El otro lado del verde

Por: Sara M Cabello (@sara_mcabello)

Cuando pensamos en el Día Internacional de la Mujer, mejor conocido como el #8M, nuestra cabeza piensa en inmediato en dos colores: el verde y el morado. Los pensamos como dos complementos, un pañuelo en mano y el otro en el cuello. Una consigna gritando “Ni una más, ni una más. Ni una asesinada más” mientras que a unos metros atrás de los contingentes se escucha fuerte y claro un “Saquen sus rosarios de nuestros ovarios”.

Dos movimientos se unen en uno e inundan las calles – o este año las redes – como si existieran solo dos demandas: nos queremos vivas, y nos queremos autónomas. Y vaya, no pretendo decir que no nos queramos así, pero últimamente he sido escéptica para pensar que únicamente existan esas dos luchas.

Las mujeres mexicanas somos tan diversas, que me parece inverosímil pensar que todas queremos exactamente lo mismo. Por ponerlo de algún modo, les puedo asegurar que hoy mi vida se parece más a la de una chica de clase media en Suecia que a la de una mujer rarámuri. Para no irme tan lejos, yo, que habito en el centro de la Ciudad de México, no tengo para nada las mismas preocupaciones que una mujer de mi misma edad viviendo en Iztapalapa. Y bueno, si somos tan diversas ¿qué nos hace pensar que nuestras demandas pueden reducirse solo a dos? ¿Por qué solo hablar del aborto cuando – seamos honestas – muchas mujeres nunca estarán preocupadas por abortar?

Con estas preguntas no pretendo restar importancia a la lucha por la despenalización del aborto. Jamás. Pero creo firmemente que tenemos que ir más allá. Es hora de que pasemos de una lucha homogénea que busca la despenalización a una lucha integral que apueste por la garantía de que todas podamos ejercer nuestro derecho a decidir por nuestros cuerpos.  Esto implica, por supuesto, ver las dos caras de la moneda: tenemos que luchar tanto para que aquellas que buscan abortar lo puedan hacer de forma segura, gratuita y sin ser criminalizadas, como para asegurarnos de que aquellas que decidan ser madres, puedan ejercer su maternidad sin violencia, sin estigma y de manera libre.

El otro lado del verde, el que no se escucha en las consignas ni el 8M, ni el 25N ni el 28S es ese que busca, por ejemplo, acabar desde ya con la violencia obstétrica o la esterilización forzada. Tal vez aun no tengamos consignas tan llamativas para protestar en contra de que alguien más decida quiénes ya no pueden ni deben ser madres, pero lo mínimo que podríamos hacer es empezar a hablar del tema y conceptualizarlo como una demanda que no puede separarse del derecho a decidir. El verde tiene que ir más allá para garantizar maternidades deseadas y seguras si lo que pretendemos es incluir a todas las mujeres.

Creo que el primer paso es entender qué es la esterilización forzada y a quienes afecta principalmente. Esta práctica consiste en la imposición de un método anticonceptivo definitivo sin considerar la voluntad de la persona y puede darse para ambos sexos, pero afecta principalmente a las personas con sistema reproductor femenino. No solo eso, la esterilización forzada se da principalmente hacia mujeres de bajos recursos y racializadas. Esto se debe a que, en nuestra sociedad, e incluso dentro del movimiento feminista, prevalecen ideas racistas y clasistas que defienden que quienes no tienen los recursos para darle a sus hijxs una vida “digna”, no deberían de tenerlos.

No voy a discutir aquí los sesgos racistas que tienen estas concepciones de lo que es una “vida digna”. Eso lo dejaré para otra ocasión. Sin embargo, sí quiero hacer una afirmación contundente: no hablar de la esterilización forzada cuando hablamos del derecho a decidir es dejar fuera a miles de mujeres en situaciones vulnerables.

Y bueno, ¿cómo empezamos a hablar del tema? Lo primero es no conformarnos con información incompleta. Lo segundo acabar con esta falsa idea de pensar que, porque una práctica está penalizada, se dejará de realizar. Este es precisamente el caso de la esterilización forzada y la violencia obstétrica.  A pesar de que la Norma Oficial Mexicana 005-SSA2-1993 prohíbe la esterilización forzada al exigir que exista consentimiento, hay un vacío legal que permite que se sigan realizando estas prácticas. Esto se debe a que, en muchas ocasiones, se consigue el consentimiento de las mujeres de manera forzada. Es decir, a través de engaños violencia psicológica o condicionando la atención médica en casos de emergencia.

Y segundo, qué hacer. Nos queda empezar a darle la misma visibilidad que le hemos dado al aborto en los últimos años. Nos toca empezar a cuestionar, también, si con nuestros discursos proaborto no estamos inclinando a que se realicen esterilizaciones forzadas, como aquellos discursos que piden que las mujeres de bajos recursos o indígenas no pueden o no deberían de tener hijos. Si queremos un derecho a decidir, tenemos que defender precisamente el derecho de todas. Si este 8M pedimos ser autónomas y libres, veamos al otro lado del verde, donde poco hemos explorado.

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