Fuck like a feminist

¿Cómo debo coger si soy feminista? ¿Con quién sí y con quién no puedo relacionarme de forma sexoafectiva? Si subo una foto a Instagram en calzones, ¿contribuyo a mi sexualización? Si me gusta el BDSM, ¿me entrego en bandeja de plata a mi dominación? ¿Qué tanto es tantito? Si el encuentro duró una noche, ¿me usaron? Si abro un OnlyFans, ¿traiciono mis ideas? ¿Las feministas tenemos fetiches? ¿Cómo saber si algo realmente me gusta o me gusta porque me socialicé en un mundo misógino? ¿Cuál es la posición sexual más simétrica? ¿Hay maneras correctas de desear? ¿Hay deseo feminista? ¿Tendría que haberlo? ¿Qué está permitido y qué está prohibido? ¿Cómo podemos explorar el consentimiento y el deseo en un contexto donde la violencia sexual está por todos lados?

(Disclaimer: este texto no es sobre abuso o violencia sexual. Todo lo aquí abordado toma como punto de partida el consentimiento de todas las partes).

            Estas y otras preguntas a veces flotan en una zona gris a la que puede ser incómodo entrar. Hablar de consentimiento sexoafectivo es una zona gris, como toda interacción y comunicación humana. Aunque queramos que todo sea blanco o negro, o por lo menos un poco más definido. Sé que nos urgen reglas del juego, y tratar el tema del consentimiento ha tenido la intención de establecer límites para que todas las partes involucradas en un encuentro puedan decidir y respetar hasta dónde. Trajimos a la conversación el consentimiento afirmativo, el no es no, aprender a poner límites, hasta aquel video que circulaba de la taza de té. La deficiente educación sexual de este país lo pide a gritos, y cuando hay que apagar fuegos se terminan por poner reglas. Hay muchas aristas desde las que se puede hablar del sexo. Y, en este apagar fuegos, la arista que elegimos es la de prevenir el abuso y visibilizar la violencia. Sin soltar eso, creo que a veces olvidamos una arista, que no está peleada con la anterior, y es la arista del deseo. Recordemos, la libertad sexual también es libertad política.

            El deseo de por sí es complejo y sigue siendo estigma, pero el deseo de las mujeres todavía más. Hace poco leía un libro –de esos libros sensatos, además— y me encontré con algo que me hizo, bueno, ponerme a escribir esto. Dice: «Que algunas mujeres gocen además con ello [sumisión y objetualidad], que se exciten al ser maltratadas, vejadas o disfrazadas, solo da cuenta del éxito encarnado de la estructura patriarcal (…) El masoquismo femenino es una construcción del patriarcado». Sí, por supuesto que lo es. Pero ¿y luego?

Todo el deseo femenino sería una construcción patriarcal, por lo menos hasta ahora. El deseo empieza en lo que nos moldeó. Entonces sí, el masoquismo, que si dios aprieta pero tú ahórcame, las nudes, ya hasta los juguetes sexuales de penetración serían una construcción patriarcal. Pero, de aceptarse lo anterior, el matrimonio, el amor romántico, y querer que me abracen de cucharita, también. Tan construcción patriarcal como las primeras porque las elecciones no son libres, realmente ninguna. Ante este panorama, ¿qué se hace con el deseo? Pues aceptarlo, creo que es lo primero, escucharlo, explorarlo, tratar de entenderlo sin estigmas. Y reconocer también que el deseo es multiforme, cambia con las personas y con las situaciones, no podemos tratar de homogeneizarlo para encauzarlo dentro de una narrativa. El problema es que fácilmente aceptamos el deseo ortodoxo que se puede pintar de morado, (v. gr. un “Amor Sano”). Pero ¿podemos aceptar el deseo de las mujeres que no es rosa?

