El retorno del amor moral: la pareja correcta (parte 1)

La libertad. Los intereses personales. El individualismo afectivo. El temor al compromiso. El desapego y la imposibilidad de lo íntimo. La evasión. La cultura consumista de lo inmediato y efímero impregnada en cada ámbito de nuestra existencia. Puntos suspensivos. Mucho se ha dicho al respecto de los vínculos humanos posteriores a la modernidad alta. Lo que ahora se vuelve interesante es la reacción en los últimos años ante esto. Hay un coletazo, una añoranza por encauzar el camino correcto de los afectos correctos y el correcto deseo. Las formas correctas de amar. Las parejas correctas. El retorno del amor moral.

Las personas que han dicho «yo no me voy a relacionar así» son muchas. De pronto hay una proliferación de “relaciones horizontales”, que están reemplazando las “relaciones asimétricas” porque lograron evadir las jerarquías, mediante esquemas correctos de caminar por el mundo. “Amar bonito” ahora es posible gracias a la salvación que ha traído la “responsabilidad afectiva”, (acompañadas claro de la “sororidad” y la “deconstrucción”). Hay que abrir los ojos a las “red flags” y a lo “tóxico”. En principio parece una gran idea, hasta que lo subyacente se empieza a mostrar imperativo, un nuevo y velado llamamiento al orden. Una manera actualizada de categorizar que —no sólo falla en romper— ratifica los mismos esquemas binarios y reduccionistas de toda la vida, correcto e incorrecto, pero con palabras bonitas. Estamos frente a una interpretación contemporánea del código moral victoriano: un neoconservadurismo moralista.

Recientemente leía un excelente libro, Por qué duele el amor de la socióloga Eva Illouz. En el primer capítulo analiza el universo literario de Jane Austen como panorama de las elecciones amorosas en el siglo XIX, únicamente para hacer una comparativa entre esos esquemas y la actualidad. Pues para mi sorpresa, ese código moral me pareció peligrosamente más aplicable a nuestros días que los seis capítulos siguientes (el código victoriano que Illouz describe es el que tomo como referencia para estas líneas… ojo ahí). En esta entrada sólo abordaré la configuración moral de las elecciones de pareja, es la primera de algunas reflexiones que destinaré a estos imperativos tan amados en nuestros días. Veamos si les suena…

Illouz propone que dos condiciones dan forma a la elección de pareja: la ecología (entorno social) y la arquitectura (mecanismos internos configurados por la cultura) de las elecciones. Evaluamos, consciente o inconscientemente. Si nos preguntan, diremos que lo que estamos evaluando es la manera sana de estar con alguien, una persona que encarne la congruencia con lo que consideramos correcto. Muy romantizado todo pero, ¿cuál es la estructura subyacente de esto?

1. La dimensión moral. Nuestras elecciones se articulan en códigos morales particulares de nuestra época, pero no son tan nuevos, sólo le hemos dado una interpretación woke. Para darle check a esta casilla, el escrutinio moral no es sólo individual, no es sobre sabernos una “buena” pareja para la otra persona. También evaluamos al otre, que sea congruente con nuestro proyecto moral individual, que logre la capacidad de representar los valores que queremos. No amamos el vínculo, amamos poder encarnar el imperativo moral de estas “maneras diferentes de acompañarnos”; es una fuente de valoración propia. Habría que pensar también sobre cómo la moral cristiana nos hace sospechar de nuestros anhelos, afectos y deseos inmediatos, los no consultados, los que se le escapan al plan, que muchas veces se terminan sublimando. Privilegiamos los sentimientos que no implican una ruptura en nuestra existencia, pero probablemente tiene más que ver con la sospecha a la sorpresa que con la emoción en sí (¿herida narcisista dónde?). Probablemente deberíamos sospechar más de lo que establecemos a priori como correcto que de nuestros deseos inmediatos.

