Hacer comunidad

Me encuentro trabajando en lo que, supuestamente, será el artículo con el que me titule. A lo mejor otro día les hablaré de él, pero en este momento, y a raíz de un taller que tomé y de un libro que estoy leyendo, mi conclusión para dicho artículo tendría que ser la importancia de “hacer comunidad” para salvarnos de nosotros mismos.

Cabe aclarar que la relación entre individuos siempre va a estar mediada por elementos culturales que como sociedad hemos definido. Aquí entran los acuerdos banales sobre formalidad, las etiquetas con las que nombramos, las diferencias entre un amigo, un mejor amigo y una pareja, etc… El tema es que, siempre, estas relaciones van a estar mediadas por una estructura de poder y por la lógica del mercado. Esto es, que mi relación con el otro va a depender de lo que pueda consumir del otro.

Ok, esto escaló muy rápido. Pensémoslo así: ¿Qué beneficios me dan las relaciones que tengo? En el plano económico, emocional, físico, etc. Pongo un ejemplo personal: hay ciertas personas con las que mantengo un contacto porque su forma de pensar enriquece a la mía. De una u otra forma, estoy aprovechando mi relación porque me genera un beneficio.

Cuando hablemos de deconstrucción, podremos buscar las herramientas para ir visibilizando y cambiando las actitudes que llevan lo anterior a niveles tóxicos, pero por el momento hagamos notar que todas las relaciones implican este intercambio de beneficios. No es una decisión consciente, es la forma en la que hemos aprendido.

A nivel estructural, estas relaciones de beneficios son las que han construido la forma en la que creamos leyes. El Estado actúa en términos de consumo. Este consumo genera un contrato social basado en ponerle un límite a nuestro propio consumo. En mi individualidad, aspiro a ser libre, aunque eso choque contra la libertad del otro. Por eso le cedo una parte de esa libertad al Estado, con tal de que sea la sociedad y no otro individuo el que me quite la libertad.

Con este panorama, muchos ya nos hubiéramos bajado del mundo, la neta. ¿Cómo combatimos esto? Aquí es donde entra el término comunidad. Hacer comunidad implica pensar primero en el otro, no desde un “ceder” sino en un “dar” al otro y, lo más difícil, dar al otro sin esperar retribución. Frase coloquialmente trillada, sí, pero que propone eliminar este componente de consumo que permea nuestras relaciones.

Si yo doy, tú das y todxs damos, estamos construyendo algo desde el otro, recordando que, para el otro, tú eres ese otro. Esto nos permite crear algo diferente a lo que hay. Hacer comunidad implica que puedo ver un nosotros, con las problemáticas que el otro vive y, sobre todo, puedo ser empático con él.

Ejemplos de hacer comunidad tenemos en el activismo. Pensar en las redes que han construido las comunidades indígenas en contra del despojo de tierras, en la articulación que se está creando ahora en Mérida respecto al matrimonio igualitario, en la marcha del pasado 8M; la comunidad nos ayuda a perderle el miedo a la individualidad del otro.

Así, que la propuesta, como siempre, es a visibilizar y cuestionar las estructuras y las actitudes que hemos interiorizado. También, a pensar el mundo desde el otro. A darnos cuenta de que el mundo va más allá de nosotros mismos y de lo que consumimos.

Abrazos, nos leemos pronto.

P.D. El libro se llama Filosofía en 11 frases de Darío Sztajnszrajber (Paidós, 2019). Conduce un programa llamado “Mentira la Verdad”. Si les gusta la filosofía (y tener crisis existenciales) se los recomiendo.

Licenciado en Literatura Latinoamericana. Gestor cultural. Abogado de clóset. Escribe ficción y, a veces, cosas interesantes sobre la sociedad en la que habita. Experto en nada.

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