La afectiva masculinidad del Señor de los Anillos

Aprendemos a ser y relacionarnos a través de lo que vemos a nuestro alrededor: las familias que nos crían, las relaciones que forjamos y, sí, el entretenimiento que consumimos.

La cultura popular se ha encargado de poner los límites aceptables para la masculinidad, creando una imagen rígida y estrecha sobre lo que es ser hombre.

El macho héroe de acción por excelencia es un rol a seguir terrible para quienes crecimos viéndolo. Nos enseña que ser hombre significa exclusivamente ser dominante, frío y físicamente fuerte.

El rango de emociones y sentimientos permitidos tiene como pieza central la ira. La resolución de conflictos solo se consigue por la violencia. Relacionarse con otros y otras debe ser un juego de dominar o ser dominado, donde quien se muestra vulnerable pierde.

¿Qué enseñanzas son esas para nuestros cerebros en desarrollo? ¿Qué reforzadores son esos para mentes adultas incapaces de cuestionarse?

Hablemos del Señor de los Anillos

Hace unas semanas, escribí sobre la sobreposición entre shipping y masculinidad en el Señor de los Anillos. Para hacerles corto de lo que quiero hablar ahora en este artículo: amo cómo la franquicia representa masculinidades sanas y creo que todavía hay más por decir, así que henos aquí.

Primero: un disclaimer: las obras le pertenecen a quienes las consumen, no a quienes las crean. El significado se crea en la lectura, sin necesidad de conocer la intención autorial. A lo que voy con esto: esta no es una celebración del escritor J.R.R. Tolkien ni una aproximación a sus intenciones como autor. Es una interpretación contemporánea de una saga de la que considero podemos todavía aprender mucho.

Empatía, afecto y sensibilidad en Tierra Media

La lista de lo que no puede hacer un hombre muy hombre es casi inversa a lo que hace la Comunidad del Anillo a lo largo de la franquicia.

Nuestro elenco no conoce tal cosa como la coraza que a los hombres se nos enseña a construir alrededor de nuestras emociones y sentimientos. Lloran de regocijo y de angustia. Se abrazan, besan y confiesan sin escrúpulos el profundo afecto que se tienen los unos a los otros. Se muestran vulnerables, íntimos, confidentes.

Sam y Frodo intiman sus deseos y pesares en su viaje a Mordor. Legolas y Gimli forjan una amistad auténticas y expresivas durante y entre batallas. Merry y Pippin muestran valentía y determinación en la vulnerabilidad. Aragorn encarna liderazgo, valor y entrega sin caer en arrogancia o rigidez, con emociones controladas pero no distantes.

En cualquier otra historia de la magnitud de El Señor de Los Anillos, son grandes hazañas lo que cautiva la mirada del público. En la aventura más grande de Tierra Media, es la profundidad emocional y sentimental de los personajes lo que nos hace amarlos.

Sí, las escenas de guerra y acción son emocionantes e increíbles, pero más icónicos son los momentos lentos, deliberados y suaves donde vemos genuinamente quiénes son nuestros protagonistas, cuando vemos personas más que héroes, cuando entendemos la intensidad de lo que sienten.

Y cuando vemos escenas difíciles y exasperantes, las sentimos más, no por el peligro físico en el que se encuentran los personajes, sino gracias al rango emocional que nos han compartido.

El Anillo Único es nuestra masculinidad tóxica

A pesar de la negación del autor, una de las interpretaciones más recurrentes de la saga pone al Anillo Único como una alegoría para la bomba atómica: un objeto de poder absoluto para destruir y subyugar. Lo digo porque ofrezco ahora otra lectura: el Anillo es la masculinidad tóxica que nos restringe y hiere.

Bajo la influencia del Anillo, el cálido y empático Bilbo se vuelve avaro y hostil. En el cuello de Frodo, suspira paranoia, agresión y rencor. En las manos de Boromir, lo hace engreído y orgulloso.

Los estragos se manifiestan en Frodo: siente con intensidad, pero enclaustrado y explosivo. Rechaza y cela a Sam en la misión que este había prometido compartir con él. Juntos han de transportar el Anillo a Mordor, pero cerca del fin de su viaje, Frodo le ordena regresar a casa. Requiere su apoyo, pero en su individualismo lo niega. Desconfía de la persona que más lo ama cuando más lo necesita porque se ha convencido que debe hacerlo solo.

El lente a través del cual se nos enseña a ser y relacionarnos como hombres es idéntico al Anillo: nos seduce con fuerza, poder y dominio. Nos hace solitarios, obtusos y negativos. Aprovecha nuestros momentos de debilidad para enseñarnos a actuar agresión y recelo. Secuestra nuestros sentimientos para distorsionarlos. Nos habla al oído, haciéndonos inseguros en la vulnerabilidad, para que deseemos ser invisibles, a salvo en el encierro emocional.

Nuestros héroes no triunfan por sus grandes hazañas. Sí, son adeptos al combate y la supervivencia, pero eso no es ni la razón de su existencia ni el motivo de sus logros. Más poderosa que cualquier espada es la empatía con la que afrontar su realidad y forman alianzas; mejor forjado que cualquier anillo es la expresividad con la que comparten y comunican; más potente que cualquier magia es el afecto con el que se apoyan uno en otro para dar cara a las durezas que se topan, para hacer bien con el tiempo que se les ha dado.

Al final, de ellos debemos aprender que ser tierno y sensible no es en lo más mínimo una debilidad. Es el camino para comprendernos, desarrollarnos y relacionarnos.

Necesitamos más hombres así en la ficción que consumimos. Más hombres así en los referentes que nutren nuestras mentes en crecimiento. Más hombres así en la realidad que construimos.

Comunicólogo, ensayista y crítico. Escribo sobre ese punto de encuentro entre cultura pop y las problemáticas socioculturales para entender a los poderes que las producen y los públicos que las viven.

Mantengo Plumas de Golondrina, un blog de análisis, crítica y reflexión.

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