Entre los huecos de la nostalgia de Ghostbusters a Trump

Cuando Leslie Jones se enteró de que habría un nuevo reboot de Ghostbusters, lo calificó como algo que haría Donald Trump y un insulto a la versión en la que ella participó.

Sorpresa: tiene razón.

Lo viejo es nuevo, en más formas que una

La controvertida versión de Cazafantasmas protagonizada por mujeres es, en sí, producto de un romance vacío hacia lo reconocible, específicamente de los ochentas, que llena las carteleras de secuelas, reboots y remakes de las mismas franquicias.

Que no es que sea la apocalíptica muerte de la creatividad, ¿eh? Directores muy buenos como Taika Waititi y Rian Johnson han sabido navegar el sistema de estudio para dejar huella en Thor: Ragnarok y The Last Jedi (de las que se puede decir mucho de lo mismo que Ghostbusters, por cierto). Pero esa es la cosa: el alcance masivo está adherido a las grandes franquicias, a su vez propiedad intelectual de corporaciones monolíticas.

Estamos viendo un enamoramiento hacia supuestos mejores tiempos, y no solo en términos de interminables secuelas, reboots y remakes.

El poder masivo de las instituciones hollywoodenses se siente como un refrito del New Hollywood, esos años en los que cineasta visionarios (Spielberg, Coppola, Cameron, Kubrick… la vieja guardia de señores blancos de los que los primersemestre de Comunicación no se callan) ganaban reputación con megaproducciones bajo el sistema de estudio sin comprometer su originalidad. Como evento astronómico, su visión se alineaba con los intereses económicos de los productores.

En lo político, la década que acabamos de cerrar vio un renacimiento de las estrategias fiscales de Ronald Reagan en Estados Unidos, gracias al agente naranja en la casa blanca. En paralelo a Trump y los reaganomics, del otro lado del atlántico Boris Johnson exhuma el cadáver de Margaret Thatcher en búsqueda de las ideas más misántropas posibles. A un cine dominado por los monopolios, una economía dominada por los monopolios.

Los yuppies ultra-ricos y vacíos que retrató Mary Harron en American Psycho están de vuelta. La idolatría aspiracional  a multimillonarios pasó de Walton, Buffet y Trump a Zuckerberg, Musk y… Trump. No por nada la revista Forbes comenzó a listar a los más ricos en 1982.

Curioso es, por cierto, como nuestra fijación por las industrias culturales de los 80s está evolucionado, con el avance del tiempo, hacia un romance por lo grunge y do-it-yourself antisistema de los 90s.

Las trampas de la nostalgia

Miren, no lanzo esta piedra fingiendo estar exento de pecado. Colecciono cassettes. Mi lista de películas favoritas está llena de franquicias retro. Ready Player One fue mi libro favorito en la adolescencia y hasta cariño le tengo a su adaptación, que francamente no es ni fu ni fa. Pero tengo que reconocer la nostalgia es peligrosa.

El enamoramiento a lo que fue no solo es moneda de cambio para Hollywood. Es un fenómeno cultural de gran alcance: le ganó la presidencia a Trump, con una promesa tradicionalista de devolver la supuesta grandeza a su país. 

La propaganda está íntimamente vinculada a la memoria. Los recuerdos se distorsionan y la gente extraña lo que idealiza del pasado. De chicos no teníamos preocupaciones. Antes los tiempos eran más fáciles. Todo era mejor.

¡Claro que la música de antes era mejor! ¿Cómo no lo sería, si las únicas canciones que recordamos son las que dejan legado? Se los juro: la cartelera en los ochentas no era un desfile de obras maestras. Nos quedamos con lo lindo y fingimos que lo malo no existió.

Y los que no eramos chicos porque no existíamos… los cuentos nos fascinan. No soy de usar categorías como “millennial” porque eso es invento de mercadólogos para segmentar el mercado, pero, ajá, ya saben. Extrañamos tiempos idílicos que no vivimos, que nadie vivió. Nos implantan memorias de lo que nunca fue. Nos fascinan los símbolos y significantes del pasado para construir de ellos nuestro propio significado.

Nacimos para ver el mundo colapsar y escuchar historias de tiempos mejores. Es nuestro perpetuo paraíso perdido.

Así como en el cine, en la música. El pop que nos recuerda a la high school prom ochentera a la que nunca asistimos, de Take On Me a Africa, nace de un negocio brutalmente corporativo, insípido y artificial: comida chatarra sonora.

Escarbamos los productos de un mercado abrasivo y monopolizado, de una industria cultural vacía de esencia, y construimos una nostalgia etérea e incorpórea para crearle un valor hecho de recuerdos construidos. Décadas después renacen, los resignificamos.

