La batalla cultural

Es un día de la semana cualquiera. Estoy tratando de desmenuzar (nunca se sabe si con algún grado de autoflagelo mental) cierto conflicto de escala tuitera. A veces hay una racha de respuestas y contrarrespuestas sostenida en argumentos más o menos sólidos. Por lo general, cediendo paso a la emoción del momento y a la comodidad del anonimato digital, hay ironía, sarcasmo, burla y mucho, mucho ruido. Quizá me saturan más de lo que deberían estos conflictos, presentados en mi día a día con cierta aleatoriedad, por la ausencia física de rostros inconformes o por el silencio de los gestos que una conversación pública provocaría. Quizá el foro abstracto construido en mi mente de intercambio noble de ideas no es más que un mecanismo de defensa mental, que realmente no existe allá afuera. Hacerse el omiso, esperando mejores plataformas de discusión, tampoco me parece del todo acertado. ¿Cómo podemos conceptualizar este conjunto de tensiones sociales? Izquierdas, derechas, conservadores, progresistas, ¿son realmente un buen punto de partida estas categorías? Creo que no, por no ser tan exhaustivas y comprehensivas como se cree. Considero que en lo que no alcanzan a atrapar tales categorías, así en como los puntos de intersección, radica la complejidad de los conflictos sociales actuales. Podemos servirnos de un concepto que, a pesar de estar asociado a Gramsci, hoy en día es usado en toda la gama de frentes ideológicos para depositar sus agendas. Así, propongo que tales tensiones, aparentemente dispersas, sean agrupadas y nombradas como la batalla cultural de las ideas.

Esta propuesta no es del todo innovadora. Sin embargo creo que podemos hacer una serie de precisiones y reflexiones que sí nos lleven a un punto de llegada distinto. Así, si deseamos pasar ya del mero nombre al concepto, se puede proponer que la batalla cultural es, en cierto sentido, una lucha por la conquista del sentido común o por el imaginario colectivo. En palabras de Bauman: el imaginario refleja cómo imaginamos el orden mundial, cuáles son las condiciones para nuestras acciones y cuáles son los valores por lo que vale la pena luchar o, dado el caso, hacer un sacrificio. Creo, aún así, que el imaginario no se explica únicamente mediante la batalla cultural o por una disputa de poder (incluso superado el problema de señalar sus límites y actores con precisión), pues ciertas sensibilidades o manifestaciones, culturales o creativas, siguen un proceso, me parece, mucho más inconsciente.

Este aspecto inconsciente de los imaginarios podría generalizarse hacia nuestro concepto de batalla cultural. Si bien la batalla cultural es una batalla por el poder, no tiene siempre frentes y/o actores definidos. Considero que las ideas se encuentran más diluidas de lo que cualquier ideología propone por lo general. De forma poco ortodoxa para este tipo de textos, quisiera aquí citar a Eblis Álvarez, mejor conocido por ser el líder de Meridian Brothers,  proyecto musical que me atrevo a bautizar como un “centro de pensamiento cultural cumbiero”. En entrevista con el medio Shock, Eblis reflexiona sobre que los poderes no son algo aislado en una élite en algún lugar del mundo. El poder tiene la propiedad de manifestarse en nosotros mismos, somos el anfitrión de estos poderes. Por eso es tan preocupante. Los poderes entran como tendencias o conceptos que muchas veces pensamos como propios, o, bien podríamos agregar, como ajenos. Pienso en si, frente a esta complejidad, las agrupaciones políticas radicales (y uniformes en su radicalidad y dogmatismo) resultan atractivas por resolver con recetas dogmáticas esta cuestión. Independientemente de si tenemos interés, o no,  en el pensamiento crítico, la pasión de las personas convencidas puede acaparar las discusiones frente al poco ruido que generan quienes son escépticas.

El paso entre reconocer cierto número de imaginarios disputándose la batalla cultural y asociar responsabilidades e identificar representantes de esos imaginarios resulta altamente conflictivo si se desea evitar caer en dogmatismos. Pero esta situación abstracta y compleja es, al mismo tiempo, un factor que vuelve todavía más importante a la batalla cultural. En la batalla cultural hay una motivación epistemológica por definir la verdad, la objetividad y la realidad misma. La disimilitud histórica de opiniones y posturas allá afuera en el día a día, y más aún en las ciencias sociales y humanísticas, constituyen una prueba de que las creencias básicas que una persona cualquiera asume como suyas (y, por ende, de la sociedad en su conjunto) no son el resultado de un razonamiento lógico puro, sino de afinidades culturales, estéticas y afectivas; aspectos en los que el imaginario dominante logra configurar un paradigma. Dicho de otra forma: imponer un imaginario es imponer los paradigmas culturales, estéticos y afectivos que nos hacen proclives a ciertas ideas y conceptos. Esta proclividad tiene efectos reales en cómo se redistribuye el poder en las sociedades.

La Clef Des Champs Rene Magritte (1936)

Esta conclusión, que considero asequible para un ojo lo suficientemente crítico, podría conducir a la desilusión al verse vaciado el aliento universal, rigurosamente científico, objetivo y sediento de verdad con el que muchas personas accedemos a las instituciones educativas. Cuando no es desaliento, podría paradójicamente orientarnos hacia posturas escépticas y desconfiadas sobre las plataformas de participación política y cultural existentes. Considero que este punto de llegada, a pesar de tener inherentemente el riesgo de volcarnos a la inacción político-cultural, es deseable en la medida que nos reconoce fuera de los estrechos límites de las identidades dogmático-ideológicas; lo cual no implica que estemos totalmente fuera de ellas. Todes en algún grado representamos creencias y comportamientos infundados de razones. Importa, para librar la batalla cultural, cómo nos representamos a nosotres mismes. Importa, aún más quizá, como representamos a les otres y las ideas que defienden. Fuera de esta posición de honestidad intelectual, la intolerancia está a la vuelta de la esquina. Sólo queda por resolver el no menor problema de cómo lograr herramientas de coordinación y de acción capaces de convencer frente al poder mediático y dogmático de los radicalismos. Desde aquí, podemos construir las plataformas de participación cultural y política, capaces de direccionar el rumbo de la batalla cultural, que los problemas contemporáneos merecen.

En permanente desconfianza de las categorías. Para quien sirvan los títulos: estudiante de economía y filosofía. Busco aproximarme a la realidad con disposición crítica.

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