En honor a las vidas desordenadas dejé de ser feminista

Yo aprendí a los 16 años lo que significaba ser etiquetada socialmente como una zorra. Pronto se lo atribuí a uno de los axiomas feministas más inmediatos y populares en el que encontré cobijo: las mujeres somos castigadas por vivir nuestra sexualidad y los hombres no. No es falso, pero me tardé en entender que sí era superficial, o por lo menos vago. Por lo menos insuficiente; había que profundizarlo y actualizarlo un poco. No era una cuestión únicamente de mujeres, era una cuestión de vidas desordenadas.

Vidas desordenadas. Quiero escribir este concepto muchas veces a lo largo de este texto, en mis post-its, en mi pared… tiene todo el sentido del mundo, (prepárese para leerlo en múltiples ocasiones). La primera vez que lo escuché estaba platicando sobre los desórdenes de mi vida, con una mujer que ha vivido la suya de formas muy desordenadas –y me ha enseñado a respetar ese vivir–, cuando me prestó el libro de Katie Roiphe que lleva por nombre, In Praise of Messy Lives. No voy a ahondar demasiado en el libro, pero el hilo conductor de los ensayos compilados es simple, aunque parezca redundante: son las vidas que se salen de la norma, del orden, de lo correcto. Estamos frente a una cuestión de moral: sea por cómo son leídas algunas personas, sea por cómo son perfiladas dependiendo de sus cuerpos, o cómo son estigmatizadas en cuanto a decisiones personales sobre cómo identificarse, relacionarse, quererse y básicamente existir, la moral judeocristiana subyace una buena parte del pensamiento contemporáneo y el feminismo no está logrando esquivarlo. Y aquí no hay neutros, si no lo estamos repensando a conciencia, lo estamos reforzando a pasos agigantados.

La moral —o tal vez mejor dicho, los pánicos morales— es aquello que no te deja ser posible. Permea y mucho, incluso en aquelles a quienes afecta con ideales de pureza y rectitud. Va con la bandera de lo correcto y funciona como un manual de cómo vivir en el nombre del orden. No creo que sea sencillo para quienes llevan vidas disidentes (sea en identidad, sea en preferencia genérica, sea en maneras de querer, sea en lo que sea) lidiar con los grupos que pregonan la idea de una “vida correcta”. Pero definitivamente es doloroso cuando viene del que se supone ser tu lugar de reivindicación, y ese para mí siempre ha sido el feminismo.

En el feminismo actual —o por lo menos en el feminismo blanco, radfem o como se le prefiera llamar— tu solicitud para entrar al club cada vez tiene más requisitos: primero hay que ser mujer (sí, me parece problemático), luego hay que ser cis, también hay que ser lesbiana y separatista, creo que hay que ser tantito racista y bastante transfóbica. Tal vez después haya que pagar una cuota de inscripción para terminar de volverlo sectario. En fin, no es por llevar agua a mi molino pero, para entrar al club de las vidas desordenadas solo hay una regla, que por cierto escuché de un amigo, Balam, cuando contaba lo que más deseaba como hombre trans: ser posibles. Cuando el feminismo se vuelve moralista, las vidas desordenadas ya no cabemos ahí; querer ser posibles significa que no queremos protección, queremos respeto. Este último es otra palabra gastada, una de las que se enseñan en la infancia como no causar una ofensa. Pero no es únicamente eso, también implica que las agendas, decisiones, deseos, afectos, saberes y preocupaciones de las demás personas sean reconocidos y escuchados.

Últimamente el feminismo se ha vuelto tan axiomático que sigue el mismo esquema de cualquier manual conservador de los cincuenta para ser, ya no una mujer respetable (en un entendimiento muy retrógrada del respeto), sino una feminista respetable. Reglas para no ser agredible, violable, susceptible a ser víctima, paradójicamente mientras se posiciona únicamente desde ahí. Si queremos tirar al patriarcado (signifique lo que signifique eso) debemos seguir ciertas reglas culturales del tipo «tus afectos deben estar únicamente con feministas como tú, no permitirás que otres entren al movimiento» y cualquiera que se salga del axioma, se cancela. ¿Qué no es exactamente eso lo que estábamos tratando de evitar? Moralizar no permite analizar críticamente, pues impide poner los temas sobre la mesa y hablarlos y problematizarlos. Tiene una fuerte potencia retórica que se basa en la simplificación, y simplificar es volver a las esencias; buenAs contra malOs. Una vida correcta, tal vez, sea aquella que no lastima a otras vidas que quieren ser posibles. Yo no creo que mi manera de vivir y de querer sea la «correcta», pero tampoco pretendo que lo sea mientras no pase por encima de les demás.

No es el quién, es el cómo. Pensar que hay quienes intrínsecamente están destinados a actuar de cierta forma no solo es universalizar la existencia, sino que impide partir de que cada quien tiene, dependiendo de su lugar en lo estructural, distintos privilegios qué gestionar y distintos lugares abyectos. Es importante pensar en quiénes somos por esa cuestión (reconocer nuestros privilegios), pero no como un presagio de cómo vamos a actuar de por vida, si es que queremos apostarle a un cambio social. Se trata del cómo porque es la pregunta que nos permite pensar en el/la/le otre, en cómo nos incide y cómo le incidimos y de qué manera nuestras formas de vivir no pisan la suya. Abandonar el pensamiento dicotómico también implica ahondar en la complejidad y ambigüedad humana, y es necesario y urgente porque reconocer los matices es reconocer los deseos. Cosa imposible para quienes hablan desde la moral intacta de las vidas ordenadas, pero, ¿qué pasa si te niegas?

Soy feminista de tiempo completo, arquitecta de formación, pintora por elección, pero de grande quiero ser escritora. Me interesan las intersecciones de todo eso; el habitar, el espacio, las desigualdades, el género, puntos suspensivos. Me gusta leerlo, escribirlo e ilustrarlo/pintarlo. Mamá de tres (animalitos), me gustan los mapas y el chocomilk. Ella/Her.

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