Emilia Sauri y correr hacia el deseo

Tantas dudas sobre los afectos, los deseos y los amores nos acompañan y persiguen en un momento como este. Tan solo ayer me encontraba en un club de lectura que comparto con amigas, reunidas en torno a un libro que propone explicaciones sociológicas sobre las relaciones sexoafectivas de estos tiempos. Y hablábamos de la monogamia, de reconocernos, de los mandatos feministas, del oxímoron de reglas para la libertad, del consentimiento, de las etiquetas, del poder. Del deseo. Creo que muches coincidimos en que —aunque sin duda hay que hablarlo mucho— es complicado.

Cuando todo se vuelve confuso, un gran cobijo puede ser la literatura por todo el camino libre que deja para que la imaginación corra contenta. Para pensarnos desde otras posibilidades, incluso las que no hemos imaginado —sobre todo las que no hemos imaginado. Para saber que, en algún lugar del mundo, alguien sueña con mundos parecidos a esos que a veces nos parecen inalcanzables; y la soledad se acompaña. La autora de este libro dice que escribir es un oficio que enmienda casi cualquier mal, y yo diría que leerla también. Así que, una brújula que nunca falla, que tal vez muches conocemos, pero a la que siempre me gusta volver para dejarme llevar a donde ella quiera es Emilia Sauri.

Emilia Sauri es la protagonista de la novela Mal de Amores (1996) de Ángeles Mastretta, ambientada en Puebla a principios del siglo XX; un escenario en tiempos de revolución. No es la primera vez que intento escribir sobre les personajes tan peculiares de este libro, pero no es tarea fácil. Lo primero, y por mucho tiempo lo único que me venía a la mente es que Emilia Sauri es un huracán. La primera vez que leí este libro estaba en la preparatoria y Emilia no se parecía a nadie que conociera. Me caché buscándola en mis amigas, en los libros, en las películas, en mis artistas favoritas; no había nadie. Pero no me malentiendan. En mi contexto inmediato había, sin duda, mujeres que rompían moldes y estereotipos, mujeres fuera de la norma. En los productos culturales que consumía había personajes femeninos desafiantes y valientes. Muchas de las actuales mujeres jóvenes crecimos con alguno que otro modelo de feminidad alternativa, (ojo, uno que otro). Pero había algo en Emilia Sauri que la volvía un huracán único, incomprensible, fascinante, completamente atípica: deseaba y quería sin culpa.

El deseo de Emilia rompe con toda dimensión moral y conservadora de su época; el mandato femenino, el deber ser, lo correcto, la decencia, el decoro, la rigidez, lo propio de las mujeres. Y ella está en contacto con ese deseo todo el tiempo. Lo escucha, lo sigue y a veces parece no darse cuenta de lo disruptivo que es. Desde que era niña, las decisiones sobre su vida personal eran suyas y sólo suyas; a veces repentinas, a veces contradictorias, pero suyas. Y muy importante, respetadas por quienes la rodean. Ama con arrojo a Daniel Cuenca, aventurero que la adora y que no sabe lo que quiere. También ama con arrojo a Antonio Zavalza, un amor sereno. El hecho de que Emilia pueda vivir su sexualidad, sus afectos y su vida como sólo ella decide, también tiene todo que ver con las personas con las que crece. En su crianza hay tres personajes que definitivamente inciden en que Emilia Sauri pueda reconocer a la vida como llena de posibilidades. Son tres pilares de cariño sin juicios, de aprendizajes, redes y cuidados compartidos, de complicidad.

Su madre, Josefa Veytia, de quien heredó el carácter, la fuerza y la entereza. Su padre, el boticario Diego Sauri, de quien heredó la profesión y la entrega para curar heridas y males de todo tipo. Su tía, Milagros Veytia, una activista de quien heredó la convicción política y un conjuro. Conjuro que Milagros le regala cuando nace y durante el resto del libro (y el resto de su vida) encarna a la perfección. Quiero rescatar esa parte del libro. «Niña, yo te deseo la locura, el valor, los anhelos, la impaciencia. Te deseo la fortuna de los amores y el delirio de la soledad. Te deseo el gusto por los cometas, por el agua y por los hombres. Te deseo la inteligencia y el ingenio. Te deseo una mirada curiosa, una nariz con memoria, una boca que sonría y maldiga con precisión divina, unas piernas que no envejezcan, un llanto que te devuelva la entereza. Te deseo el sentido del tiempo que tienen las estrellas, el temple de las hormigas, la duda de los templos. Te deseo la fe en los augurios, en la voz de los muertos, en la boca de los aventureros, en la paz de los hombres que olvidan su destino, en la fuerza de tus recuerdos y en el futuro como la promesa donde cabe todo lo que aún no te sucede». Es maravilloso.

La magia de la literatura está en la posibilidad. Ángeles Mastretta hace un trabajo bellísimo en la creación de este mundo y de esta mujer llena de ambigüedades y pasiones. Emilia Sauri, una mujer hecha de palabras, se encarna en cada persona que reivindica la posibilidad de narrarse a sí misma, en muchas narrativas, una, dos, mil veces y todos los días. Es importantísima porque no se lo propone. No está interesada en encarnar una reivindicación o en ser una heroína. Cuando regreso a Emilia Sauri recuerdo que, a veces, la valentía más grande está en las decisiones cotidianas y que hay rebeldía en el cariño y en las contradicciones. Este es un libro sobre devorar la vida, que con todo y todo es maravillosa. Es, al mismo tiempo, un libro sobre el pasado y también una promesa donde cabe todo lo que aún no sucede.

Soy feminista de tiempo completo, arquitecta de formación, pintora por elección, pero de grande quiero ser escritora. Me interesan las intersecciones de todo eso; el habitar, el espacio, las desigualdades, el género, puntos suspensivos. Me gusta leerlo, escribirlo e ilustrarlo/pintarlo. Mamá de tres (animalitos), me gustan los mapas y el chocomilk. Ella/Her.

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