El imperativo categórico como fundamento a una nueva moral

Immanuel Kant escribió en el epílogo de Crítica a la Razón Práctica una de las frases más bellas de todos los tiempos:

“Dos cosas llenan mi ánimo de creciente admiración y respeto a medida que pienso y profundizo sobre ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”.

Si bien a Kant se le ha criticado por su falta de sentimiento y exceso de rigurosidad, en el aspecto moral, sin duda, las máximas que él propone son reveladoras respecto a cuál debe ser la dirección de nuestras acciones: ver el valor de la persona en cuanto es un fin en sí mismo.

Como consideración práctica es un tanto difícil de poner por obra los imperativos que él propone sobre todo en un mundo con muchos fines y pocos medios; sin embargo, se acepta que es un buen propósito y hasta bello y sublime. La idea de moralidad hace necesaria nuestra existencia dado que nuestras acciones aportan a la colectividad. El hecho está en que en la medida en que uno practica este principio puede dejar la individualidad y ser capaz de pertenecer a algo superior, aunque sea por unos instantes. La humanidad es elevada con nuestro ejercicio de la razón por lo que nuestro acontecer en el mundo se convierte en universal y necesario.

El uso de nuestra razón también se topa con un mundo un tanto hostil y ajeno a nosotros, con enfermedades, calamidades naturales y otros eventos fuera del poder humano. Nuestra pequeñez en este universo y la configuración vital contingente del ser humano hace que contemplemos las estrellas -símbolo del universo y lo inaccesible- con cierta fascinación por algo más grande y, con otro tanto de desilusión, al vernos como seres fugaces dentro de esta vasta obra. El libro del Génesis comenta que del polvo venimos y al polvo volveremos, nuestro acontecer se ve limitado por el intervalo entre el nacimiento y la muerte. Nuestra insignificancia nos hace darnos cuenta de que somos parte de un gran sistema y tan sólo una diminuta pieza del engranaje de este mundo.  

¿Cómo conciliar estas dos visiones aparentemente contradictorias? La respuesta está en nosotros mismos en cuanto individuos y seres racionales. Ciertamente, nuestra existencia es como un rayo que de pronto aparece y luego desaparece sin dejar rastro; sin embargo, el ejercicio del intelecto al poner en práctica determinadas actitudes morales nos puede elevar de ese sentimiento de hostilidad frente al mundo a uno en donde sintamos verdadera infinitud al hacernos partícipes de un lugar en el que nuestra existencia se vuelve necesaria, a la vez que reconocemos nuestros límites en esta vida. Como menciona el imperativo categórico, la humanidad, tanto nuestra persona como la persona de los demás, son fines en sí mismo y nunca sólo medios. Nuestras acciones deben volver a tener cierta preocupación por otros seres humanos en cuanto a su misma persona.

Estudiante de Economía del ITAM. Filósofo frustrado. Me gustan los temas de religión, filosofía de la historia, ética e historia de la Edad Media. Mi pensador favorito es Immanuel Kant.

Aún me falta mucho por leer y conocer, pero me encantaría releer y reinterpretar algunos filósofos olvidados de la Edad Media, ya que considero que pueden aportar soluciones a la crisis de espiritualidad y exceso de materialismo que vivimos hoy en día.

Una respuesta a «El imperativo categórico como fundamento a una nueva moral»

  1. En el mundo actual esto pareciera algo loco, en realidad es algo que a la humanidad entera le haría bien volver la vista a esta moral.

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