El “hubiera” no existe, ni siquiera cuando hay una pandemia.

Esta es la semana número 24 desde aquel viernes trece que nos puso en cuarentena. Desde entonces han pasado tantas cosas —y, sobre todo, dejado de ocurrir tantas otras— que, sinceramente, a pesar del tiempo transcurrido, aún hay veces en las que me cuesta creer que lo que está pasando es real. Esta sensación tan extraña, por ejemplo, me inundó hace unos días cuando, en Twitter, apareció una dinámica en la que las personas compartieron sus fotos felices de enero y febrero, antes de que el primer caso positivo de Covid-19 apareciera en México. De pronto, mi feed se llenó de fotos con sonrisas grandes que mostraban los dientes, de paisajes bonitos, de personas haciéndole compañía a otras y, en general, de momentos y actividades que actualmente resultan impensables por el riesgo que implican.

Ver todas estas fotos, por una parte, me llenó de nostalgia, pues me resultó inevitable desear  poder volver en el tiempo. Y, por otra, me hizo recordar todas las veces que empezando por la frase “de haber sabido que se vendría una pandemia, hubiera…”,  he creado escenarios hipotéticos en los que tomo decisiones distintas gracias a la información que ahora, tantos meses después, tenemos.

Pensando en esto, en la misma red social, abrí la pregunta de “¿qué le dirías a tu ‘yo’ de enero del 2020?” para quien quisiera compartirme un poquito de su experiencia y, con ello, decidí hacer este texto para hablar sobre el aprendizaje que el encierro —a través de la frustración y la tristeza, pero también a través de la resiliencia, la empatía y la paciencia— ha traído.

Recibí respuestas de todo tipo. Unas que hablaban sobre las cosas que debimos haber hecho más; como besar, abrazar y disfrutar de nuestras amistades y de la familia cuando hubo la oportunidad. Otras que explicaban los planes que no debieron haberse pospuesto, como el ahorro o los viajes y trámites que ahora, más que nunca, se complican ante la situación mundial. Y muchas otras más que, a través de palabras tiernas y amables, reflejaban el enorme intento de reconocer los logros alcanzados y, sobre todo, de apapachar todas las emociones que, para bien o para mal, hemos experimentado durante este año. Aquí algunos ejemplos:

-Se viene pesado, muy. Saldrán muchas cosas mal, pero harás muchas otras bien.

– Abraza más que va a hacer falta.

– …vas a crecer como nunca antes y a aprender muchísimo de ti. Todo va a estar bien.

– Gracias por estar y ser, te mereces cada momento bonito de tu vida.

– Te prometo que la ansiedad, que no te deja respirar, va a mejorar, no se va a ir, pero va a mejorar.

-Con calma, la montaña rusa apenas va a iniciar.

-Ten paciencia contigo misma y ponte al tiro porque vienen muchas cosas malas, pero también otras buenas para tu crecimiento personal.

-Viene un año que se pondrá terrible cuando todo parecía por fin estar en orden. No tires a la basura lo que has trabajado en todos los aspectos.

De entre todas, la última llamó mi atención de manera particular. Y es que, aunque no puedo (ni quiero) generalizar la experiencia para todas las personas, creo que la cuarentena en gran parte se ha tratado de eso: de intentar sostener con todas nuestras fuerzas aquello que, durante tanto tiempo, trabajamos. No sólo, por ejemplo, en el ámbito económico y social con distintos proyectos, sino también en el aspecto emocional. No fue fácil que, de un momento a otro, todos nuestros planes se vieran pausados o cancelados y tuviéramos que aprender a ajustar desde presupuestos hasta ilusiones. Mucho menos ha sido sencillo que, después de casi medio año, la certidumbre no haya podido volver a nuestros días y que nos las tengamos que seguir “arreglando” para, en la medida de lo posible, darle rumbo a nuestra vida.

