Encontré a mi persona favorita para ir al cine y soy yo

Escrito por Araceli Bedolla

Junio 2018. Me encuentro sentada en una banquita del Cinemex del World Trade Center, pensando en que no existe un cine que se sienta tan incómodo como este. Oficinas aquí y allá, gente con prisa, pasando cerca, demasiado cerca, desviando la mirada o peor, fijándola en mí cuando se dan cuenta de que no voy vestida como elles. Un cine que se siente fuera de lugar, ¿o soy yo la que está fuera de lugar?

En fin, estoy esperando a alguien. Alguien que no va a llegar, pero eso lo sabré después. Estoy en este cine incómodo, esperando incómodamente, a alguien que ya debió haber llegado. Además, vine al World Trade Center porque está a cuatro cuadras de su casa y a dos estaciones de Metrobús de su oficina. Yo crucé la ciudad para estar acá y quizá por eso me siento tan extraña.

La función a la que suponía que entraríamos empezó hace cinco minutos. Le escribo. ¿Cómo vas? ¿Todo bien? Yo no me puedo quedar a la siguiente función porque tengo que cruzar la ciudad y voy sola, le recuerdo. Me contesta con una molestia que atraviesa la pantalla de mi teléfono: compra los boletos, yo te alcanzo cuando pueda.

Me acerco tímidamente a la taquilla y pido dos boletos con voz apenas audible, después de todo estamos en 2018, todavía no conocemos el uso del cubrebocas obligatorio y tengo esperanza en que la persona que atiende me va a leer los labios.  Pero no, le tengo que repetir que son dos boletos y me invade la pena, porque he estado sentada media hora esperando y pienso que es notorio que solamente debería estar comprando uno. Me entrega dos boletos y sólo puedo pensar: el cine acá está carísimo.

Ya tengo los dos boletos y todavía volteo a ver a la entrada del Cinemex, porque estoy esperando a alguien y el boleto extra en mi mano me lo recuerda. ¿Debería entrar? Nunca he entrado al cine sola y estoy segura de que hay más gente adentro de la sala. Es viernes. Todo mundo viene al cine en viernes. Y todes vienen con compañía seguramente. Y si entro, se va a notar mucho que estoy entrando porque la película ya empezó y se va a notar mi no-acompañamiento. Mejor ya díganle a mi ansiedad que se calle. Si tan sólo se pudiera…

Pero veo el cartel de la película y en verdad es una película que quiero ver. Además, ya van más de veinte minutos desde la hora inicial, seguro ahorita ya terminaron los anuncios. Me agarro de valor y también de fuerza, en ambos sentidos, porque traigo una mochila gigante. Para terminarla de amolar, ya me dijeron que no hay paquetería en este Cinemex y parece que yo vengo traficando Totis o algo así. Que pena.

Un paso detrás de otro, buscar mi asiento en la oscuridad, tropezarme, por supuesto. La película ya empezó y al parecer lo que pasó en los primeros minutos era importante porque no estoy entendiendo nada. Checo constantemente el teléfono durante los primeros momentos, por si le puedo dar uso a ese segundo boleto. Pero el mensaje nunca llega y después de algunos minutos, se me olvida por completo.

Sí, se me olvida que tenía otro boleto. También se me olvida la incomodidad del cine, lo fuera de lugar que me sentía y que parecía que traía un kilo de Totis en mi mochila. De repente, estoy completamente inmersa en la película, la música, el sonido y las emociones que están emanando de mí.  Durante los ochenta minutos que le restan a la película, me olvido de todo lo demás.

Salgo anonadada, pensando en todo lo que me estaba perdiendo, ¿por qué nadie nos ha contado que ir al cine sin alguien más es una de las mejores experiencias de la vida?

Podría hablarles acerca de cómo la persona me estaba esperando afuera y cómo discutimos y lo mucho que lloré ese día. Pero prefiero contarles que la siguiente semana, saliendo de clases y acompañada por mi mochila gigante, estaba lista para entrar de nuevo al cine. No en el World Trade Center, porque allá el cine es carísimo, me siento fuera de lugar y ya no tengo a nadie a quién esperar.

Dos años después nos llegó la pandemia y tres años después me mudé sola. Ir al cine sola es una actividad de cada semana. La Cineteca, la filmoteca de la UNAM, el cinematógrafo del Chopo, Cine Tonalá, Cinemex, Cinépolis y todos los lugares de cine que seguramente me quedan por explorar. A veces pienso que es una actividad que ahora me costaría trabajo compartir con alguien más, pero no me cierro a ello.

En la Cineteca, regresó el aforo del cien por ciento, pero nos quitaron la callecita para entrar caminando felizmente como antes. Dos años nos quitaron muchas cosas. En fin, cuando autorizaron el aforo completo, pasó algo curioso. Se estrenó “C’mon C’mon” y la sala se llenó. Y fue cuando noté que a mi lado derecho había un chico que también venía solo, y a mi lado izquierdo había una persona de la tercera edad, sin compañía.

Y a pesar de que cada quién estaba en su mundo, noté que compartíamos suspiros y, de vez en cuando, también risas.

A veces me pregunto si las personas que vamos solas al cine nos llevaríamos bien si pudiésemos conocernos. Yo pienso que sí. Pienso también que podríamos hacer muchas cosas juntes, excepto quizá, ir al cine.

¡Lee a las invitadas e invitados de YucaPost!

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