La cancelación en tiempos de twitter

En estos días de cuarentena por el Covid-19, a pesar de que podría ser el tiempo perfecto para andar en redes y entretenernos con chisma como la de Esther Expósito y Alejandro Espeitzer, para mí se ha vuelto muy desgastante estar conectado en ellas.

Para mí, Twitter es la mejor red social y en la que me gusta pasar gran parte de mi tiempo porque es en la que nos podemos informar de cosas en tiempo real, seguir a personas que trabajan en áreas de nuestro interés, se crean cuentas como @covidmx (información de casos por entidad) para evitar la desinformación o propagación de información falsa y también para estar al tanto del entretenimiento. Sin embargo, hay personas que han hecho de esta red una arena de combate académico, doctrina moralizante, descarga de violencia y la neta, nefastez.

Desde personas que echan shade a iniciativas interesantes o proactivas como la del comunicado de vivienda, el de It Gets Better sobre personas LGBT+ que están siendo echadas de su hogar; hasta las que también pubican tuitazos desde un pedestal moral o auto empleándose como policía del privilegio.

Creo que hasta cierto punto hay un alto grado de intolerancia. Se cree que las personas están obligadas a tener nuestros mismos estándares de valores, de moral, de deconstrucción, de procesos terapéuticos o académicos. Ojo, no me refiero a cuando se señalan cuestiones de violencia, acoso, misoginia, homofobia, transfobia o cualquier discurso de odio o estigmatizante. Sino a aquellas personas que señalan o condenan a otras simplemente por encontrarse en otra etapa de conciencia o que creen que su forma de abordar los temas es el ideal tipo al que debemos aspirar.

Esto me lleva a hablar de la famosa cancelación. Aquella acción que implica dejar de consumir el trabajo, imagen, arte, producto o existencia de alguna persona que ha cometido algún acto injusto, violento o violatorio de derechos.

Ejemplo: M.urici. Cl.rck, ya no escuchar a Michael Jackson por su pedofilia, ya no seguir ni ver videos de Memo Aponte por macho violento y acosador, a Kanye West por llamar p.ta y toda una ola de violencia contra Taylor Swift, o localmente a YouTubers o comediantes misóginos y homofóbicos como Mauricio Nieto y Luisito Comunica. ¡Ah! Y la pedofilia en la comedia de Ricardo O´Farrill, con la que los hombres heteros no están de acuerdo.

Esos son algunos artistas que en tiempos millennials del Twitter, se han cancelado y son ejemplos en los que, por obvias razones estoy de acuerdo en que se haga. Sin embargo, pienso que la cancelación, aunque se ha querido ver como un fenómeno comunitario, no lo es. Considero que es una decisión que debe venir de un proceso personal para generar un efecto comunitario.

Incluso, creo que ha sido la salida fácil y a veces apática para evitar un análisis hacia cuestiones que pueden ser más complejas o de las que no tenemos el contexto, sentires y pensamientos ajenos.

Quiero tomar de ejemplo el “Alsea cancelado”. Coincido en la ilegalidad cometida en materia de derecho del trabajo y una completa injusticia de los derechos de las personas trabajadoras de esas empresas. Comprendo la indignación que esto provocó, también en mí, y coincido en que lo sucedido no es más que un reflejo de las injusticias cometidas sistemáticamente contra la clase trabajadora del país. Es indignante que los grandes empresarios abusen de sus trabajadores, violen sus derechos y así aumenten la brecha de desigualdad. Sin embargo, creo que perdemos de vista la problemática cuando nos apresuramos hacia la “solución” de: dejemos sin empleo a las mismas personas trabajadoras a quienes no les van a pagar por la cuarentena (¿?). Pero fuera de eso y como dije antes, la cancelación es personal, ¿no quieres consumir? Padrísimo, pero no juzgues a quienes seguirán haciéndolo porque no conoces en qué punto de su deconstrucción están o qué otras acciones están tomando de acuerdo a sus ideales.

Vale la pena analizar si en realidad no sería más adecuado un tax the rich, echar a andar el aparato fiscal para esas empresas, evitar que se hagan monopólicas y apoyar a las personas trabajadoras cuando se vean violentados sus derechos.

Sobre lo anterior, justo veía en Twitter a una abogada laboralista que compartía su contacto para asesorías gratuitas o firma de peticiones para tratar de formar comunidad y ayudar a las personas que trabajan ahí. Ambas, cosas que no vi que fuera compartidas por algunas personas que “cancelaron Alsea”, y no lo digo juzgando. Creo que más bien, esto nos debe llevar a cuestionarnos si en realidad nos toca tomar otro tipo de acciones que no sean la, a veces inútil, cancelación para “solucionar” problemas.

Lo mismo con la gente moralizante que señala privilegios por la cuarentena (desde la comodidad de su propio privilegio) cada cinco minutos, atacando todas las acciones gubernamentales en temas de salud y hablando de aboliciones cuando hay realidades que no son atendidas hoy, o juzgando movimientos que no les (nos) encarnan, pues tu experiencia individual no define la colectiva. Por cierto, aprovecho para decir que ya basta con el body shaming en redes, cállense y dejen de hablar de cuerpos.

Este ambiente de la cancelación en redes se ha vuelto un tema de señalamientos que entorpecen la comunicación y como dije antes, nos nubla de todo lo que involucra ser persona con sus contextos. Algo parecido ocurrió la semana pasada, cuando un activista LGBT+ aceptó una invitación a un programa de radio que le presentó a él un tema, pero que acabó sacando en publicidad otro tema completamente distinto del que habían propuesto al ponente. Esto provocó reacciones airadas entre activistas, que se apresuraron a cancelar al ponente, a tacharlo de macho y cuyas reacciones fueron más bien oportunistas. Se adelantaron a linchar mediáticamente cuando ni siquiera sabían que había sido un completo error del programa de radio, no del ponente en cuestión. Cancelación automática basada en información apócrifa. Hostilidad y cacería que vale la pena cuestionarnos si tiene un fondo válido o una soberbia desde el activismo de pasarela.

Este es un artículo personal como no suelo hacerlos. Viene de un creciente hartazgo de entrar a Twitter y ver gente armándola de pedo por todo, señalando cuestiones radicales que llegan a ser sumamente simplistas o que invisibilizan la existencia y sentires de la otredad. Quiero también aclarar que no propongo un mayor detenimiento antes de hacer la famosa “cancelación” por comodidad propia, porque quiero seguir consumiendo o porque no quiero “checar mi privilegio”; lo propongo porque creo que nadie nace deconstruidx, que todxs –lxs que estamos deconstruyéndonos– seguimos aprendiendo, y porque creo que hay que evaluar estos procesos y preguntarnos si no hay un área de oportunidad. Hago este ejercicio, no desde un pedestal moral, sino consciente de que yo he hecho alguna de estas acciones y creo que es mi responsabilidad generar un ambiente menos hostil y más útil, funcional e incluso apapachador. No es ahuevo tuitear.

Tengo 23 años y estudio derecho. Escribo de lo que me transita desde los derechos humanos. Me interesan los temas de justicia distributiva, políticas públicas y derechos de las personas LGBT+. Lo más importante para mí en este blog, es ofrecer un espacio seguro para todas las personas históricamente discriminadas a las que nunca nos han escuchado.

Considero que es importante cuestionar todo desde el aprendizaje empático y en compañía de una taza de café.

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