Hasta que todas seamos libres

Me nombré feminista antes de lo que me nombré lesbiana, ¿por qué? Por miedo. 

Miedo a la invisibilización de mi voz en espacios académicos, miedo al rechazo de mi familia, miedo a que tuvieran razón y que yo estuviera equivocada. Todavía tengo miedo; soy mujer, tengo miedo todos los días. Tengo miedo de que mi abuela se entere y no lo acepte, tengo miedo de que en mi trabajo se enteren y por ello me traten diferente, tengo miedo de que me vean besando a mi morrita en las calles y nos hagan daño. Básicamente, tengo miedo de ser mujer lesbiana en este mundo patriarcal.

Tengo miedo, pero lo incendio todos los días con mi reexistencia.

Desde que me nombro, [mujer, feminista, lesbiana] lo hago desde el arder, desde el desbordarme, desde todo y no de a pocos. La primera vez que me relacioné con una mujer también lo hice desde la Anarquía Relacional (AR), porque decidí que si lo iba a hacer diferente, me iba a construir toda diferente, desde otras formas de querernos y cuidarnos. La AR se refiere a amar de muchas formas, a muchas personas, con muchas intensidades, sin que éstas signifiquen jerarquías en los afectos, procurando siempre los cuidados a las otras y a una misma.

Encuentro el goce en la dicha de nombrarme, de nombrarnos… no sé bien cómo explicarlo. La etiqueta LESBIANA, nombrarla, acuerparla, es mantenernos con vida, mantenernos visibles, al menos como lo veo, como lo hemos narrado desde nuestras comunidades de acompañamiento lésbico ¡y es que se nos ha negado tanto! Se nos ha enseñado que la palabra lesbiana es sucia e incorrecta, y es que aún en estos tiempos progresistas en donde pareciera que cada vez cabemos más, nosotras lo sabemos, no cabemos todas. No cabemos en sus políticas lGbt, no cabemos en su capital, en sus políticas de salud… es por eso que nombrarnos y construir comunidad entre nosotras es tan necesario. 

Sin embargo, la inmediatez de colectivizar y de construir comunidades, no existe con tan sólo nombrarse, pues aun nombrándome lesbiana feminista tardé mucho en encontrar un espacio en donde mis sentires tuvieran sentido, un espacio en donde aun siendo de lesbianas no se replicaran las prácticas patriarcales del ligue, en donde la sororidad se materializara. Un espacio en donde aun siendo de feministas no se invisibilizaran mis luchas, consignas y demandas porque no son las de todas. Mucho tiempo pasé así, en pequeñas dosis de libertad, con pequeñas dosis de comunidad.

Generalmente me sentía sola, sentía que las mujeres a mi alrededor no entendían del todo lo que necesitaba o hacia dónde quería construir, ni siquiera aquellas con las que me compartía sexoafectivamente, y es que tampoco tenía las palabras para pedirlo y conseguir esa realidad que quería construirme. No fue hasta que comencé a leer a las lesbofeministas que todo [o mucho] comenzó a tener sentido, ahí era. Con la Audre, con la Sheila, Angela, Adrienne, la Roffiel, Ochy Curiel, Yan María… mujeres todas, algunas blancas, racializadas, afroamericanas, negras, poetas, literatas, músicas, teóricas… todas lesbianas, todas de Abya Yala. En ellas encontré ese fuego, esa esperanza de leer en otras, en otras de muchos tiempos y latitudes esa necesidad mía de hacernos diferentes, de hacernos manada, de amarnos con un amor tan puro que sólo puede ser lesbofeminista.

Ya con las palabras adecuadas me fui encontrando con otras que también estaban en el mismo camino. Agradezco enormemente la lucha y reexistencia de mis compañeras lesbofeministas de Yucatán que siempre me han acogido y me han hecho sentir precisa y necesaria. Con ellas hemos construido comunidad, una en la que hemos trazado caminos de amor y transmutación de ese mismo amor en formas en las que nos enseñaron que no eran posibles. Una comunidad en donde hemos construido otras economías justas y solidarias, una comunidad con otras luchas y realidades, las cuales nos había dicho que ya existían o que ya estaban representadas, y nosotras sabíamos que no. Luchas y realidades que nos habían dicho que no eran urgentes o necesarias, y nosotras sabíamos que sí.

Dibujanta: @es_tzi

Y ahora que estamos juntas, ahora que sí nos ven, probablemente no podamos tumbar el patriarcado nosotras solas, ni con la otras, y no por parecer imposible o complicado vamos a soltar esa lucha; pero mientras eso sucede, mientras tanto nosotras ya construimos nuestra otra munda posible. Una munda sólo de nosotras, donde el poder se colectiviza y las decisiones nos representan a todas, en donde cada vez hay menos patriarcado, porque nos lo vamos dinamitando desde adentro, juntas, desde el acompañarnos y desde la ternura radical, radical porque es aquella que viene de la raíz.

Para mí, ser lesbiana es amar a otras. Amo a muchas, y en ellas me amo a mí. Amo a mi mamá, a mi abuela, a mis tías, a mis primas, a mis amigas, a mis compañeras, a mis amoras, a mis aliadas, con las que concuerdo y con las que no, porque descubrí que amándolas a ellas me voy amando un poquito más a mí misma, que el amor es radical o no lo es, que es desde nosotras y para nosotras, o no es.

Y que el orgullo es mantenernos vivas y juntas. Pucha con pucha. Y como dijo la gran mujer poeta, negra, lesbiana y gorda, Audre Lord, No seremos libres hasta que todas las mujeres lo sean, aun cuando sus grilletes sean muy diferentes a los míos.

 

Paola Becerra

Psicóloga, ciclista urbana, lesbiana, lesbofeminista, abortera y anarquista relacional.

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