Foucault y la Cuarentena

De manera pronta, vemos que el tema de la cuarentena en Vigilar y castigar de Michel Foucault está bastante presente. Para analizar lo que el autor llama la “sociedad disciplinaria” se remite a las instituciones militares, penales, educativas, pero también a las médicas y sobre todo a las medidas sanitarias del estilo de la cuarentena: 

Este espacio cerrado, recortado, vigilado en todos sus puntos, en el que los individuos están insertos en un lugar fijo […]en el que cada individuo está constantemente localizado, examinado y distribuido entre los vivos, los enfermos y los muertos, todo esto constituye un modelo compacto del dispositivo disciplinario (Foucault, 1975, p. 229).

Inicialmente, entonces, parecería que la cuarentena y las medidas tomadas por el gobierno son intrínsecamente parte de una sociedad disciplinaria que, como describe Foucault, coacciona a cada persona al clasificarle, inmovilizarle y normalizarle a través de un poder siempre presente. Estos argumentos, a pesar de lo que parecería en primera instancia, no nos deben guiar hacia posturas anticubrebocas, antivacunas o anticuarentenas como cierta interpretación de grupos libertarios han querido pretender. De lo que sí nos previene, y por eso viene a colación hablar de este filósofo posmoderno, es que el devenir de un estado de cuarentena tan largo no es apolítico y el poder debe ser sometido a constantes cuestionamientos

¿Por qué es peligroso este estado de constante “disciplina” epidemiológica? Una primera respuesta clara surge del efecto (¿o propósito?) de la disciplina: “aumentar a la vez la docilidad y la utilidad de todos los elementos del sistema” (Foucault, 1975, p. 251). Sobre la utilidad, poco hay que decir: es funcional este proceso para controlar la enfermedad y listo. La docilidad es lo que en realidad es preocupante, especialmente en un estado en el que la actividad política masiva de la población se pretende pausar por entero; donde las acciones del gobierno que no tienen que ver con la pandemia se eclipsan por completo y parecen no importar, y donde los cuestionamientos se vuelven reprimidos o constreñidos a espacios sin tanto poder real de acción (e. g. redes sociales). 

Siguiendo esta idea, debemos cuestionarnos el llamado “triunfo” de las sociedades asiáticas para controlar el esparcimiento de COVID-19. Pongamos el ejemplo de Rusia, donde tengo experiencia de primera mano pues viví desde enero hasta julio de este año en aquel país. Primero que nada, el país demuestra un estado de vigilancia permanente al estilo del Panóptico ideal de Bentham que describe Foucault; es importante decir que esto lo veía y sentía desde antes de la cuarentena y especialmente en las ciudades del occidente de Rusia, donde se encuentra la mayoría de la población.

Si bien el Panóptico se refiere a una prisión, en un país con cámaras y policías en todos lados, el mismo propósito se cumple: “inducir en el detenido un estado consciente y permanente de visibilidad que garantiza el funcionamiento automático del poder” (Foucault, 1975, p. 233). Lo interesante de este poder es que es visible, pero inverificable. Sabes que está presente a través de los uniformes policiacos tan visibles y de las cámaras omnipresentes, pero no sabes en qué momento estás en la mira, en qué momento te harán un chequeo aleatorio. Esto hace que la coacción del poder se ejerza espontáneamente por las personas, especialmente sobre sí mismas.

Foucault y la Cuarentena
Fotografía vía Friman

Ahora bien, gran parte de este poder tiene un origen propagandístico. No es que el Estado ruso tenga tanta capacidad para verlo todo, sino es el sentimiento de que así lo hace. Cuando un país con este estado de las cosas impone medidas estrictas para el control de la pandemia, estas llegan con la ventaja del aparato de control previo. ¿Esto demuestra un triunfo del sistema autocrático y de vigilancia respecto a otros? En mis ojos no, aunque esto no quiere decir que todos los triunfos del combate a la pandemia nacen de este lugar; sin embargo, casos como el chino o el ruso sí podrían estar reflejando esto. Además, existe la siempre presente duda de la veracidad de la información reportada por los gobiernos en general. (Cabe resaltar que el caso ruso es uno extremo de lo descrito anteriormente, pero todos los estados modernos tienen características similares en algún grado u otro).

