Game of Thrones y la desorbitada importancia que le damos a los finales

Cuando termina un ciclo escolar, solemos hacer una fiesta. Cuando alguien muere, participamos en una ceremonia luctuosa. Cuando cortamos con nuestra pareja, bueno, cada quién tiene un ritual distinto para ello. En resumen, como seres humanos, tenemos la necesidad de ensalzar los finales, ya sea para sentirnos mejor con nosotros mismos o como mero protocolo social. Y pocos —poquísimos— contenidos televisivos han tenido la virtud de generar tanta expectativa respecto a su inevitable conclusión como Game of Thrones.

Sin embargo, son precisamente las “virtudes” de la serie las que menos se hicieron presentes en esta última temporada. Y, por ende, nos dejaron con más penas que glorias ante tan esperado final. Es decir, estamos hablando de Game of Thrones, si una historia no podía fallar a la hora de la verdad era ésta, pero, ¿realmente fue un fail?

Hace poco leí un artículo de Luis Reséndiz —quien escribió para Letras Libres un recap cada lunes durante esta última temporada, se los recomiendo bastante— en el que explicaba ciertas claves del por qué este programa era un hitazo sin precedentes. Mencionaba que “Game of Thrones cometió el pecado capital de alcanzar la gloria demasiado tiempo antes de terminar”. Y lo suscribo totalmente. Al finalizar la sexta temporada con Winds of Winter, para mí uno de los mejores episodios en todos los sentidos, la serie había puesto la vara muy alta. Eso, aunado a que los guionistas ya no tenían más novelas para guiarse y a que decidieron —no entiendo por qué— filmar las dos últimas temporadas en 13 episodios en lugar de 20, lo cual terminó por complicarlo todo.

Como fan, Game of Thrones se convirtió poco a poco en “la serie imposible de terminar”. Y lo fue. A pesar de las cuestiones argumentales que parecen “obvias” o de que ya todos sabemos utilizar perfectamente el término “arco del personaje”, la realidad es que la mayoría no tenemos ni la menor idea de lo que implica escribir un buen guión y resolver de manera adecuada una historia tan compleja. Sin embargo, ellos, el equipo de escritores de HBO, sí, o al menos eso parecía.

Otro argumento que leí, y en el cual jamás había pensado, fue el de Zeynep Tufekci para un artículo de Scientific American, en el que explica que la mayoría de contenidos de estilo hollywoodense están centrados en narrar historias individuales o psicológicas. Es decir, aquellas que se centran en algunos personajes específicos y toda la trama gira en torno a ellos. Precisamente por eso, estos contenidos no se deshacen tan fácilmente de sus protagonistas, lo cual es una de las principales razones por las que nos convertimos tan fácilmente en fans de Game of Thrones, porque posiblemente era la primera vez en la que veíamos un programa que no se tocaba el corazón ante nadie, además de, por supuesto, las soberbias actuaciones, la impresionante producción y la maravillosa fotografía.

Añade que: “Los programas de televisión que viajan en el carril psicológico rara vez lo hacen (matar a los protagonistas) porque dependen de que los espectadores se identifiquen con los personajes y se involucren en ellos para llevar la historia, en lugar de ver el panorama más amplio de la sociedad, las instituciones y las normas con las que interactuamos y nos formamos”.  En Game of Thrones “la historia avanza” aunque “muchos personajes no”.

La gran virtud de la serie era narrarla de manera sociológica e institucional en lugar de psicológica e individual. Es decir, que los procesos sociales y políticos eran los que hacían avanzar la trama, incluso a costa de los Ned’s, Robb’s o Catelyn’s Stark. Ya en el ocaso del programa, nos fuimos dando cuenta de que las “vacas sagradas” eran más importantes que la historia, y pasaron a ser completamente necesarios para poder terminarla. Entonces perdimos la intriga, la estrategia tanto política como bélica, y las pérdidas -humanas o no- inesperadas y dolorosas. Cuando tienes una trama sociológica, deshacerte de personajes icónicos todo el tiempo no importa, porque hay algo más grande que consigue engancharnos.

En mi opinión, “el final imposible” fue cumplidor, y ya. Puedo decir que entendí que algo andaba mal con la serie cuando dejó de hacerme sentir cosas, y supongo que así es cuando sabes que algo debe de terminar. Sin embargo, y volviendo al punto de nuestra necesidad por dotar de una importancia desmedida a los finales, me parece que siempre será mejor el viaje que el destino. Por poner un ejemplo, mientras el final de Avengers (sin querer compararlos en ningún sentido) me emocionó, cautivó y llevó al borde de las lágrimas, las otras casi veinte películas del UCM no me hicieron sentir absolutamente nada, o simplemente ni las vi.

No sé si Game of Thrones entrará en el “Olimpo” de las mejores series de la historia, tampoco me importa demasiado. Pienso que juzgarla únicamente por su final es sumamente reduccionista, pero eso será decisión de cada quién. Lo que rescato fue entender que la serie es en realidad la historia de una familia o, mejor dicho, de una manada: los Stark. Que, después de tanto, terminan solos pero adheridos a sus más profundos anhelos o destinos: la inteligencia y liderazgo; la aventura e independencia; la supervivencia y el exilio.

Tyrion menciona en el último episodio que “no hay nada en el mundo más poderoso que una buena historia” y, en lo personal, me parece que, si bien el final no le hace justicia a la serie, ella misma se encargó de ajusticiarse durante varios años. Nos llevó a reunirnos cada domingo y nos hizo sentir que, en una era tan vasta de contenidos y producciones para satisfacer a cualquier público, todavía no lo habíamos visto todo, aún nos faltaba ver lo mejor.

“Al final, una buena historia es la que te deja queriendo más.”

Guionista yucateco radicado en la CDMX. Escribo sobre películas, series y debates del momento.

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