Eso que extrañas ya no existe

«Eso que extrañas ya no existe». He visto esta frase repetirse, a veces parafraseada, en una infinidad de carteles, ilustraciones, memes y tuits. Hasta en alguna que otra pared de la calle, escrita deprisa con aerosol negro (la caligrafía siempre lleva el signo del tiempo) y superpuesta sobre otros grafitis ilegibles. Frases similares amanecen todos los días en el inmobiliario urbano. Los sentimientos de las ciudades dejan siempre una pista en aquellos stickers ocultos a simple vista sobre señales de tránsito o paradas de transporte.  No es raro que en esta época post-pre-post-pandemia (o donde sea que estamos) el acento de los mensajes que comunicamos se ponga sobre lo que no existe o sobre lo que no fue. Pero ¿quién hace propaganda de estos mantras? No vienen de nadie en específico y, si lo hacen, ese rastro autoral no importa para su repetición o apropiación. Ya ni la firma de Acción Poética aparece como una pista sobre su origen (las paredes están sanando). En fin. Lo que me parece asombroso de estas frases descontextualizadas es que, sin más referencias, terminamos proyectando en ellas nuestras propias nostalgias. El mensaje es interpretado por el lugar emocional que habitamos. Cada quién sus proyecciones, mis nostalgias son los lugares.

Eso que extrañas ya no existe. Pocas frases pueden sintetizar uno de los grandes problemas sobre estar. Es decir, que la presencia física, o material, del cuerpo en un lugar no necesariamente corresponde a la presencia mental o emocional. La pandemia ha sido una larga (y con frecuencia dolorosa) prueba de ello. Regresar a donde sea que hayamos regresado sin la certeza de la vuelta (o sin querer regresar en primer lugar) implica asumirse de paso. Este asumirse temporal no es nada inocente. Según las circunstancias, nos condiciona a centrar nuestras decisiones sobre hábitos y posibilidades en el corto plazo. Un corto plazo que buscamos mantener lo suficientemente organizado y estable como para resarcir la falta de certeza sobre el futuro. Pienso si esto podría cambiar nuestro nivel de tolerancia y aceptación hacia lo espontáneo y lo dinámico. Confieso que cada vez pienso menos en las “atracciones” de las ciudades y cada vez más en aquel grupo de siete amigas que compraron una casa para retirarse y morir juntas en el campo. Esta parte de la vida, que pensaba temporal, ha transformado profundamente mis percepciones y valoraciones sobre las cosas. Un tanto buscando aquello que dejé atrás, un tanto improvisando sobre lo que hay. Sea como sea, no decido únicamente con lo que tengo frente a mí.

Eso que extrañas ya no existe. No es desconocida la tendencia humana a idealizar lo que no tenemos. Mucho se ha hablado sobre ser proporcionades en nuestra idea sobre las personas, sobre la importancia de bajarlas de nuestras expectativas hacia lo que realmente son. Creo que menos cuidado le tenemos a los lugares (y así nos va). Desde hace muchos años, por circunstancias, he resuelto mi vida fragmentándome en distintas ciudades. Siempre, lo que no hay en una se siente como un vacío en otra. En ese ir y venir, intentando llenar esos vacíos, me llevo siempre alguna desilusión que no se transforma (y tal vez nunca lo hará) en aprendizaje. Tal vez, lo que me termina complaciendo no es sino la fascinación sobre mi propia fantasía de esos lugares. Así lo definía Svetlana Boym, escritora rusa, quien habla de la nostalgia como un deseo por un lugar que ya no existe. Por otra parte, la famosa canción de cumbia colombiana, Lejanía, retrata bien ese deseo:

 Qué tristeza que me da, me da
Me da la lejanía, ¡ay, me da!
Qué tristeza que me da
Estar tan lejos de la tierra mía, ¡ay, me da!

Me gusta imaginarme a Lisandro Meza, cantante de Lejanía, de regreso en su tierra, enfrentándose a una realidad distinta a lo que esperaba ¿Cambiaría el sentimiento de su canto sabiendo que ese lugar quizá ya no existe como lo recuerda? Probablemente no, y creo que esto es algo para alegrarse. La imposibilidad de regresar a cierto lugar no nos impide recordarlo, antes bien, nos da una certeza para abrazar el aquí y el ahora, sabiéndolo fugaz. La guerra con la impermanencia, aún cuando ganemos pequeñas batallas, es una guerra perdida. Aun cuando las grandes obras de arte y de la cultura honren a la memoria tejiendo percepciones únicas sobre el pasado, ese homenaje es en sí mismo, una interpretación en un momento concreto que tampoco perdurará. Esta es una de las fundamentales tragedias de existir.

Eso que extraño, vende. Creo que sería injusto decir que únicamente en esta época la nostalgia vende. Pero nadie va a negar que hoy, como nunca, existen poderosas campañas masivas de publicidad orientadas a manipular nuestras percepciones, aspiraciones y sensibilidades estéticas con el fin de, en primer lugar, crearnos nostalgias sobre un conjunto de elementos culturales y, en segundo lugar, asociar esas nostalgias al consumo de bienes y servicios fácilmente disponibles para el consumo. Quizá de ahí viene mucha de la tristeza generacional o desacoplamiento social adolescente, época donde más vulnerables somos respecto a lo que no tenemos. Siempre será triste, desde este horizonte, no tener una bomber con estampas de la NASA en los tempranos noventas mientras paseas con tus amigos en una bicicleta colores pastel al interior de un suburbio gringo mientras escuchas a tu banda favorita (te odio Netflix).

Fragmento de Misterio y Melancolía de una Calle (Giorgio de Chirico)

Eso que extraño, existe. Aquello que llamaba como una de las fundamentales tragedias de existir, es, al mismo tiempo, una fuente de gran esperanza. ¿Por qué? Por la posibilidad de resignificar siempre aquel pasado querido o deseado como una fuerza o guía presente. Desde este horizonte, la vida está llena de novedad. Tal vez eso que extrañamos no exista como actualidad material, pero sí como realidad en mi experiencia y forma de percibir la vida. Aceptar que no tenga ninguna forma de existencia es concederle a nuestra forma de experimentar el tiempo una linealidad que no tiene. Dignificar nuestras nostalgias es, por un lado, reconocer su origen y sabernos expuestos y expuestas a una gran cantidad de estrategias publicitarias e intereses de consumo. Pero dignificar nuestras nostalgias es, ante todo, decir con toda la certeza del sentimiento, que eso que extraño existe.

En permanente desconfianza de las categorías. Para quien sirvan los títulos: estudiante de economía y filosofía. Busco aproximarme a la realidad con disposición crítica.

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