Entre el sueño y el tiempo, una palabra: ojalá

A Eugenia Milke y Áurea Tec,
mis maestras  de literatura y álgebra, respectivamente.
Ambas descansan en paz, entre los códigos del universo.

El mundo árabe nos ha compartido, entre tantas cosas, maneras exquisitas de codificar al mundo. Los números, por ejemplo. Lo es también la elaborada estética que persiste en majestuosos palacios ibéricos e itálicos y, por supuesto, la entrañable variedad de relatos para cifrar y descifrar el pensamiento humano y divino, verdaderas ecuaciones literarias y teológicas.

Una de esas fabulosas herencias se condensa en una palabra que la lengua castellana ha adoptada como suya, palabra que abraza lo inasible del deseo y del tiempo, evocando la elevadísima intercesión divina: ojalá. Extranjera y espiritual, “si Dios quiere”, o “si Dios quisiera”, que torna el asunto un tanto más grave. Sobre ello, como siempre, la opinión se divide en sesudas argumentaciones. Intentaré, de manera salomónica, o ¿por qué no?, algebraica, despejar el ruido que las circunda.

Empecemos con la RAE —porque ya a casi nadie le importa lo que dice la RAE— para ir descartando. Aquel diccionario dice que ojalá es una interjección que “denota vivo deseo de que suceda algo.” El significado lo obtiene desde el árabe hispánico law šá llá, “si Dios quiere”. De acuerdo con el diccionario etimológico castellano de Chile, aquella traducción correspondería a la voz árabe in šá’ Allah, mientras que law šá Allah en realidad sería “si Dios quisiera”, y aquí el sendero se bifurca en preciosos suspiros, pues el significado cambia por completo. Aquel reinterpretado por los andaluces, “si Dios quiere”, señala un futuro cierto, con una poética modestia de someterse a la voluntad divina, un mero recurso intercambiable con “Dios mediante”, mientras nos despedimos del vecino diciendo, “nos vemos en la tarde, si Dios quiere.” El segundo significado, en cambio, se refiere a un futuro incierto y, quizá por ello, por ser el original, es que incluye el ruego sincero a Dios; por ejemplo, nos despedimos de una desconocida en el tren con quien hemos compartido una bella conversación: “si Dios quisiera, nos volveremos a ver.”

Como puede verse, ojalá deambula entre la nostalgia y la ilusión. Algo similar a lo que sucede con la palabra portuguesa saudades, a la que Addy Góngora Basterra dedicó un hermosísimo escrito, donde cita a Camané: “Saudade es la tristeza que te hace sonreír, la alegría que te hace chorar. Es profundamente revelador que sea el universo de la nostalgia un terreno de nublosa comunicación. Buena hija de las mezclas, ojalá también abraza aquellos contrastes que parecen especialmente irreconciliables en el mundito de los cinco sentimientos definidos y cerrados que ofrece la era digital. Ojalá y saudades, son música, lo dicen todo simplemente siendo, sonando, y cargan con ellas legiones de sueños pasados y venideros.

Algún día, ojalá, abrazaré a mi abuela de nuevo, y veré mis sueños cumplidos, volveré a mi tierra para envejecer en ella, mi hija leerá mis libros, ojalá, ojalá.

Mexicana. Licenciada en Derecho, Máster en Literatura y sommelier. Mamá
feminista. Filosofo y escribo desde Florencia, Italia.

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