Regresemos a la pandemia en su conjunto, más allá de los casos específicos y rimbombantes. Entonces, ¿es la cuarentena una manifestación coercitiva del Estado o es una solución colectiva que surge de la responsabilidad social? Yo creo que es la segunda; la pandemia es un problema social y de la misma manera se debe enfrentar. Todes nosotres como individuos aislados y actuando de manera libre, muy probablemente agravaríamos el problema aún no resuelto. 

Sin embargo, debemos estar alerta y asegurarnos de que este tipo de control no sobrepase los límites de una situación como la presente y que las urgentes movilizaciones políticas no paren a pesar de la situación actual. Porque el control es un peligro real incluso si no se ve de manera tan patente. Podemos recordar al filósofo Deleuze cuando dice mediante un ejemplo puro que en una sociedad de control “lo que importa no es la barrera, sino el ordenador que señala la posición, lícita o ilícita, y produce una modulación universal” (Deleuze, 1990, p. 4). Esta normalización extrema de la sociedad es peligrosa y siempre amenaza a aquellos grupos marginados que no estén insertos en el sistema de manera completa.

Entonces, ¿cuál es la solución o alternativa? ¿Cuál es el propósito de esta discusión? Creo que en ese sentido no hay una propuesta de funcionamiento ideal de las cosas en una situación como la presente. Pero, el asumir que las decisiones de política pública son apolíticas o puramente técnicas, y que el involucramiento político de toda la población está necesariamente en pausa es peligroso. El propósito de reflexionar acerca del poder es cuestionarlo y, como Foucault advirtió desde los 70s en su debate con el filósofo Noam Chomsky:

Me parece que la tarea real en nuestra sociedad contemporánea es criticar el funcionamiento de las instituciones (particularmente las que parecen ser neutrales e independientes) y atacarlas de tal manera que la violencia política que siempre se ha ejercido solapadamente a través de ellas, finalmente, sea desenmascarada para que uno pueda luchar en contra de ellas. (Traducción propia desde el inglés).

Que siga habiendo lucha y acción política. Por poner ejemplos recientes: la indignación y acción feminista frente a una realidad con cada vez más violencia doméstica por la cuarentena; el cuestionamiento a políticas contra el COVID-19, como la discriminatoria que consistía en el escaneo de códigos QR para acceder a lugares cerrados en la Ciudad de México, so pena de no poder entrar (que después de cuestionamientos se corrigió para que fuera voluntario); las protestas en contra de la extinción de ciertos fideicomisos; reclamaciones sobre políticas gubernamentales de invasión a la privacidad y uso de datos personales en distintas latitudes, etc. 

Si bien el contexto actual requiere cooperación y sacrificio, como bien dice Diego Galeano: en general, las sociedades de control son “maquinarias de producción de miedos y de dispositivos para enfrentarlos” (apud Rodríguez, 2008, p.4). Estemos alerta.

Referencias sin hipervínculo:

  • Deleuze, Gilles. “Postdata sobre las sociedades de control”. Original publicado en L’Autre journal, no. 1, en mayo de 1990.
  • Foucault, Michel. Vigilar y castigar. Grupo editorial siglo veintiuno, 2009. Original publicado en 1975
  • Rodríguez, Pablo Esteban. “¿Qué son las sociedades de control?” En Sociedad. Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Buenos Aires, 2008.

Proselitista de que lo humano es crear. Me gusta Juan Rulfo, el ruso, el cine y el blues. La política (me) importa y escribir también. “Al que obra mal, se le pudre el tamal”.

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