2. La dimensión pública. Encarnar estos imperativos no es sólo para satisfacer al «yo». O más bien, el «yo» se satisface cuando se logra exhibir. La fachada, el qué dirán, el deber ser; sí nos importa. Aquí el lazo no es entre los integrantes de la relación, es entre la persona y lo público. Muchas personas intervienen en esta segunda evaluación y juicio porque no dejamos de ser humanos inmersos en normas del grupo. El compromiso no es con mi pareja, es con les demás. «Evaluar la adecuación social de una potencial pareja es un acto que no pertenece al fuero interno de cada persona sino al fuero público» (Illouz, 2012). Los criterios de selección son conocidos, compartidos y previamente establecidos.

3. El carácter performativo. De lo público se desprende el performance (las redes sociales, por ejemplo), la manera en que se da cuenta del compromiso con lo público para que se puedan realizar las evaluaciones. El propósito de las evaluaciones públicas es la aprobación que ratifica al «yo» (por tener la capacidad de ejecutar, encarnar y ejemplificar los códigos morales). No el vínculo interior sino cómo se muestra ese vínculo al exterior y cómo exhibe los valores de una comunidad, tradicional o emergente. Buscamos demostrar que se encarna un universo de los valores aceptados por medio de modelos de expresiones que no son espontáneas, son ensayadas (y ritualizadas a manera de normas de conducta).

3. Personas simétricas. Lo que en el siglo XIX se llamaba compatibilidad social hoy lo adornamos como relaciones simétricas y horizontales, pero es una aceptación contemporánea del estatus social. Nos importa más lo que encarna la otra persona, de acuerdo con su posición en el sistema, que los sentimientos en sí. Estas reivindicaciones (que vienen mucho del feminismo) sobre relacionarte con quien tenga una posición semejante a la tuya en el sistema social son un intento por mitigar las relaciones de poder. Pero ¿en serio no nos damos cuenta de lo fundadas que están en criterios racistas, clasistas y cisheterosexistas? Sin mencionar el esencialismo que hay en pensar que sólo se puede disolver el poder dirigiendo tus afectos a quien tiene un lugar horizontal al propio. O la ingenuidad en creer posible dirigir los afectos. O que de lograrse dirigir ya no habrá poder, como si fuese eso más importante que las maneras de relacionarnos. Los criterios establecidos a priori como la socialización, las carreras, las identidades, las edades, los trabajos, no mitigan el poder: lo ratifican.

4. La reputación. ¿Qué? ¿Acaso creíamos que la reputación, el honor o el decoro son cosa del pasado? Están más presentes que nunca porque vienen disfrazados con el manto woke. Por ejemplo, en respuesta contra lo efímero ahora privilegiamos la capacidad de mantener un vínculo, sea en relaciones abiertas o cerradas, porque «en lo más profundo de este fenómeno se esconde un supuesto sobre la capacidad del yo para exhibir continuidad temporal» (Illouz, 2012). Nos interesa lo que demuestra la fortaleza de carácter o, lo que ahora se conoce como estabilidad emocional. Esta estabilidad se relaciona mucho con poder asegurar que en el futuro se presentará lo que se es hoy, la constancia es mantener lo que uno fue en el pasado. El carácter es evaluado en reflejar las conductas sociales, el amor es un medio para el proyecto moral del yo». Los roles son las maneras de congeniar el afecto y el deber ser. ¿Qué tanto los vínculos ofrecen a cada uno expresar la autenticidad emocional, sexual o afectiva y qué tanto permiten desempeñar un rol con éxito?

Ya seguiremos pensando en asuntos como el neodecoro feminista, la culpa, el mito capacitista de lo sano y el amor propio, la muerte de la libertad sexual, las nuevas abstinencias, el deseo sexual correcto, la infantilización de las mujeres. En fin, continuará…

Soy feminista de tiempo completo, arquitecta de formación, pintora por elección, pero de grande quiero ser escritora. Me interesan las intersecciones de todo eso; el habitar, el espacio, las desigualdades, el género, puntos suspensivos. Me gusta leerlo, escribirlo e ilustrarlo/pintarlo. Mamá de tres (animalitos), me gustan los mapas y el chocomilk. Ella/Her.

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