Nuestras series y “La Casa de Papel”: desde el cuándo y por qué las vemos

Hace unos días, platicando con mi jefe, me comentaba las series que ve según el momento: “Hay series que no aguanto, como “Big Little Lies”, me puede ese tipo de violencia”… “Cuando no quiero pensar o cuando me quiero distraer, veo “The Walking Dead”… “Ahora estoy viendo “Sharp Objects”…

Me sorprendió mucho la mezcla de contenidos al momento. Personalmente, no tengo ningún reparo en ver “Big Little Lies”, pero sabiendo de qué va “Sharp Objects”, sé que no podría tolerarla. Y, aunque nunca he visto “The Walking Dead” porque, simplemente no me llama, entiendo el punto de que no siempre queremos ver series que nos hagan pensar o sentir demasiado, a veces solo queremos apagar el mundo un ratito.

Dos dirigibles surcan el cielo de Madrid —como si cualquier vehículo aéreo tuviera la facultad de hacerlo sin que nadie se diera cuenta— mientras la gente voltea a verlos sorprendida. En un punto de su trayecto, las naves abren sus compuertas para dejar caer sobre la ciudad millones de euros. Como nos han enseñado varias películas —“Batman” de Tim Burton por mencionar una— las personas se vuelven locas, desatando un caos vial para recolectar cuanto billete puedan atrapar. Y es en medio de la locura donde las pantallas de los edificios transmiten el mensaje de un tipo vestido de rojo que esconde su cara detrás de una máscara que hace alusión a Salvador Dalí. Todo es una trampa, los ladrones más famosos del mundo han vuelto.

Abonando a la conversación que tuve con mi jefe sobre las series que me gusta ver cuando la trama es inverosímil —incluso dentro de su propia lógica—, o cuando de plano lo que ocurra me permitirá dormir, mencionaría “La Casa de Papel”, cuya tercera temporada acaba de estrenarse en Netflix.

Más allá de que el programa parece una incongruencia total consigo mismo —respecto a las decisiones que toman sus protagonistas, como si no tuvieran en cuenta que, la última vez que realizaron un atraco, varios perecieron y los vivos se salvaron por un pelo— “La Casa de Papel” funciona, meramente, porque entretiene un chingo, como toda buena película de acción carente de fondo. Por eso se entiende el hitazo que representaron para Netflix sus dos temporadas anteriores.

La historia de un individuo con facha de godín intelectual —de esos que parece que se acaban de divorciar y su vida es un desastre— que planea, organiza y convoca a un crimen de inmensas proporciones, estratégicamente calculado paso por paso, y que lo da a conocer creando una especie de “escuela para villanos” —con pizarrón y maquete incluidos— es atractiva. Aunado a un elenco desconocido —si no eres de España— pero que logra personificar a la gente común y corriente que busca, como todos, ser exitoso a base de poseer millones de euros para cumplir sus más extravagantes fantasías. “La Casa de Papel” nos pone del lado de los malos, y eso nos encanta, porque permite que, al menos por una vez, el fin SÍ justifique los medios.

La segunda temporada termina de manera redonda, y supongo que más de uno se preguntaba cómo alargar esto, ¿será que la tercera aborde la vida de lujos y despilfarro de los protagonistas? Pero no, en un intento por salvar a Río —personaje al que podríamos tildar de imbécil aunque, ¿quién no ha hecho estupideces estando enamorado?— el Profesor retomará un plan del pasado para —ahora sí— robar las reservas de oro españolas, cuestión a la que los ya retirados “ladronzuelos” se unirán sin chistar —porque, jódanse, les encanta el peligro.

Esto es “La Casa de Papel”, el prototipo de contenido que terminas de ver en un día cuando eres un preparatoriano en pleno verano sin nada que hacer; lo que miras llegando del trabajo en la noche antes de dormir; aquella normalidad gris que tanto ansía Tokyo, como los que solo queremos sintonizar algo para olvidarnos de todo durante 50 minutos.

Guionista yucateco radicado en la CDMX. Escribo sobre películas, series y debates del momento.

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