Infantilizar a las mujeres no es muy feminista de tu parte

Cuando se trata de violencia de género, «no todos los hombres» es una frase que causa polémica. Parece que pretende evitar las generalizaciones, pero ahí no encontramos consenso. Por un lado, es importante reconocer lo estructural: por ejemplo, tal vez no todos los hombres han acosado, pero casi todas las mujeres han sido acosadas. Eso nos permite hablar de generalidades, patrones y subjetividades compartidas. Pero, por otro lado, hay quienes tienen posturas muy críticas en cuanto a universalizar. No tanto por “salvar” a unos cuantos de la condena incondicional de los hombres como seres violentos, sino por lo problemático que es sostener la existencia de dos clases sociales en la humanidad: el bloque hombre y el bloque mujer, que homogeneizan experiencias y desigualdades. Víctimas y victimarios. Los problemas que entraña el relato de los hombres como victimarios ha sido una discusión complicada. Pero, ¿nos hemos preguntado si el relato de las mujeres-víctima nos afecta más que ayudarnos?

No me refiero a la víctima como acontecimiento, sino a la víctima como relato. No hablo de situaciones específicas en las que hay un daño y ese daño es expresado para buscar los caminos a la reparación, pues exige una conversación distinta o, por lo menos, más extensa. Me refiero a la herencia contemporánea del feminismo de la diferencia, que está regresando con total convencimiento a la naturaleza, reivindicando la biología como destino, y que nos sitúa en un binomio hombre-mujer del que es difícil escapar. Para algunas personas no hay complejidad en esto. Por ejemplo, en el radfem: sostienen que la opresión tiene una base material (el cuerpo) y, por lo tanto, la socialización desde un cuerpo que es leído como femenino hace las desigualdades inescapables y universales. Entonces, la opresión y la violencia nos rodean hasta en las decisiones más íntimas. Si te casas, si te depilas, si te tomas fotos desnuda, si te relacionas con hombres, si te relacionas con mujeres trans, estás contribuyendo a tu opresión y a la de todas. Y parece que tienen mucha claridad en eso.

Otras muchas no lo tienen tan claro. Muchas feministas estamos en contra de esas posturas, sabemos que hablar de opresión es complejo, pero que no tiene una base material, que intervienen muchas diferencias sociales y culturales. Y matizamos y buscamos otros enfoques y otras explicaciones. Y vaya que los encontramos. Pero creo que el discurso del feminismo más mediatizado ha permeado mucho. Y donde menos lo tocamos, donde menos matizamos, donde menos discutimos, es en lo que tiene que ver con la sexualidad. Que lo entiendo, además, porque hablar de sexualidad en Suecia debe ser una cosa, pero hablar de sexualidad en México puede ser muy paralizante. Hay mucho dolor y hay mucha violencia de por medio. Ante historias tan sórdidas, hemos hablado del deseo masculino. Pero creo que sí tendremos que preguntarnos en algún momento, ¿qué modelo de sexualidad femenina estamos encauzando?, ¿qué modelo subyace a nuestros discursos?

Le doy mil vueltas porque realmente me cuesta escribir sobre sexualidad, porque en este país para hablar de deseo hay que hablar de violencia. No sé cómo caminar sobre esa línea delgadísima, donde por un lado hay realidades dolorosas y, por otro, hay narrativas prescriptivas, y no descriptivas, que moldean subjetividades. Espero, realmente espero, tratar este tema con todo el cuidado con que soy capaz. Y espero que se entienda que hay situaciones, en estas latitudes, que no son grises y donde las dudas simplemente no caben, y que aquí trato de escribir sobre el matiz del relato que unifica la condición de las mujeres. Con esto dicho, algunos ejemplos. Si siempre somos víctimas, ¿qué nos espera? ¿Hay situaciones donde somos víctimas por elección?

Todas hemos sido acosadas pero, ¿qué pasa cuando la única manera que tengo de referirme a la persona que me acosó es «mi acosador»? No qué pasa con él, ¿qué pasa conmigo? Si alguien siempre va a ser mi acosador, yo siempre voy a ser su víctima. Cuando pido protección e intervención, reglas, penalizaciones, ¿qué pasa con mi libertad? ¿con mis posibilidades? Cuando califico humillante el trabajo sexual por una aparente preocupación de “sacar a las víctimas de su opresión”, ¿qué pasa con la agencia de todas las trabajadoras? ¿Por qué las trabajadoras sexuales le joden tanto al feminismo mediatizado? Élisabeth Badinter (en Hombres / Mujeres, libro que me sirvió para estas líneas) dice que «cuando ellas impugnan la imagen de víctima con que se las pretende investir, ponen en peligro una vasta fraga de las teorías acerca de la sexualidad que el feminismo sostiene hoy». Cuando mis convicciones sororas me llevan a decir «yo sí te creo», ¿qué pasa si las mujeres, en tanto mujeres, no somos capaces del daño, del agravio, de la decisión?

Sé muy bien de dónde viene ese «yo sí te creo»: de pararte en un ministerio buscando ayuda y que no te crean y te regresen a una casa donde hay violencia doméstica (escenario cero gris). Por eso, creer en las denuncias sin lugar a dudas ha sido una postura política tan popular. Pero insisto en que separemos el acontecimiento de la creación de un relato, es bien difícil porque en la realidad todo está mezclado. ¿Nuestra presunción de credibilidad siempre es orillada por el sistema de justicia o está atravesada sobre supuestos sobre la feminidad? Porque si es la segunda, es peligroso aceptar como cierto que ser mujeres es ser incapaces de hacer daño, ser inocentes por naturaleza; eso también encaja muy bien con un discurso tradicional e incluso un poco cristiano de la feminidad. Pasividad, inocencia, ingenuidad y abnegación: bondad, básicamente. «Del niño a la mujer no hay más que un paso» y les niñes nunca mienten. Si la masculinidad actual (ejemplo: masculinidades tóxicas) encarna todo lo malo, la feminidad va a encarnar todo lo contrario. Yo quisiera recuperar nuestro derecho a la malicia.

¿Qué posibilidades le quedan a la sexualidad y al deseo femenino en un discurso esencialista y separatista? ¿Qué pasa con un deseo que sólo existe en binario, en oposición a otro, y que es moldeado en torno al agravio? Creo que hay un lado poco amable para nosotras en la protección. Se ha dicho que si se generaliza la culpabilidad masculina —no en tanto a acontecimientos sino a innatismo— terminamos por demonizar a la mitad de la humanidad. Pero también terminamos por infantilizar a la otra. «Entre la mujer-niña (la víctima inerme) y la mujer-madre (para las necesidades de la paridad), ¿qué lugar queda para el ideal de mujer libre con que tanto soñamos?».

Soy feminista de tiempo completo, arquitecta de formación, pintora por elección, pero de grande quiero ser escritora. Me interesan las intersecciones de todo eso; el habitar, el espacio, las desigualdades, el género, puntos suspensivos. Me gusta leerlo, escribirlo e ilustrarlo/pintarlo. Mamá de tres (animalitos), me gustan los mapas y el chocomilk. Ella/Her.

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