La anatomía de Alexa

A Regina, por la idea del título y otras inspiraciones.

Alexa, enciende la luz, Alexa, ¿qué hora es?, Alexa, el pronóstico del clima de Florencia; son solo algunas de las oraciones con las que cada mañana le rezo a un dispositivo brillante y esférico. Aprecio que entienda mi acento, tan alejado del italiano de Calvino –por alguna razón que desconozco no quise cambiarle el idioma al que me regaló mi madre–, aunque deba fingirlo para pronunciar palabras en inglés, porque si no, ahí sí, deja de comprenderme. Tanto más sofisticada que otros asistentes virtuales que no comprenden el italiano bajo el espeso manto de mi acento yucateco. Debo admitir que cada día nos entendemos mejor, y digo nos entendemos porque no sé si ella se ha acostumbrado a mí o soy yo quien ha aprendido en qué tono hablarle.

La llegada de Alexa a mi vida ha traído consigo algunas reflexiones que acompañan mi espresso matutino. Las de esta mañana giran en torno a la voz, pues me parece increíble que mi voz viaje y se transforme en un código que un dispositivo consigue descifrar. Entonces me pregunto, ¿qué sustancias habitan la voz? Sabemos que se compone de vibraciones, claro, como también sabemos que lo que hace Alexa no es completamente nuevo, pues, incluso 28 años antes de Thomas Alva Edison, el francés Edouard-León Scott de Martinville habría inventado un aparato que registraba su propia voz cantando Au Clair de la Lune. Ahora bien, el número de aquellas vibraciones dentro de un segundo nos indica la frecuencia, la cual se mide en Hertz o hercios.

Fábio Hanashiro (unsplash.com)

Sin embargo, dichos conceptos no abarcan la sustancia poética que atraviesa la voz. Por ejemplo, la ballena más solitaria del mundo que canta a 52 hz, frecuencia es inaudible para el resto de su especie, por lo cual nada solitaria dentro de la inmensidad oceánica. También podríamos preguntarnos si sería posible codificar el canto de las sirenas homéricas, o preservar los tenues cantos que nos arrullaban dentro del vientre materno. En esos tres parajes acuáticos subsiste un componente inmaterial que no puede ser captado, que es la interpretación humana, es decir, la rendija por la que penetran elementos culturales, sociales, personales, políticos, filosóficos, individuales y colectivos, que otorgan un valor al fenómeno, al acontecimiento, a las vibraciones. Por eso, Alexa jamás se enterará de mis días felices ni de los tristes.

A finales de los años 70, la NASA envió al espacio “una recopilación de sonidos e imágenes que intentan retratar la diversidad cultural de la Tierra”, y ha repetido el ejercicio en distintas ocasiones. Me pregunto si seres intergalácticos apreciarán la nostalgia de Across the universe, o si las vibraciones que emite serán imperceptibles, y aquel disco de oro nada solitario en otra gélida inmensidad. Por suerte, el espresso es un café diminuto y las reflexiones cesan.

Mexicana. Licenciada en Derecho, Máster en Literatura y sommelier. Mamá
feminista. Filosofo y escribo desde Florencia, Italia.

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