El progreso en la evolución: a veces ser un Charmander está bien

Hace unas semanas escribí un texto acerca de uno de los tres puntos más fundamentales de la teoría de la evolución. Ahí también prometí regresar a hablar un poco más acerca de otros dos pilares. En este texto hablaré un poco sobre el segundo punto que establece que la evolución no es sinónimo de progreso y como creo que, nuevamente, Darwin chocó contra uno de los ideales más enraizados que existen en la cultura del siglo XXI.

Empecemos por el hecho de hablar de la palabra «evolución». Si bien es cierto que hoy día todos conocemos dicha palabra y su connotación biológica, también es cierto que Darwin nunca usó dicha palabra en toda la extensión de su obra. En realidad, «evolución» es exactamente la última de las palabras en El Origen de las Especies:

There is grandeur in this view of life, with its several powers, having been originally breathed into a few forms or into one; and that, whilst this planet has gone cycling on according to the fixed law of gravity, from so simple a beginning endless forms most beautiful and most wonderful have been, and are being evolved.

Y es que la palabra evolución tiene una connotación popular muy clara: el progreso.  El uso de la palabra «evolución» para explicar la descendencia con modificación de Darwin no fue derivado de un significado técnico previo, sino, más bien, expropiada de la lengua vernácula. El Diccionario Oxford de Inglés, a pesar de hacer un mejor trabajo en su versión más moderna, aún define a la evolución como el desarrollo de algo desde sus formas más simples hasta sus formas más complejas, más refinadas, más avanzadas (Véase ‘evolución’ II3a, III7a, III6a, III5a, y crédito a la RAE, hace un mejor trabajo en español). Por lo tanto, la evolución, en el lenguaje popular, siempre ha estado estrictamente asociada a un concepto de progreso.

Es muy fácil entenderlo para les persones que jugamos Pókemon. Charmander evoluciona a Charizard, un Pókemon más fuerte, más grande, más capaz. Una estructura evolutiva lineal y jerárquica, en donde claramente tener un Charizard era mucho mejor que tener un Charmander. Y es que Darwin evitó usar la palabra evolución justamente por esta misma razón: siempre rechazó explícitamente asociar la idea común de lo que hoy conocemos como evolución con cualquier noción de progreso. Pero, ¿por qué no deberíamos pensar en progreso cuando hablamos de evolución?

Retomemos los conceptos básicos de la evolución que hablamos el texto pasado. Si todes les seres vivos se originaron de un ancestro en común, entonces todas las especies tienen el mismo tiempo evolucionando, ¿cierto? Es decir, si el último ancestro común de todes les seres vivos empezó a existir hace 3,700 millones de años, entonces tanto las amibas actuales como les Homo sapiens tenemos el mismo tiempo evolucionando en esta Tierra–3,700 millones de años. Es decir, la amiba, a pesar de lo simple y rudimentaria que parece, está tan bien adaptada a su ambiente como lo estamos nosotres, les Homo sapiens. Justamente definir el progreso o el éxito está dado con respecto al lugar que ocupamos en el tiempo y espacio. Si les humanes son el pináculo de la evolución, ¿entonces por qué las ballenas son mejores para respirar bajo el agua? No quiero sonar obvio, pero me parece que cualquier delfín es mejor que nosotres para nadar. Todo depende de la regla con la que se mida o los parámetros con los que se juzgue.

En este sentido, es importante recalcar como todes les seres vivos que existen actualmente están igualmente evolucionados. Desde un helecho, hasta una bacteria, un hongo, un pulpo o un chimpancé, absolutamente todes les seres vivos han sido refinades para existir en los ambientes que hoy día habitan. Es por eso que no podemos hablar de «animales superiores» o «animales inferiores», como comúnmente solemos escuchar. No hay mejores o peores, sino organismos adaptados a sus contextos particulares. Si bien hemos escuchado que la teoría supone la supervivencia del más apto, esto no significa que hay especies más aptas que otras, sino que individues de una misma especie que tuvieron un cambio orgánico que les confirió una ventaja adaptativa y que fueron seleccionados en un contexto particular (véase el ejemplo de las polillas en el texto pasado) fueron más aptes (i.e. las polillas negras). Irónicamente, Darwin defendió prácticamente por sí solo el hecho de que la variabilidad orgánica solamente llevaba a una creciente adaptación entre organismos y SU propio contexto ecológico, y no a una idea abstracta de progreso definida por la complejidad estructural o evidente heterogeneidad.

