El olvido de la comunidad estudiantil

Hace un par de fines de semana, me encontraba dirigiéndome a mi casa tras una capacitación cuando comencé a llorar, este llanto era provocado por el estrés y malestar de una situación que se dio en la misma capacitación.

En realidad, no lloraba por eso, o bueno, no sólo por eso, dicha situación fue el punto de quiebre, pero realmente eran muchas cosas acumuladas.

Podría parecer una situación exagerada, pero no es una situación aislada. Muchos y muchas jóvenes universitarias han vivido situaciones en las que el nivel de estrés y cansancio tiene un impacto negativo en su calidad de vida (pérdida o aumento de peso, pérdida de cabello, acné, migraña, etc.)

Este 23 de octubre entró en vigor la Norma Oficial Mexicana 035 (NOM 035), mejor conocida como “Ley anti-estrés”, la cual busca cuidar la salud mental de las personas que laboran, protegiéndolas estrés laboral, así como de factores de riesgo psicosociales, estableciendo una serie de obligaciones para las y los patrones.

Si bien esto parece un avance importante en relación con la protección a la salud mental de las personas trabajadoras, este artículo mira a otro grupo que no es abarcado por esta nueva norma: las y los jóvenes universitarios.

Las personas que nos encontramos cursando una carrera universitaria nos enfrentamos a diferentes fuentes de estrés, no solamente el estrés académico que se genera en la búsqueda de cumplir con todos los requerimientos que la universidad exige, además, en muchos casos, entra el estrés laboral, ya sea por trabajo, servicio social o prácticas profesionales.

De acuerdo con un informe publicado por el Centro para la Salud Mental de Reino Unido (Center for Mental Health), el acceso a la universidad implica varios períodos de transición que pueden causar angustia y afectar la salud mental y bienestar de los y las jóvenes. En específico, esta angustia se relaciona con el estrés (65% de las y los estudiantes), la ansiedad, la soledad y la sensación de incapacidad para hacer frente a las demandas (43%), la depresión y la nostalgia (33%) y pensamientos suicidas (8%).

Si bien este panorama es preocupante, lo es aún más que estos índices van aumentando con cada grado avanzado en la universidad.

La educación, y en especial la educación universitaria, en la gran mayoría de los casos es diseñada desde el modelo capitalista, en el cual lo más importante no es nuestra salud mental como estudiantes o personas; es cuanto rendimos, quién trabaja más, quién saca la nota más alta, quién va a producir más al sistema.

Mismo modelo que repercute incluso en la forma en la que nos relacionamos con nosotros y nosotras mismas. Nos induce a exigirnos más sin considerar nuestras necesidades básicas como personas, incluso desdibujándonos como personas.

Acceder a la educación universitaria es un privilegio, ya que muchas otras personas no pueden acceder a la misma, pero este privilegio se traduce en que nuestro valor como productores aumenta para el mercado; y al mismo tiempo, el alto número de profesionales egresados y egresadas nos pinta un panorama en la que la auto explotación no sólo es ideal, sino necesaria para nuestra sobrevivencia.

Este panorama aumenta la presión en la persona universitaria y perjudica en la salud mental e incluso en la misma productividad. La salud mental es sumamente importante, no sólo para nuestro desarrollo como personas, sino como sociedad.

Los y las jóvenes universitarias somos un sector que se ha dejado de lado cuando hablamos de estrés, porque se ha concebido que es normal e incluso admirable las noches sin dormir, el alto consumo de cafeína, ya que todo ese esfuerzo servirá “para nuestro futuro”.

Futuro que muy probablemente tenga personas trabajadoras con un mayor nivel de estrés, de ansiedad y depresión, esto, como consecuencia normalización de la explotación estudiantil, y la falta de acceso a servicios de atención a nuestra salud mental.

 

Estudiante de décimo semestre en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Yucatán. Miembro del Colectivo Más Derechos Humanos y de Amnistía Internacional Yucatán.

Escribo de temas de interés social con perspectiva de derechos humanos.

"Cada quien necesita viajar a su propio tiempo por su propia distancia".

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