El trabajo en los espacios íntimos: Kim Ji-young nacida en 1982

No sé cuantas veces me he autoengañado diciendo que voy a armar un círculo de lectura y al final me gana mi pereza y mi ansiedad social. En fin, la idea de iniciar un círculo de lectura vino a mi justo después de leer la obra magistral de la socióloga surcoreana Cho Nam-joo, Kim Ji-young nacida en 1982.

Hablar de Corea del Sur en 2020 es de manera reduccionista hablar del éxito de taquilla Parasite, hablar del fenómeno cultural del k-pop, las luces neones, BTS y el skincare. Y no es incorrecto suponer esto, al contrario, cada una de estas vertientes —que podemos observar a partir del soft-power surcoreano— tiene su respectivo grado de interés.

Sin embargo, la proyección del mercado de productos culturales en Corea del Sur nos ha incitado a romantizar la cultura coreana. En parte por estar tan alejados geográfica y culturalmente, pero el idioma mundial en el que podemos entendernos es siempre bajo el idioma de la opresión patriarcal.

Kim Ji-young nacida en 1982 empieza con una mujer en sus veintes tardíos y treintas tempranos que, en un brote psicótico y simbólico, habla con las voces de otras mujeres. De su propia madre, que la extraña y con quien ya no pasará las fiestas tradicionales coreanas —conocidas más específicamente como Chuseok—, y de una amiga de la universidad que ese mismo año había muerto por complicaciones en el parto.

Al iniciar el libro, se podría entender a la protagonista como un personaje contextualizado en su país y su tiempo. Sin embargo, conforme avancé en la lectura, cayó sobre mí el cubetazo de agua fría. Las experiencias de opresión patriarcal son un lenguaje común que compartimos las mujeres alrededor del mundo.

Desde la infancia nos han socializado para responder ante las demandas de nuestras contrapartes masculinas, nuestros hermanos, primos, tíos, padres y abuelos. Como sumisas en la distribución de los insumos en el hogar. Al hijo y al padre siempre les tocará más comida en su plato, siempre se les dará prioridad a la hora de escoger las piezas de la carne. No sólo eso, sino que las labores del hogar históricamente han pertenecido a la figura de la mujer. La justificación que podría ofrecerse es “es que los hombres son los que llevan el sustento a la casa.”

¿Podría traer sustento si no comiera todos los días? ¿Podría traer sustento si no se lavara ropa, si no se mantuviera un espacio limpio en el que pudiese trabajar? ¿Qué importancia tiene ese sustento si no se utiliza para perpetuar la supervivencia de aquelles debajo de un mismo techo?

Las madres e hijas han sido socializadas para adquirir las responsabilidades tangibles e intangibles del funcionamiento del hogar. Esta es una forma de trabajo no remunerada —de manera monetaria— a pesar de que, si no fuese por este trabajo, las sociedades no podrían funcionar. Las mujeres crían a los miembros productivos de la economía, los socializan desde el hogar para garantizar que puedan funcionar dentro de la colectividad. Garantizan su existencia, educación, sociabilidad y al mismo tiempo reproducen la misma vocación de formar y procurar en sus hijas, creando madres y esposas en potencia.

Sus responsabilidades tangibles nos parecen obvias: mantener los espacios limpios, facilitar comida, lavar la ropa. Las intangibles se limitan a los espacios íntimos, como enseñar a les hijes y hermanes menores los valores del bien y el mal, al manejo de sus emociones, a hablar y socializar durante las etapas tempranas de la vida.

 

Un padre ausente pasa desapercibido, pero una madre ausente tiene un efecto crucial en el desarrollo de un conjunto de individuos. Kim Ji-young lo retrata de una manera tan realista como desgarradora. La constante disyuntiva de las mujeres modernas entre la superación personal y el entenderse responsable del funcionamiento del hogar.

En Corea del Sur, en México y en el resto del mundo nos resienten si nos dedicamos a nuestro crecimiento individual, pues por nuestra condición de mujeres nos hacen sentir como si estuviéramos abandonando nuestra vocación divina. Cuando en realidad, este trabajo invisible —que es tan fundamental para el desarrollo de las sociedades— no debería sernos impuesto únicamente a nosotras.

El socializar desde la edad temprana la responsabilidad compartida para garantizar el funcionamiento del hogar es la única manera en la que se rompería con este ciclo.  De esta manera, dejaría de ser contra natura que nuestras madres, hijas y hermanas abandonen los espacios íntimos para apoderarse de los espacios públicos en los que nos vemos escasamente representadas.

Kim Ji-young habla desde su brote psicótico, no sólo de su historia reflejada en las mujeres de su vida, habla de su historia con las voces de todas las mujeres bajo el mismo opresor patriarcal.

Excelente lectura para todas las hermanas, madres e hijas.

Celeste, como el color. Estudio Sociología en la UNAM y me especializo en Estudios de Asia. Tengo 20 años y constantemente me hago la misma pregunta ¿Se podría hacer un análisis sociológico de esto? La respuesta, para mala fortuna de los que me leen, siempre es sí.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *