El paralizante dolor de mirar las ruinas de algo bello

A quien lo necesite.

Todo fluye como un río, decía Heráclito; todo se transforma, reitera Drexler. En este eterno devenir, de vez en cuando, echamos raíces, y crecen ramas de piedra, sólidas y graves ramas, extendiéndose como enredaderas, aferrando un espacio y un tiempo que nos parece materia esencial, pero que no lo es.  Nos amarramos con infantil determinación, con juvenil pasión, a una imagen de apariencia tangible. La imagen existe solo en la mente. Schopenhauer lo entendió y no pudo superarlo; Borges se divirtió con la idea. Confieso que quisiera pertenecer al linaje filosófico del argentino, tan serenamente conforme con la vida como abstracción, como idea, como cuento, a sabiendas de que no existe una sola cosa que prevalezca por encima de aquella otra que intuimos como nada o como eterno, como todo o destrucción.

Hasta la fecha no nos ponemos de acuerdo sobre la sustancia que les compone y es por ello, quizá, que no podemos vencerle: es aquello que no tiene nombre y deambula entre las comisuras de los versos. “La poesía”, sentenciaba Octavio Paz, “sueña lo que olvido”, y en similar sentido tenemos que “la música es el silencio entre las notas” (frase que ha sido atribuida a distintos célebres músicos). Las ruinas, los espacios vacíos, los recuerdos: todos ellos contienen algo más allá de imágenes, palabras y formas. Lo sabría Lucio Fontana, quien pintó “cortes”, pequeños huecos, como protagonistas de sus cuadros.

Civilizaciones enteras, amantes devotos, la más vivaz de las infancias, todo perece, al mismo tiempo que permanece inasible, en su cruel contradicción, como recuerdo o sueño. Y aquí planteo una bifurcación de posibilidades: o la existencia se suprime, esto es, corta la línea del tiempo, truncando todo futuro; o, por el contrario, se multiplica en sus caminos no recorridos, en un amplio catálogo de escenarios permutados. Ese beso que no llegó, ¿acaso reverbera en sí mismo otorgándole, de ese modo, no una sino exponenciales existencias? Lo que no fue, se reafirma con insistencia.

“Árbol de madera marrón” Foto de Stephanie Borkowski en Pexels

Reconstruir las ruinas de la antigua Grecia, por ejemplo, nos habla no de una afición por volver al pasado, sino por anclarlo. Consideremos que probablemente las hemos reconstruido como quisiéramos recordarlas, al igual que tantas otras cosas. Y hablando de los antiguos griegos y de las ausencias, qué curioso resulta que el color azul no aparezca en las obras de Homero, cuando nos parece lo más distintivo del paisaje griego. En ese caso, como en tantos, la ausencia reitera la presencia. No tenían la necesidad de nombrar al azul, pues vivían dentro del azul.

En las ruinas –que bien pueden ser inmateriales recuerdos, o pequeños objetos totémicos, como el cepillo de dientes que dejó tu ex en tu ahora solitaria casa–, habitan a la vez pasado y presente. El segundo, se manifiesta en la interpretación que siempre es “al momento” y puede implicar la (re)construcción de historias. Es así como nace la cualidad de bello, en el modo más caprichoso posible.

Tenían razón los supersticiosos al creer que las fotografías nos roban pedazos de alma, pues basta retratar o materializar algo para destruirlo; nombrar elimina la posibilidad de fluir hacia otras existencias. No contaban con el más peculiar de nuestros hábitos: el cambio. Así es que el espíritu acumula nuevos saberes, propicia nuevas reacciones químicas, una vez que, claro, supera la parálisis y decide moverse.

Mexicana. Licenciada en Derecho, Máster en Literatura y sommelier. Mamá
feminista. Filosofo y escribo desde Florencia, Italia.

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