Entre juguetes, iglesias e historiadoras

Algunas veces, después de escucharme contarle a otras personas que especulo en torno a que los elementos de la cultura material tienen capacidad de actuar sobre la subjetividad de las personas, me siento como Murray Bauman de Stranger Things. No por lo rojilla, pero sí por la constante sospecha o paranoia. Parece como si mi desconfianza hacia al mundo llega al punto que veo ordenamientos del discurso hasta en la distribución de los espacios arquitectónicos, por ejemplo, pero ¿esto es tan descabellado como suena?

Según historiadoras como Joan W. Scott, la forma en que interactuamos entre personas, y reconocemos algo como “normal”, muchas veces pasa por el pensamiento de que esa interacción es así porque es la forma natural de ser del humane. Pensemos, por ejemplo, en el imaginario cultural que plantea que las mujeres cis solemos tener mejor conexión con las infancias debido a nuestro instinto materno. En cambio, en el caso de los hombre cis entablar una conexión con las infancias es difícil porque la empatía hacia ellas no les es algo innato.

El discurso del caso anterior justifica la delegación de los cuidados de la vida a las mujeres-madres, mientras que los hombres-padres quedan excentos de la crianza. Más que hablarnos de una forma de interacción social que se ha dado en todos los tiempos, se trata de una forma histórica de organización de la sociedad por el régimen de verdad imperante. Según Engels, en algunas sociedades precapitalistas la crianza se daba de forma colectiva: todos, todas, todes cuidaban a las crías fueran suyas o de alguien más. Lo que quiere decir que las organizaciones dentro de las sociedades –como el trabajo de cuidado de las infancias—responden a los discursos que se van transformando dependidendo el contextohistórico, social y cultural.

¿Cómo se vuelven cotidianeidad los discursos?

Siguiendo con la lectura de Scott, los significados del discurso –que las mujeres naturalmente sean más empáticas con las infancias– se instauran dentro de la sociedad por medio de la repetición de una acción –que las mujeres sean las que, en mayor medida, se encargan de cuidar a las infancias–. Me parece que esta perspectiva hace hincapié en las acciones de las personas, no obstante, en todo ese transcurso las personas no estaban desnudas, ni tampoco en un no lugar. Una compañera que se llamaba Alessandra un día señaló el aparato discursivo inserto en los juguetes de las infancias: los nenucos, juguetes feminizados, les delgaban el cuidado de la vida ficticia de alguien más a les usuaries.

Los templos.

En este sentido, la cultura material y la imagen parecen contribuir en la reiteración de significados que dan como resultado la naturalización de un régimen discursivo. Pongamos sobre la mesa el caso de la catedral de la Ciudad de Morelia, Michoacán y el templo de San José del Altillo en Ciudad de México. La primera fue construida entre el siglo XVII y XVIII, mientras que la segunda durante la segunda mitad del siglo XX.

[Fig 1] Fotografía digital. Catedral de Morelia.

Uno de los elementos más interesantes, desde mi percepción, es el ordenamiento de los espacios en cada templo. En la catedral michoacana el lugar de cada actor dentro del templo está muy bien delimitado: los predicadores van en el ábside del lugar que está mucho más elevado que donde se colocan las bancas de la feligresía. De ninguna forma les creyentes tiene acceso al altar [fig.1].

En San José del Altillo, la elevación del espacio donde se encuentra el altar persiste, sin embargo, en ese mismo nivel encontramos asientos para les creyentes, colocándoles en una relación más estrecha con el predicador. No obstante, tanto la silla del sacerdote como la mesa donde se lleva a cabo el ritual de consagración sigue siendo diferenciado con respecto al resto del espacio. La jerarquización de les actores sigue presente, pero la distribución del espacio arquitectónico permite que en algunos momentos de la ceremonia el sacerdote se posicione en el mismo nivel humano de la feligresía, quizás, como reconociendo simbólicamente su pertenencia a la condición “mundana”. [fig.2]

[Fig 2] Fotografía digital. San José del Altillo.

La disposición del espacio, en ambos caso, podría indicarnros cómo se concebía la realción entre la institución eclesiástica y la feligresía. En el primer caso, la jerarquización de dicha relación es muy marcada, se habla de arriba para abajo. En el segundo caso, el espacio desde donde se comunican los cuerpos, por lo menos en una parte de la feligresía, parece sugerirnos una transformación en la relación entre lo sagrado y la persona creyente. Porbablemente esto tenga que ver con la misma transformación del discurso religioso.

Para concluir, me gustaría dejar por escrito que lo que acaba de leer más que una idea conclusa, pulida o acabada es un tema que pongo sobre la mesa para conocer su opinión al respecto. ¿Cree que realmente la cultura material ha tenido un lugar importante en el posicionamiento de discursos que han organizado a nuestras sociedades?

Mis pronombres: ella/ she. Vivo en CDMX. Estudié Historia del Arte en la UNAM que está en Morelia. Soy una feminista entre feminismos. Me gusta caminar y tomar fotos.

Investigo sobre la vida cotidiana y la cultura material en el virreinato de la Nueva España. Me interesa el poder de la cultura material sobre las personas. La crítica feminista a la Historia del Arte me cría.

Aquí escribiré mezclas entre feminismo, cine, [h]arte, filosofía, política y lo que se vaya atravesando en mí existir en la cotidianeidad.

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