Y es que entender el proceso evolutivo como progreso hacia formas más complejas es también idiosincrático. Esta herencia positivista que no hemos dejado de cargar desde el siglo XIX nos presenta factura hasta hoy día; el orden y progreso. Es entendible que en los tronos optimistas de la Gran Bretaña imperialista el cambio haya sido entendido como progreso, pero esa analogía se extendió hacia el cambio orgánico. La selección natural es una teoría de adaptación local a ambiente cambiantes; no propone principios de perfeccionamiento ni garantiza la mejora general. El típico esquema de evolución que vemos hasta en los libros de texto profundiza estas ideas progresistas. Si la evolución parte de un ancestro en común y no es progresiva, ¿por qué demonios se sigue caricaturizando el proceso evolutivo como un pez que salió del agua y secuencialmente comenzó a caminar erguido?

Tomado de (c) M. F. Bronnan 2012.

Esta misma idea de evolución como progreso y de Homo sapiens como la obra culminante de la naturaleza ha favorecido la creación de los perjuicios antropocéntricos más terribles. Esta conceptualización de la evolución ha justificado la jerarquización de grupos humanos y culturas de acuerdo a un nivel asumido de evolución, sin ser de sorprender, de esta forma, que el europeo blanco es concebido como la cumbre mientras que les colonizades estarán en la base. Hoy día, esta noción de evolución = progreso, permanece como un componente principal de nuestra arrogancia global, nuestra veneración al dominio por encima del compañerismo con más de un millón de otras especies que habitan el planeta. En palabras de Stephen Jay Gould, «soy un fiel defensor del argumento general de que la “verdad” como es predicada por los científicos, suele resultar ser no más que prejuicios inspirados por las creencias sociales y políticas predominantes».

También hay que poner en perspectiva la implacable lucha del ser humano de encontrar su cualidad única. En 1861, una batalla académica entre Thomas Henry Huxley y Richard Owen se suscitó con respecto al hipocampo en el cerebro. Owen buscaba establecer la unicidad de la especie humana mediante la comprobación de que el hipocampo, una estructura cerebral, está presente en les humanes, pero no en los gorilas ni en los chimpancés. Huxley estaba convencido de lo contrario. Hoy en día (y parte del artículo académico del que les hablé en el primer texto) sabemos que el hipocampo es una de las estructuras cerebrales mejor conservadas en los vertebrados. Solemos pensar y nos recordamos todo el tiempo que nosotres somos la especie con el cerebro más avanzado (¿avanzando hacia donde, o qué?). Pero nuevamente, todo depende del cristal con el que se mira.

Hay que recordar que los cerebros grandes tienen sus usos en los ambientes locales en donde se desarrollan; no marcan tendencias intrínsecas hacia «estadios avanzados». El gran debate del hipocampo demuestra nuestra renuencia a aceptar la continuidad entre nosotres y la naturaleza, nuestra búsqueda implacable por encontrar un criterio para demostrar nuestra unicidad. Mas aún, hoy día sabemos con precisión que compartimos el 99% del material genético con un chimpancé, pero estamos tan fuertemente atados a nuestras herencias religiosas y filosóficas que aún seguimos buscando criterios que nos hagan únicos y diferentes. ¿Y qué pasaría si admitiéramos nuestra continuidad con la naturaleza? Solamente perderíamos un anticuado concepto de alma para ganar una visión humilde de nuestra unidad con la naturaleza. Y es que, nuevamente, los conceptos que la teoría de la evolución vino a poner en tela de juicio nos atraviesan en lo social. Todes tenemos que tener un propósito en la vida, una meta, un objetivo. Y esas metas siempre tiene llevarnos a un punto más complejo que el anterior, más difícil, más heterogéneo y más refinado. Cada vez tenemos que optar por tener más dinero, tener un trabajo más complejo que pague mejor, siempre optar por tener un mejor modelo de coche, una casa más grande o simplemente un mejor celular; tenemos que ser únicos, tenemos que posicionarnos sobre alguien, establecer jerarquías y estructuras de poder. Daniella Gurria ya ha escrito en el Yucapost acerca de ello en varias ocasiones, y es que es cierto: toda la vida perseguimos el progreso–whatever that means. A veces querer ser un Charmander está bien y es suficiente. Disfrutémoslo.

Él/He/Him. ¡Hola! Tengo 27 años y soy biólogo. Actualmente estudio un doctorado en neurodesarrollo pero me gusta salir del sofocante ambiente académico para platicar de ciencia para todes. Creo fielmente que les científicos nos debemos a la sociedad y este es mi humilde intento de divulgación científica.

Me interesan temas como la evolución, el desarrollo, la biología celular y la biología molecular, pero me interesa aún mas deconstruir las ideas deterministas herencias del positivismo científico.

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