Hambre

Llevas ya varias horas sin comer, más de las que puedes contar. Te sientas a la mesa y el plato de comida frente a ti te parece poco atractivo, inclusive algo repulsivo. Estás incómodo, estás molesto, pero los retortijones que sentías hace un tiempo han desaparecido y pasar un par de horas más sin probar bocado sería una molestia menor. Levantas el tenedor a regañadientes y te llevas el primer bocado a la boca. Puedes sentir sobre la lengua cada sabor, cada textura, cada aroma. Una cucharada de sopa desabrida se siente como un manjar regio. Tu estómago se abre y sientes el vacío llenarse. Tu cuerpo se llena de energía. Moría de hambre, piensas. 

Morías de hambre. ¿Hacía cuánto tiempo? Es difícil saberlo. Suele pasar que nos acostumbramos al hambre. Una puede tener hambre de muchas cosas y ni siquiera saberlo. Hay hambres buenas y hambres no tan buenas. No obstante, cualquier satisfacción está terminantemente prohibida: prohibido satisfacerse, prohibido satisfacer a alguien más. Irónicamente, está igual de prohibido mostrarse insatisfecha. No es fácil esconder el hambre cuando se vuelve voraz. El ser humano no es heterótrofo; en gran medida, dependemos de fuentes externas para satisfacer nuestras necesidades. Y sin embargo, se nos ha educado para no alimentarnos. Nos comemos nosotras mismas. Solo se puede hacer eso durante tanto tiempo antes de colapsar por completo. Hay quienes pasan toda la vida convenciéndose de que la hambruna por la que pasan es correcta y debida. Hay quienes se dan cuenta demasiado tarde. Hay quienes comienzan a comer y lo devoran todo hasta que no toleran más. Hay quienes no se percatan de su hambre nunca. Pasamos toda la vida aprendiendo a entretenerla, pero nunca se nos enseña a solucionarla.

A veces es raro pensar en un hombre con hambre. Toda la vida se nos dice que nos merecemos servirnos con la cuchara grande, que nuestros deseos son órdenes y que tenemos derecho a crecer, expandirnos y ocupar todo el espacio. A pesar de ello, no estamos exentos de padecerla. Puede ser incómodo reconocerlo. Pasar hambre no es de hombres. El hambre consume, desgasta, corroe. El hambre disminuye, degrada. Toma, sírvete, come más, ¿no te quedaste con hambre? ¿Como por qué estarías insatisfecho, si está todo ahí, listo para que te sirvas? 

El hambre física no es sino una de muchas hambres posibles. Es la más fácil de expresar, explicar e identificar. Es quizás la más notoria. Es, sin duda alguna, aquella cuyos efectos son más visibles. Tal vez por eso habemos quienes, por una razón u otra, terminamos por utilizarla para comunicar otras hambres, o, quizás, para enmascararlas. Es algo muy sencillo, en realidad. Comes un bocado menos y luego un plato y luego una comida y antes de que te des cuenta llevas tres días sin probar bocado y nunca te habías sentido más lleno. Te mueres de hambre y lo sabes, pero es un juego extraordinario contra ti y contra el reloj y contra tu cuerpo para ver quién puede más, para ver qué tanto puedes estirar la liga antes de que se rompa. Te mueres de hambre pero no te quieres morir. Yo nunca quise morirme, por lo menos no realmente. Yo quería vivir. Estaba desesperado por vivir. Hoy puedo reconocerlo. Tuve que pasar la peor de las hambres para darme cuenta de ello. Me hice minúsculo porque me convencí de que crecer, de que satisfacerme, de que llenar mi hambre y vivir y crecer era egoísta, era pecar de la peor de las soberbias. Menos es más. Mi valor era inversamente proporcional al espacio que ocupaba.

Han pasado unos siete años desde la primera vez que decidí no comer. Hoy, siete años después, no me da miedo ni pena reconocer que me muero de hambre. Que llevo toda la vida muriéndome de hambre. Que probablemente pase el resto de mis días hambriento. Han pasado seis años desde que empecé a aprender a alimentarme. No ha sido fácil. De hecho, ha sido muy complicado. Una de las primeras cosas que aprendí cuando comencé este viaje —después de bajar casi treinta kilos en cuestión de meses, después de recluirme por completo porque no podía pensar en nada que no fuera la comida y el daño del que me convencí que me hacía, después de estar al borde del precipicio viendo al vacío a los ojos y privarme de todo el amor y la felicidad que hoy sé que existe en el mundo— fue que uno no se cura de algo así. Los trastornos de la conducta alimentaria son enfermedades sumamente complejas de las que aún sabemos poco. Aunque cada vez somos más, la perspectiva masculina, todo lo que no puede ser igual a cuando le pasa a una mujer por muchas razones que yo no estoy calificado para explicar, es algo de lo que sabemos aún menos. 

Han pasado cinco años desde que tuve mi última consulta con quienes me guiaron y me tomaron de la mano. No todo ha sido un campo de flores. No todo ha sido maravilloso. Todavía tengo que monitorearme muy de cerca y estos últimos meses han sido los más retadores. Todavía tengo hambre: hambre de amor, hambre de felicidad, hambre de emoción, hambre de recuerdos. Todavía tengo hambre de vida. La gran diferencia es que ya no estoy dispuesto a privarme de todas esas cosas. Quiero crecer y desbordarme. Quiero empalagarme con cada abrazo y quemarme con cada beso e inundarme con cada recuerdo y quiero llenarme de todo. Vivimos en un mundo en el que la satisfacción —la verdadera satisfacción, la profunda, la que nos contenta el alma y nos eriza los vellos de todo el pelo— está terminantemente prohibida. En un mundo así, se me ocurren pocos actos de rebeldía tales como vivir la vida a plenitud. Se dice mucho, muchísimo más fácil de lo que se hace. Hay que aprender a gestionar y moderar desde marcos completamente nuevos. A pesar de ello, vale toda la pena del mundo intentarlo. La privación es terrible. La única solución a ella es la compañía: cum panis, con pan, quienes parten el pan. Yo no podría luchar contra esta hambre solo. Nadie puede. Pensémoslo la próxima vez que nos sintamos hambrientos. Pensémoslo la próxima vez que alguien nos diga que tiene hambre. Partamos el pan. Partamos el pan siempre.

Chilango apasionado y chavito bien empedernido. Me gusta mucho la política y creo que a veces un puro es solamente un puro pero también a veces no. Me gusta irme a dormir con más dudas que con las que me desperté y despertar con más que con las que me fui a dormir. A veces cuestiono más de lo que me gustaría.

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