El invencible verano de Liliana: un archivo del afecto

Para Fabi 

Un tour de museos. Recorrer la mayor cantidad de museos posibles de la Ciudad de México en compañía de uno de mis mejores amigos. Disfrutábamos mucho nuestra compañía y nos distinguiamos por nuestra curiosidad y ansia de conocer siempre algo nuevo, por lo que no dudamos en emprender esta travesía

Entramos al Museo Memoria y Tolerancia y decenas de cruces rosas nos recibieron a la entrada. En ese entonces, en mayo 2017, la exposición temporal del museo era sobre feminicidios.

La museografía de Memoria y Tolerancia siempre me ha parecido excelente. En esta exposición, había estantes llenos de “expedientes” con datos de las mujeres que habían sido asesinadas, proyecciones sobre las mujeres en Ciudad Juárez y muchos otros elementos que quizá ahora, cinco años después, no recuerde con claridad. 

Pero hay una imagen que no me puedo quitar de la cabeza. Una de las salas había sido adaptada para escenificar el cuarto de las víctimas de feminicidio. En la pared frente a nosotros se encontraba una foto que mostraba un post-it sobre el cual estaban escritas las metas y sueños de una mujer que ya nunca podría cumplirlos. Recuerdo que estaba escrito “entrar a la universidad”. 

A pesar de que habíamos recorrido la exposición sin hablar, en ese momento el silencio pesó en el cuarto. De repente, escuché la respiración de mi amigo. Estaba llorando. Tomé su mano y comencé a llorar también. Un año después, despierto y, como cada mañana, reviso mis redes sociales. Memes, noticias, comentarios de amigos. Pero hoy, algo es diferente. Porque al ir bajando por mi feed me encuentro con la esquela de una amiga de taekwondo. No entiendo. Veo su foto en blanco y negro. La veo sonriendo como siempre. Me acuerdo de la última vez que regresamos del entrenamiento hacia nuestras casas, porque vivíamos cerca, recuerdo el trayecto lleno de risas y ella contándome su historia sobre por qué decidió comenzar a estudiar la preparatoria de nuevo, llena de ilusiones. 

Entro a su perfil y encuentro decenas de comentarios diciendo “nos harás falta”, “te vamos a extrañar”. No puedo llorar siquiera. Entro a su perfil una y otra vez en meses, para intentar asimilar la leyenda que dice “En memoria de…” arriba de su nombre y que permanece así hasta la fecha.

De esto es de lo que no nos pueden hablar las estadísticas. Escuchamos, por años, que el número de feminicidios en México era de diez mujeres asesinadas diariamente. Actualmente, roza los once. Escuchar eso nos llena de temor, de rabia, de indignación. Pero de lo que no nos hablan de las estadísticas es de esa lista de sueños que se conservan eternamente sin cumplir. De lo que no nos hablan es de la risa de mi amiga. 

Y es sobre eso, sobre lo que escribe Cristina Rivera Garza en su último libro “El invencible verano de Liliana”. De este libro se ha dicho que rompe los canones y estándares de como se debe ver un libro o qué debe de ser. Y es que abrirlo es como abrir el baúl de Liliana.

Lo imagino lleno de fotografías con familia y amistades, con sus libros, recortes, notas que ella tomaba, su diario. Cristina menciona que comenzó a escribir este libro al abrir las cajas con las pertenencias de su hermana, treinta años después de su fallecimiento. 

Esas cajas estaban llenas de cariño, de ternura, de los actos de amor y sensibilidad con los que Liliana marcó la vida de quienes la conocieron. Esas cajas estaban llenas de alegría, de recuerdos, de nostalgia, de esperanza y de amor. Un archivo del afecto, dice Cristina. El afecto que Liliana dio al mundo y el afecto con el que se le recuerda. 

Este libro —si bien nos habla de la búsqueda de justicia, de la impunidad, de la indignación y la impotencia— versa también sobre honrar la vida, el recuerdo y la memoria de Liliana. De no dejar que Liliana sea un número más. 

Conocemos a Liliana mediante sus amigues, mediante las personas que amó y que la amaron, la conocemos por las palabras y recuerdos de su hermana Cristina, la conocemos a través de su diario, de sus notas, de las cartas que nunca envió. 

Conocemos, entonces, a Liliana alta, a Liliana soñadora, a Liliana que cuestionaba el amor romántico, a Liliana que amaba nadar, a Liliana cuya casa se volvió la casa de todes sus amigues, a Liliana que se atrevía, a Liliana que parecía no tener miedo. 

Cristina cuenta, en una entrevista, que quería que este libro tuviera la voz de Liliana y que fuera una celebración de su vida y de esa energía sin igual. Cristina también ha alzado la voz para decirnos que las historias no deben ser sobre los asesinos, sobre aquellos que nos arrebatan a las mujeres que amamos, sino sobre ellas: “verlas a ellas, conocer sus nombres, toparnos con los lugares donde vivieron, poner sus nombres ahí”. 

Martha Mega realizó una intervención pública inspirada en esta idea: 

Twitter @viboradelamar

A través de este libro, Cristina nos recuerda que las mujeres que han sido asesinadas, que han sido víctimas de feminicidio, fueron y son más que su muerte. Fueron y son más que un número en la estadística. Y hablar sobre quiénes fueron, sobre sus huellas en nuestras vidas, sobre las formas en que nos siguen acompañando, también nos hace pensar en todo lo que nos ha sido arrebatado, en el espacio que dejan en nuestra vida, en lo mucho que nos hacen falta sus risas y su luz. Nos sigue dando fuerza para gritar y exigir ¡Justicia para Liliana y justicia para todas! 

Morra de los 90’s. Psicóloga feminista en proceso de terminar su tesis de
posgrado. Escribo sobre las cosas que me mueven, las que me hacen sentir conectada con el mundo y con otras personas. Las películas que veo y los libros que leo son mis cajas de resonancia.

Habito este mundo desde la ternura, la intensidad y la alegre rebeldía. Creo que el amor entre mujeres, en cualquiera de sus formas, nos salva. Creo que nuestra rabia es digna y necesaria. A veces me peleo en Twitter.

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