El llamado de la CDMX

Nos han llamado de muchas formas: foránes, de provincia, hasta nos incluyen al debate de si los chilangos somos nosotres o elles. Somos las personas que jamás olvidaremos el momento en el que tomamos la decisión de irnos de nuestras comunidades, del hogar que nos vio crecer. Fueron diversos elementos que nos llevaron a salir, a explorar y a vivir nuevas experiencias. No se olvida el instante en el que vimos a nuestra familia alejarse entre kilómetros, el hueco sospechoso que se nos hizo en el estómago y la sensación extraña en la garganta: una combinación de miedo, entusiasmo e inquietud.

Nos dirigimos a la Ciudad de México; puede que la hayamos visitado algunas veces, por trámites o a buscar con anticipación donde viviríamos, pero se siente como si fuera la primera vez que la vemos. Somos entes desconocidos para la ciudad y ella lo es para nosotres. Tenemos emoción por explorarla, pero a la vez miedo, mucho miedo. Recuerdo que en mi primer día, yo solamente salí a la tienda de la esquina a buscar ingredientes para preparar algo de comer, junto con las tlayudas oaxaqueñas que me había empacado.

El miedo por salir a la urbe era generado por la sensación de percibir a la CDMX como un caos, algo que no teníamos costumbre de percibir, así vivamos en las ciudades más grandes de nuestro Estado, no se compara con lo que es dicho lugar. Todo tan de prisa, todo ese ruido, toda esa basura en las calles, toda esa indiferencia. Te empujan en el metro, los policías te generan desconfianza, las personas no te miran. Quieres ser parte de esta gran ciudad cosmopolita, pero sientes que no perteneces a ella.

Nicolas de Crécy.

Somos les de afuera y es cierto, no estamos acostumbrades a muchas cosas, en especial a la comida. Sin embargo, cuando llegamos a la CDMX, somos personas con el deseo de aprender de esta ciudad y su cultura: descubrir las miles de actividades que se pueden hacer, visitar sus museos, lugares emblemáticos y contemplar sus rascacielos. Poco a poco le agarramos el ritmo, nos anticipamos a los tiempos de traslados y tenemos cautela con los lugares a donde vamos. Nos aprendemos las rutas del transporte público y sus horarios, que, bueno… siempre se retrasan. Nos recomiendan lugares para comer, para pasear, para aprender de la gran ciudad.

Hemos vivido experiencias agradables y unas no tanto. A mí, por ejemplo, me han asaltado tres veces y una vez vi cómo alguien caía a las vías del metro por accidente. Llegamos a tener un sentimiento de añoranza muy fuerte; queremos escapar, pero también nos da miedo regresar a casa como si se tratara de una derrota, teniendo que admitir que la gran ciudad pudo más. Como consecuencia de ello nos esforzamos en seguir adelante: por nuestra familia, por nuestros sueños, por nuestro ser. Buscamos a personas en las que podamos confiar y claro, algunas veces no resulta bien, nos dañan o se aprovechan de nuestra necesidad de una amistad; pero eso nos hace crecer. También aprendemos a vivir en soledad, a conocer nuestros gustos, a moldear nuestra personalidad.

Maduramos, en el sentido de aprender a valernos por nosotres mismes. No habrá nadie que vaya a traernos en auto a la fiesta; tenemos que aprender a cocinar más de lo que ya sabíamos, y para quienes no hacían nada en casa, ha llegado el momento de dejar la ociosidad. Ser responsables con nuestros cuidados, con el cuidado de nuestras cosas, pero sobretodo, del cuidado de nuestro bienestar emocional.

No es nada fácil salir de casa. Algunas personas lo hacen a los 18 años para poder estudiar en una universidad de la ciudad. A esa edad nos vemos en la obligación de dar un estirón emocional muy amplio, el mismo que nos posibilitará crecer en otros aspectos como el desarrollo de una autonomía. Aprendemos a ahorrar, a planificar futuras decisiones, sobre todo adquirimos un fuerte valor por los momentos con nuestra familia y amistades cuando les visitamos, y a quienes se han ganado nuestra amistad les valoramos de forma especial, porque nos cobijan, nos acompañan y nos abrazan.

¿Y saben qué? Si me preguntaran de nuevo si deseo salir de mi Estado de origen para vivir en la CDMX, respondería que sí, porque no solo ha sido el lugar en donde he vivido por estos últimos años: también ha sido el espacio que me permitió explorar mis habilidades, hizo que aprendiera mucho más de mí. Me ayudó a consolidar una personalidad, me mostró a grandes personas, algunas de ellas se hicieron mis amigues, otres mis maestres de vida.

Claro, la CDMX tiene sus oscuridades, pero depende de nosotres encontrar la luz en las tinieblas, la calma en la tormenta y la paz en el caos. Me siento orgulloso de lo que he logrado, de hasta dónde he llegado y de cómo he proyectado mi camino hacia mejores horizontes. Celebro con todo lo bello de la vida, mis primeros 5 años en la gran ciudad. Veamos cuántos más serán.

Él/He
Joven oaxaqueño formado en Ciencias de la Educación. Aprendiendo constantemente de las diferentes realidades sociales. Disfruto viajar y vivir México a través de sus culturas, arquitectura, gastronomía y misticismo. Amante del café, los momentos entre amigos y la música.

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