Bueno, entonces: Cazafantasmas

El problema con Ghostbusters es que, aún bañada de esa nostalgia consumista cruda, no fue suficiente. Era demasiado diferente para los que se quedan con el pasado y no construyen con él. Tenía el mismo nombre, la misma trama y kilos de referencias. E igual la odiaron. Así de corto es su nuestro nivel de resistencia al cambio.

Podrías argumentar que la película simplemente no es buena. ¿Y sabes qué? Tienes razón. La película es agresivamente equis. Esperé más del director y del elenco. Pero es de plano erróneo creer que la razón del odio de la audiencia — una audiencia que traga cine pop mediocre al mayoreo, que aplaude como foca cuando ve algo que reconoce — es cuestión de calidad y no de ideología.

Que no es que no haya nada criticable en los muy transparentes disfraces progresistas de Hollywood. Por-fa-vor, todos sabemos lo que hacen. Si el nuevo reboot es Trump gritando “Make America Great Again”, entonces el de hace unos años son los demócratas prometiendo que Joe Biden es un “back to normal”. Venden nostalgia desinfectada en apariencia.

La cosa es que a estos fanboys no les molesta que los estudios pongan mujeres protagonistas de mala fe. Les molesta que pongan mujeres protagonistas, punto.

De plano: las odian. Las odian más si contaminan sus preciosos recuerdos. Su nostalgia solo se sacia si ven a un pobre ruco Bill Murray uniformado de intendente. 

Por cierto, también hay qué decir del director del nuevo reboot, Jason Reitman, hijo de quien dirigió de las originales.

Reitman es de esos centristas cuasi-reconciliadores que disfrazan tibieza de genio racional. Cuando dirigió Juno y se le preguntó sobre su postura respecto a la interrupción del embarazo, respondió “no soy pro-vida ni soy pro-decisión, pienso que las personas deben tomar decisiones por sí mismas”. Eso es pro-decisión, genio.

Dice, en tuits y entrevistas, estar en contra de Trump. No dudo que diga la verdad. Pero tampoco está tan lejos como cree.

Su más reciente película, el docudrama The Front Runner, pone a Hugh Jackman como Gary Hart, candidato a presidente en la década de (ya te lo sabes) los 80s, marcado como uno de los primeros casos en los que la vida privada de un político desborda en su carrera.

El conflicto central no es la infidelidad de Hart, sino la prensa metiche que se atreve a hacer un escándalo de lo que pasa en su cama. El director añora esos buenos tiempos en los que los políticos eran nobles y nadie se enteraba si usaban su poder para acostarse con modelos, así que señala el caso Hart como el parteaguas que todo lo cambió y a la prensa como el culpable por meterse en cosas que hombres dicen y hacen tras bambalinas.

Ante el periodismo hay que mantenerse crítico, pero el acercamiento angosto, tachante y absoluto de la película hacia la prensa (que, por cierto, recuerda a la reciente Richard Jewell de Clint Eastwood) toca al ritmo de un conductor de orquesta que grita “Fake news! You’re the enemy of the people!”.

El último nexo de todo esto es la supuesta guerra cultural que abanderan espacios reaccionarios: ven la inclusión de mujeres, minorías sexuales y gente de color en entretenimiento popular como un ataque que flanquea desde lo político hacia lo cultural contra sus fragilidades conservadores y su tradición idealizada (de nuevo, nostalgia). Toda película es un campo de batalla en la que el progreso acecha. Todo es una excusa para canalizar su filosofía de “ellos contra nosotros”.

Ghostbusters no es el primero ni el último. Inexplicablemente, el conflicto más reciente fue… Birds of Prey contra Sonic, porque… Birds of Prey tiene mujeres, ¿y Sonic salió más o menos al mismo tiempo?

En miedo de lo que será, el síndrome de edad de oro nos hace romantizar lo que fue. En miedo del cambio, los trumpistas se arraigan a su intolerancia. En miedo a una cultura pop que ya no es solo para ellos, los fanboys se arraigan a sus franquicias.

Que la película vaya a ser buena o mala no lo sé, pero Leslie Jones tiene razón: opera desde la misma nostalgia abrasiva, reaccionaria y ingenuamente esperanzadora que Trump.

Comunicólogo, ensayista y crítico. Escribo sobre ese punto de encuentro entre cultura pop y las problemáticas socioculturales para entender a los poderes que las producen y los públicos que las viven.

Mantengo Plumas de Golondrina, un blog de análisis, crítica y reflexión.

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