Creo que lo que nos pasa a muchas mujeres que tenemos posturas antipatriarcales es que reconocemos que sí, nuestro deseo puede ser congruente con algunas estructuras de dominación. Que sí, tiene mucho que ver con el deseo masculino. Que no son elecciones meramente individuales. Y con eso a veces no sabemos qué hacer. ¿Negamos? ¿Corremos? ¿Sublimamos? Lo que hemos tratado es proponer “otras formas de relacionarnos”. Y vaya que se puede reaprender a comunicar, a hablar, a establecer acuerdos, a identificar lo que no nos gusta, a poner límites, reaprender a querer incluso. Pero ¿se puede encauzar la pulsión sexual? ¿Se puede moldear el deseo sin crear, a su vez, otra normalidad erótica?

Aquí está la complejidad de lo real. Nuestras relaciones sexoafectivas son, como mínimo, complicadas. Hay patrones, los vemos. Pero también hay deseo, y es inescapable. Todo existe en esa contradicción compleja y gris. Por un lado, identificamos la urgencia de establecer cuál es la conducta sexual correcta. Por otro lado, nos damos un balazo en el pie si queremos establecer la conducta sexual correcta. Lo que tenemos que saber en todo momento es que éstas son dos discusiones independientes, pero si las hacemos una, terminamos por abordar el problema de violencia sexual desde la moral y por hacernos una armadura que no nos permite explorarnos y conocernos. De Luisgé Martín en el libro ¿Soy yo normal?: «Lo que resulta imposible de defender, en la tercera década del siglo XXI, es que el sexo libremente consentido entre adultes, (…) deba ser sometido a vigilancia y a juicio, sean los profetas, Jesucristo, Mahoma, los estudios de Hollywood o las radfems de última generación los que establezcan los cánones o mandamientos que deben ser seguidos».

Por ejemplo, no todo lo que pasa en la cama (o donde usted prefiera coger) tiene que empoderar. Veo que esa va siendo la regla feminista y de pronto escucho “coger así no te empodera como mujer, te degrada, subir fotos desnuda no es empoderamiento femenino”. Esta relación entre poder y dignidad humana que de pronto es la médula feminista es muy problemática. Pero el sexo no necesariamente tiene que empoderar sino disfrutarse. Hay a quienes el poder y la dominación les erotiza (hombres y mujeres), no en una relación, en un encuentro, durante el sexo, en un acuerdo, en un periodo de tiempo acotado y decidido entre dos (o tres o les que sean). Y lo que me parece muy interesante es que quienes exploran esto muchas veces lo identifican, lo verbalizan y lo terminan gestionando mucho mejor, ¿por qué? Porque lo tocaron, lo estiraron, lo entendieron, lo acordaron. Para esto, se necesita comunicación y confianza que no existe en la conducta sexual normada que está atravesada por prejuicios. Y hablar. Hasta el cansancio.

Si partimos de que la finalidad del sexo no tiene que ser reproductiva sino placentera, la línea para saber dónde detenernos tendría que ser el daño y el consentimiento. ¿Se está dañando a alguien? ¿Hay acuerdos claros entre las personas involucradas? Cuando hablamos de daño ¿estamos pensando en las personas involucradas o en un ideal de bien común? Creo que tenemos que hilar más fino en lo que pasa dentro de ese gris. Además de nombrar lo que nos violenta, también es importante crear las condiciones simbólicas para explorar el deseo, el cuerpo y el afecto sin estigma, sin culpa, sin vergüenza, sin pesos y sin tabúes. Eso implica que, si algo no nos gusta personalmente, no tenemos que juzgar a las que sí le entran. O peor, culparlas por entrarle y ser malas feministas. Se vale seguir al deseo, explorarnos y entendernos antes de poner reglas del juego, reivindicar la “anormalidad” y darnos cuenta de que sí, en el camino que hay muchos claroscuros. Pero también las mujeres tenemos agencia que recuperar aquí.

Soy feminista de tiempo completo, arquitecta de formación, pintora por elección, pero de grande quiero ser escritora. Me interesan las intersecciones de todo eso; el habitar, el espacio, las desigualdades, el género, puntos suspensivos. Me gusta leerlo, escribirlo e ilustrarlo/pintarlo. Mamá de tres (animalitos), me gustan los mapas y el chocomilk. Ella/Her.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *