Existir en los límites

Les escribo este relato a modo, tal vez, de chisme… de desahogo y a la vez porque yo sabía que necesitaba ver esto materializado para que, cuando fuera necesario, puediera consultar las letras de este escrito y encontrar en él el consuelo y apapacho que hoy siento. Hace unos años, no tantos y no tan pocos, fui diagnosticada con Trastorno Límite de la Personalidad, Borderline, TLP o como sea que ustedes le conozcan. La verdad vivir con un diagnóstico como ese empieza siendo un tanto retador, porque comienzas a replantearte tu vida y cada una de las decisiones que has tomado ¿Escogí esto porque quise o porque mis emociones me orillaron a hacerlo? Probablemente esa es la fase más retadora y cansada, no obstante, también la que más te permite aceptarte y entenderte más allá de un diagnóstico.

Hoy les quiero contar algo que casi nadie, o muy pocas personas, cuentan sobre vivir con este trastorno y que, probablemente ha sido una de las situaciones que más nos orillan a nosotros les border a terminar en relaciones – de amistad, sexoafectivas, etcétera – mal llamadas tóxicas que más bien son con una enorme carga de irresponsabilidad afectiva y que, usualmente, van de la mano con una persona narcisista. No me malentiendan, nosotres también tenemos nuestro narcisismo, ese complejo de un mundo demasiado cruel y lleno de personas que solo buscan herirnos, la realidad es que también tenemos nuestro lado oscuro y, por otro lado, muchas veces somos nosotres quienes escogemos a esas personas. Y es que nuestro trastorno nos lleva a vivir un constante miedo al abandono y con una imperante necesidad de emociones, buenas o malas, pues de lo contrario sentimos que estamos “en pausa”.

Sabiendo todo esto creo que hoy por fin entiendo porqué terminé en un bucle de relaciones abusivas y no solo hablo de parejas románticas, esta dinámica se replicó hasta con mis amistades, escogí personas demandantes y egoístas, además yo también lo fui. De cierta manera, aprendí que las relaciones son una dinámica de poder donde no podía bajar la guardia – es decir, abrirme y ser vulnerable – porque entonces sabrían dónde atacarme y dejarme, estos miedos me llevaban a atacar primero, a huir o, en la mayoría de los casos, a no generar verdaderos vínculos emocionales que no fueran de completa utilitariedad. Leídas estas palabras me siento como el monstruo de las películas, esperando a que te duermas para producir en tu sueño tu peor miedo. No me justifico, pero no lo soy. Creo que solamente era una persona que no estaba tratada y que tenía terror de amar y ser amada.

Sigue dándome miedo, hace unas semanas mi mejor amiga me dijo mientras platicábamos que en 10 años que tenemos de conocernos era la primera vez que hablaba por más de una hora sobre mí y sí, lo están pensando bien, también le tenía miedo a quien amo como a una hermana. No compartía nada porque tenía la teoría de que, si algún día se iba por lo menos no rompería nada y todo lo dejaría. SPOILER! Es una falacia, las cosas se rompen, quieras o no, pero si no sacas los pedazos el terreno que cimienta tu propio ser se va volviendo peligroso.  He mejorado poco a poco, todos los días un enorme 1%  y esto me ha llevado a darme cuenta que también mis relaciones han mejorado muchísimo, al igual que yo, poco a poco me voy permitiendo ser vulnerable y, de hecho, voy aceptando que lo soy y que no es algo malo.

Algo que nadie te cuenta de ser border es la sombra que te acompaña todos los días, casi tomándote de la mano y susurrándote en tus momentos de soledad, con voz queda y cruel “¿cómo te va a querer si eres un monstruo?” “¿Quién va a amar a alguien que es tan poca cosa?” En serio, me he llegado a plantear que probablemente el día que me pidan matrimonio seguro voy a pensar que es una especie de broma – suena más triste de lo que es realmente, por si se quieren reír sin culpa – esto es un trabajo de todos los días y hay épocas feas y otras increíbes, así como existen las que son bastante neutrales. Hace no tantos meses terminé con una de las relaciones más abusivas en que he estado, no voy a entrar en detalles, pero saliendo de ese cíclo me sentí el ser humano más tonto y ruín del mundo, de hecho, me sentía sucia e incapaz de ser amada.

Terminando esa pesadilla, pasaron una serie de meses en que me replanteé seriamente mi capaciadad de relacionarme con alguien de manera romántica, de verdad estaba sentada viendo al abismo y como dice ese celebre autor cuyo nombre no recuerdo – perdón – el abismo me estaba viendo a mí también, como dándonos cuenta que estábamos condenades a lo mismo. No se preocupen, no pasó. De hecho, creo que si me animo a escribirles esto es porque tiene un final feliz, un final feliz donde, por primera vez en muchísimos años – o tal vez en toda la vida – me siento verdaderamente tranquila y, especialmente, enamorada de alguien que ya sabe quién es – saludos – y que no podría ser más diferente a todas esos fantasmas que ahora conforman mi pasado. No quiero decir que todo es gracias a que conocí a alguien increíble y bueno, creo que no lo hubiera conocido y no nos habríamos enamorado si yo no hubiera concluído mis procesos y él los suyos.

Nada es perfecto todo el tiempo y no todo se divide – como en la gráfica de Donnie Darko – en amor y miedo. Hay días en los que ese miedo del que arriba les conté sigue y me persigue y días en los que ni siquiera lo recuerdo. Estas mejorías, este poder querer bien y bonito y, sobre todo, dejarme querer se lo debo a una red de apoyo enorme: mis mejores amigos, mi mamá, mi novio y mi psicóloga – mención especial a Psicoterapeutas México – una serie de personitas y criaturitas – mis perritas también han sido de soporte emocional en cada una de mis crisis ansiosas – que creen en mí y me ayudan diario a ser mejor con su amor y apapachos.

Imagen: Shutterstock vía Clinical Trials Arena

Muy bonito mi relato, pero ¿a qué quiero llegar con esto? Pues bueno, a lo que quiero llegar es a varias conclusiones que sé que escuchan diario, pero que tal vez si saben que le pasó a una conocida les sea más fácil echarle ganas. Cada una de las cosas buenas o malas que nos tocan en la vida suelen ser, en su mayoría efectos del mero azar, si nacemos pobres o ricos; en un país u otro y, si somos o no neurodivergentes. Toda esta serie de eventos aleatorios son simplemente eso, casualidades que no hacen que nos merezcamos algo más o menos, nos merecemos ser felices, amades, respetades y cuidades a pesar de todo esto y sí, a veces quienes somos nos hace sentir mal, nos lleva a errores, pero para ello existen maravillas como la terapia – aunque sé que la salud mental es un lujo, como ha dicho Edith Villavicencio, en su serie de artículos sobre el tema – y el crecimiento. Me gusta pensar en nosotres les neurodivergentes como luciérnagas que al final encienden su luz, solo a un ritmo y modo distinto, aunque igual de luminoses.

Por último y no por ello menos importante me gustaría recordarles que el TLP es un trastorno que, si bien no curable, es manejable y que este pequeño distintitivo puede ser también un gran amigo. Sin embargo, al conocer que este padecimiento que padece  1.5 % de la población suele desencadenar tendencias autodestructivas – como autolesión, adicciones, relaciones enfermizas y, finalmente, suicidio – les invito a buscar una red de apoyo y les recuerdo que, aunque una autora que leen desde la distancia, cuentan conmigo y mis DM’s están siempre abiertos para ayudarles y a buscar juntes esa lámparita que necesitamos antes de encender nuestra propia luz.

Este artículo va dedicado a mis mejores amigues por su amor y chistes;  mi mamá por sus cuidados y por tomarme la mano cuando tengo ansia e insomnio; mi novio, por su comprensión y apoyo y, a quien me ha salvado la vida en más de una ocasión: Ana, mi psicóloga.

¡Hey! Estudio Derecho en el ITAM y tengo 23 años. Soy promotora de los Derechos humanos, y más particularmente de la salud mental. Me interesa mucho la filosofía, particularmente en cuanto a la formación individual del humano, tanto de manera colectiva como individualmente.

Siempre abierta al conocimiento de diferentes perspectivas de manera cordial y respetuosa. Nunca se sabe suficiente del mundo y siempre estamos construyéndonos.

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