Hace ya un año

Hace ya un año cuando escuchábamos en las noticias o leíamos en redes sociales que la Organización Mundial de la Salud había declarado al COVID-19 como una pandemia. En aquel momento, jamás cruzó por nuestros pensamientos que sería el comienzo de uno de los momentos históricos más trascendentales de la humanidad y claro, de nuestra vida. Hace un año que, en las escuelas y en los centros de trabajo se despedían prometiendo verse dentro de dos o tres semanas. Que las amistades tomaban el último café antes de resguardarse en casa, y que las parejas juraban hablarse diario para mantenerse en comunicación.

Es cierto que nunca nos imaginamos la magnitud de lo que esta pandemia representaría y es que, tenemos un pensamiento muy arraigado como humanidad: el hecho de sentirnos indestructibles, de creer que tenemos vida para muchos millones de años, que aún hay suficiente agua y recursos naturales. Vivíamos sin el miedo de que un pequeño virus podría dañar las fortalezas que habíamos construido. Sin embargo, nos dimos cuenta de lo frágiles que somos. Que el avance científico tiene aún grandes limitantes.

También descubrimos las muchas carencias que tienen nuestros sistemas de gobierno, económicos, educativos y de salud. La brecha de desigualdad creció, dejando más al descubierto la falta de acceso a las mismas oportunidades. No todas las personas podían tomar clases en línea, o hacer trabajo en casa. En algunos casos fue por no contar con una computadora o internet, otros no tuvieron la oportunidad de llevar a su hogar el empleo. Se perdieron trabajos, creció el abandono escolar, y comenzaron a darse efectos mariposa por todas las aristas de las realidades sociales.

Todas estas situaciones fueron de mayor relevancia durante los primeros meses, eso de angustiarnos más por la economía y su porvenir, sin darnos cuenta de que apenas comenzaba. La presión hacia los gobiernos mexicanos crecía, había estados con crisis que iban en aumento y como población lo único que sentíamos era abandono y una falta de empatía. Descubrimos que nuestros servicios de internet son ineficientes que, a pesar de que en México se exalte la figura de la familia, no teníamos la costumbre de pasar tanto tiempo en convivencia, incrementándose los niveles de violencia en algunos hogares.

Ilustración por Alireza Pakdel

Es cierto, la pandemia también sacó a relucir muchos de nuestros aspectos negativos de cada quien y en niveles diferentes. Había egoísmo y falta de empatía que se asumían justificados. Se criticaba a estudiantes que no se conectaban a la clase; se les exigió a las mujeres a cumplir sus horas laborales, añadiendo el cuidado de sus hijos/as, del hogar y de tener la comida lista; las personas adultas mayores fueron despojadas de su autonomía, y se descalificó de irresponsables a quienes salían a la calle a seguir con su trabajo o a buscar uno. Como dicen, “juzgar desde el privilegio es hablar desde la ignorancia”. Cuántas veces no vimos tweets criticando a quienes usaban el metro un lunes a las 8 a.m. También era muy común justificar nuestras salidas descalificando las de otras personas, como cuando iban al centro comercial y mencionaban que les asombraba ver a tanta gente fuera de casa, o asumiendo que une si cumplía las medidas de seguridad y elles no. También se hizo frecuente que, quienes tenían auto, publicaban sus paseos sobre las avenidas y al mirar por la ventana observaban a personas tomando un paseo caminando, haciéndolas ver como irresponsables por salir. Esta pandemia no nos afectó de la misma forma, es algo que debemos tener presente.

Es cierto, el virus llegó a detonar muchas bombas latentes. La pobreza, la falta de servicios (internet, agua, luz), los problemas de movilidad, el acceso a la educación y a los servicios médicos, entre muchos otros. Se perdieron empleos, carreras profesionales, viviendas, pero sobre todo, el virus arrebató vidas. No conozco a nadie que no haya perdido a un ser querido, compañeres del trabajo o vecines. No fue posible cuidar a todas las personas especiales para nosotres. No todes tuvieron la oportunidad de acatarse a las medidas estrictas de seguridad de la cuarentena. Había que salir por lo necesario para hacer de comer, para comprar suministros o para trabajar. Tal vez en otros momentos de nuestra vida estuvimos cerca de ver a la muerte llevarse a alguien, pero esta vez adquirimos mayor conciencia que podían ser todas las personas a las que conocemos. Recibir un mensaje por la noche, o muy de repente se hizo uno de nuestros miedos más frecuentes.

Ilustración por Alireza Pakdel

La pandemia también trajo un aumento en los niveles de estrés, ansiedad y depresión. Lo que antes se tomaba como una exageración, ahora ha cobrado mayor reflexión respecto a nuestra salud mental. Nuestras responsabilidades cambiaron, muchas personas nos convertimos en el sostén familiar. Hubo quienes tuvieron que hacerse responsable de sus padres al estos verse enfermos y también hubo quienes se enfrentaron a la enfermedad en aislamiento total. Pareciera que estas experiencias no hicieron más fuertes, pero no, solo nos hicieron más sensibles. Nos ha hecho saber que la vida es frágil, que los momentos junto a nuestros seres queridos son demasiado valiosos, que el tiempo es corto y que cada minuto cuenta.

 Nos hemos llenado de enseñanzas, muchas de ellas no las esperábamos. La pandemia rasgó nuestra alma, haciéndonos sentir el dolor, la tristeza y sentimientos de angustia. No se trata de sentirnos con suerte o afortunades por seguir con vida, o por no habernos enfermado todavía, somos sobrevivientes. Cada día al despertar y reconocer que contamos con salud, comida y nuestros seres queridos, debe ser una forma de reflexionar sobre nuestra existencia. De ayudar a quien despertó y se dio cuenta de que había perdido algo o a alguien. De hacer crecer a la solidaridad y la empatía en nosotres. No se trata de cantar “Cielito lindo” desde el balcón de nuestro departamento en Santa Fe, sino de reconocer el sentido de verdadera comunidad. Existen muchas formas de apoyar a quienes la han pasado peor que nosotres, solo es cuestión de tener más empatía, y claro, sin hacer de esto una cuestión propagandista sobre nuestra buena voluntad.

Ilustración por Alireza Pakdel

Le debemos mucho al personal que no descansó, a quienes se dedican a los servicios de limpieza, de emergencias, de alimentos y muy especialmente al personal de salud que han dado todo para ayudar a sus pacientes, a quienes mantienen sanitizados los espacios médicos y realizan las pruebas, exponiéndose no solo ellos/as, sino también a su familia, por eso es que se cuidan todavía más, debemos tomar ese ejemplo y seguir cuidándonos.

Ha sido un año difícil, un año que se ha llevado más de lo que nos dejó. Nuestra vida y lo que tenemos no puede ser desperdiciada. Esos sueños, esos anhelos y metas, deben permanecer y hacerlos crecer, al final son quienes nos dan ánimos para seguir adelante. Luchemos cada día por hacer de este mundo un lugar mejor. Nos queda la esperanza, y aunque sea pequeña, puede iluminar grandes oscuridades. Les mando un abrazo virtual y recuerden seguir cuidándose que el virus sigue aquí.

 

En esta ocasión la canción que les recomiendo es “If I Dream” por RuPaul.

Él/He
Joven oaxaqueño formado en Ciencias de la Educación. Aprendiendo constantemente de las diferentes realidades sociales. Disfruto viajar y vivir México a través de sus culturas, arquitectura, gastronomía y misticismo. Amante del café, los momentos entre amigos y la música.

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