sentido desde un punto de vista religioso. Sin embargo, Bracho le otorgó un sentido que para mí fue revelador.

Darkroom

“Esa cruz que corona el Ávila, es la cruz que llevan los migrantes consigo. Es la cruz que ilumina nuestro camino”, dijo. Aunque no sean fielmente sus palabras, el mensaje llegó intacto a mí y una pregunta resonó en mi interior: habiendo tantas imágenes, tantos símiles ¿Por qué escoger la cruz?

Aquella nostalgia que se personifica en la querencia, como cantó Simón Díaz. La epifanía del “yo no soy de aquí, pero tú tampoco” de Drexler. Tantas formas de nombrarlo, pero ¿por qué la cruz? Es en mi historia personal donde encuentro el ingenio sutil de esta canción Augusto.

Como muchas personas, dejé Venezuela con un amargo sentimiento rechazo hacia ella. En mi iracunda ceguera, busqué alejarme de ella, desprenderme de todo lo que me ligara a ella, y me fui. Y, aún así, en el exilio me alcanzó.

Yo pensé que fui afortunado. Al ver el éxodo aumentar cada día, cada año, me di cuenta que, en realidad, fui privilegiado. Pude escoger a dónde ir, cómo y cuándo. Y aunque pasé dificultades, no las consideraré nunca igualables a las de quienes han cruzado fronteras a pie.

Fue al regresar a esos pensamientos que comprendí el significado de la cruz para Augusto. Todes cargamos con una. Quienes han sido obligades a dejar su hogar, quienes se han ido a buscar una vida mejor, quienes han huido de la violencia. Todas cruces de diferentes formas y tamaños. Cruces a las que estamos atades. Cruces que contienen nuestras heridas en sus grabados.

No obstante, en una cruz iluminada, dichas cosas no pueden distinguirse. No se mira a una cruz así por su tamaño, sus adornos o sus inscripciones talladas, sino por la fuerza de su brillo. Ahí, en la oscuridad de la montaña, la cruz del Ávila nos daba luz, consuelo y guía. Nos daba certeza. Aún la da. Y yo la busco, como torpe creyente, cada que necesito guía o consuelo.

A partir de mi encuentro con esta idea, comencé a pensar en la cruz con la que cargo. Quiero creer que nuestras cruces, más que una carga, deben ser nuestra guía. No hay mayor certeza en esta vida que saber de dónde venimos y lo que llevamos con nosotres. Y, aunque sintamos el peso de nuestras cruces sobre nosotres, más debe ser la luz que éstas emiten para guiarnos y dar certeza. A mí y a las demás personas.

No pretendo romantizar el cargar con el peso de nuestras vidas durante toda la vida, valga la redundancia; sino señalar que, en los caminos  que decidimos transitar en este mundo, la luz que nos guía es producto de aquello mismo que hemos vivido y de lo que hemos aprendido. Es aquello que llevo conmigo.

Aunque dudo poder expresarle esto a Augusto en persona, encontré un mundo de significado en la cruz a la que él le canta en sus letras. Encontré el sentido de ser de lugares distintos y no pertenecer a ninguno a la vez. Encontré el sentido de la querencia, de la nostalgia, de las heridas del pasado. Aprendí a abrazarlas en los momentos en los que no entendía nada, y a seguir sus enseñanzas en los momentos en los que había luz sobre mi camino.

Hay cosas que aún me son difíciles de entender. Por ejemplo, cómo hacer que nuestra cruz brille. O cómo saber cuándo se apaga, y cómo encenderla. Por eso para mí esta reflexión aún no llega a su final (quién sabe si lo hará). Por ahora, me quedo con el consuelo de saber que cargo con una cruz, mi cruz, que brilla e ilumina mi camino; así como también ilumina a quienes me acompañan en él.

Un poquito de aquí, un poquito de allá. Nací en Venezuela, vivo en México desde 2016 y estudié Ciencia Política y Admin. Pública en la UNAM. Exploro mi experiencia de vida con palabras y vengo a compartirlas.

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