Ilustración: Matías Pardo

En medio de tanto caos, resulta imposible no pensar en los “hubiera”. En mi caso, los primeros meses estuvieron llenos de culpa, pues no podía dejar de pensar en que si muchas de mis decisiones hubieran sido distintas, no hubiera perdido todo aquello que me causaba tanta ilusión, ni mucho menos me hubiera visto envuelta en un escenario que para nada correspondía con aquél por el que me esforcé tanto durante los últimos años. Cada nueva traba que ocurría gracias al coronavirus, me la adjudicaba como si hubiera tenido la responsabilidad (y el superpoder) de haber previsto el daño y las consecuencias de un desastre mundial y, entonces, cada día resultaba más cansado que el anterior; no sólo por el costo emocional que implicaba replantearse los planes, sino porque, además, intentar solucionar todo mientras sientes tanta frustración, culpa e impotencia, resulta aún más complicado y pesado.

Afortunadamente, con el paso de los días, con mucha paciencia y con dosis de amor propio, la calma se empezó a hacer presente cuando me esforcé por ser más amable conmigo misma y por entender que no podía seguir cargándome tantas responsabilidades. Desde entonces —aunque sigo viviendo constantemente enojada con nuestro Estado y con la falta de humanidad que ha demostrado—  he ido obteniendo más aprendizajes que razones para frustrarme conmigo misma.

De inicio, creo que fue sumamente importante reconocer que, aunque todas las personas nos hemos visto afectadas directa o indirectamente por el Covid-19, el impacto no ha sido parejo ni justo y, sobre todo, que las herramientas con las que hemos contado para hacerle frente al problema son tan desiguales que vale la pena aceptar que, entre tanto caos, hemos tenido la fortuna de contar, al menos, con un espacio seguro para resguardarnos.

Por otra parte, al intentar verlo todo desde un ámbito mucho más estructural que individual, pude aceptar que todos mis planes y sueños desorganizados y arruinados fueron sólo una coincidencia y consecuencia chiquititita en medio de todo el caos que una pandemia implica y que por más que me encante controlar todo, no siempre es posible hacerlo. Siguiendo esta línea, el confinamiento me dio un gran llamado de atención y me dijo que me relajara, que no todo está en mis manos, que tengo que aprender a ser más flexible con mis objetivos y que estar dispuesta al cambio hará que todo sea más ligero. Además, me hizo aceptar que, para la siguiente normalidad, voy a intentar explotar de amor más seguido y con menos miedo; a abrazar y a besar (con consentimiento, claro está) cada que tenga la oportunidad y, sobre todo, a disfrutar cada ratito que me sea posible compartir con las personas que amo.

Ilustración: @daycuervomodo es importante recordar y aceptar que hace unos meses, cuando no sabíamos que esto vendría (ni que duraría tanto), también nos encontrábamos haciendo nuestro mejor esfuerzo

La cuarentena nos ha dado muchos aprendizajes que seguro seremos capaces de aplicar en cuantos nos sea posible. Pero creo que del mismo modo es importante recordar y aceptar que hace unos meses, cuando no sabíamos que esto vendría (ni que duraría tanto), también nos encontrábamos haciendo nuestro mejor esfuerzo, intentando tomar las mejores decisiones posibles basándonos en la información con la que contábamos en ese momento y que, aunque quizá ahora nos parezca atractiva la idea de “hacerlo distinto”, nuestra persona del pasado no nos debe grandes explicaciones. Al contrario, también estaba sobreviviendo y ajustándose a un mundo cambiante y complicado.

No es que nuestras acciones no sean perfectibles, pues en realidad siempre lo son; pero si de por sí los elementos como la paciencia y la amabilidad con nuestra propia persona y la empatía con el resto de seres que nos rodean son esenciales para un buen desarrollo, en estos tiempos llenos de incertidumbre, miedo y hostilidad, lo son aún más.

Todavía nos quedan varias semanas por resistir a esta nueva normalidad y —aunque a veces se vuelva cansado y abrumador intentar encontrarle aprendizaje al caos— pienso que es bueno reconocer y abrazar nuestros pequeños y grandes logros obtenidos en medio de tanto desorden; no únicamente aquellos que se basan en la productividad y ocupación del tiempo, sino también esos que se sienten como pasos chiquitos llenos de satisfacción. Como dice Jorge Drexler, ya volverán los abrazos y los besos dados con calma, mientras tanto, nos queda seguir siendo pacientes.

Tengo 22 años, soy feminista y estudio Economía en El Colegio de México.
Me encantan las ciencias sociales, aprender sobre desigualdad y cuestionar todo desde lo estructural y sistemático.
Creo firmemente que todo aquello que se hace desde la empatía resulta mejor.

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