El feminicidio en México: entre el “¿por qué estaba sola?” y el “se lo merecía”

Por: Cinthia Nallely Gamboa Luna ( @cinthiallely )

El feminicidio es la expresión última y más atroz de la violencia contra las mujeres. En México, durante 2020, se contaron 939 casos oficiales de feminicidios, es decir, al menos 2 mujeres fueron asesinadas cada día. Generalmente, además del feminicidio, miles de mujeres son víctimas de desapariciones forzadas y/o violencia de género dentro de sus hogares, casos que pueden culminar con sus vidas. A pesar de vivir en dicho contexto, existe un porcentaje muy bajo de denuncias —ya sea por el proceso encajoso que parece interminable o por la revictimización y falta de ayuda a la víctima— y, por ejemplo, en 2012, de acuerdo con el Instituto Nacional de las Mujeres, “del total de mujeres que han sufrido violencia física y/o violencia sexual por parte de su pareja o de su ex- pareja (23.2% entre las casadas o unidas; y de 42.4% de las alguna vez unidas), sólo el 17.8% de las casadas y 37.4% de las separadas denunciar.”

¿A qué se debe esto? ¿Tiene el lenguaje injerencia en la violencia que viven las mujeres y, al mismo tiempo, limita la posibilidad de denunciar a los agresores? ¿O es el lenguaje parte de una estructura social machista y misógina que refuerza la violencia hacia las mujeres cis y trans? Acá examinaremos el lenguaje empleado en redes sociales, las cuales no son ajenas a la realidad y son parte de nuestra cotidianidad.

El menosprecio hacia las mujeres cis y trans es evidenciado en el lenguaje, siendo las redes sociales un espacio que visibiliza dichas ideas. De una forma bastante simple, los comentarios en torno a los feminicidios se pueden categorizar en dos grandes grupos: uno que culpa a la víctima, haciéndola responsable de su propio asesinato, y otro que comparte el dolor por la violencia vivida. En esta ocasión, centraré mi atención en el primer grupo, donde se resalta la culpa y responsabilidad de la víctima a través del uso del lenguaje sexista, el cual se compone de cuatro ámbitos: la posesión, la libertad, el castigo y la banalización.

  • Las mujeres como objeto de posesión

El 21 de septiembre del 2020 desapareció Jessica González Villaseñor en Morelia, Michoacán, y fue encontrada asesinada cinco días después. El día que los medios anunciaron el hallazgo del cuerpo de Jessica, el 25 de septiembre, las redes sociales se inundaron de comentarios sobre el caso.

El anterior es un claro ejemplo de hacer responsable a la víctima, y se dice de forma textual: es responsabilidad de ambas partes (aunque no queda claro si de la víctima y el asesino, o de la víctima y sus padres), eximiendo completamente la responsabilidad al asesino. Además, el paternalismo mostrado en la frase: los papás la dejaron salir como si nada, evidencia que Jessica, a pesar de tener 21 años, seguía bajo la potestad y cuidado total de sus padres, es decir, a pesar de ser mayores de edad y tener ingresos propios las mujeres no somos dueñas de nosotras mismas, mas bien somos propiedad de alguien más y, por lo tanto, la responsabilidad recae en quienes nos poseen. Primero del padre, luego del marido y luego de dios, en fin, nunca de nosotras. De este modo, la víctima deja de serlo para ser victimaria de su propio infortunio.

 El “exceso de libertad” de las mujeres

 Siguiendo con los comentarios de la nota del 25 de septiembre, se resalta el siguiente:

El comentario inicia con Ya existe mucho libertinaje en estas muchachitas, suponiendo que las mujeres tenemos un “exceso de libertad”. En una sociedad machista y misógina, el espacio predilecto de las mujeres se desarrolla en el ámbito privado, mientras que los hombres en el público, es decir, la culpa se traslada del asesino a la asesinada puesto que la víctima transgredió las convenciones sociales permitidas al género femenino. Así, si una mujer “no se queda en su sitio”, será automáticamente la culpable de su agresión y caso cerrado.

  • Feminicidio como castigo divino

Este comentario evoca al feminicidio como un castigo necesario y divino: esas personas no merecen estar con Jehová, donde la redención sólo se puede alcanzar a través de la muerte. Lupita hace referencia no sólo a su condición de mujer, sino a su orientación sexual. En este caso, el lenguaje no sólo es misógino, también es lesbofóbico. Estos casos son mucho más evidentes en los comentarios hacia los transfeminicidios, acto que es visto como un castigo inevitable, en donde, además, se niega la identidad de las mujeres trans, el siguiente comentario es muestra de ello.

En este comentario, Luis niega completamente la identidad de la víctima, esencializando la idea de ser mujer a la genitalidad. Su primera frase asegura que el asesinato de Abisay era inevitable, puesto que, para el usuario, el hecho de transicionar de género es considerado una ofensa social grave. Inclusive, la posibilidad de denunciar cualquier forma de agresión es desmotivada, puesto que pareciera que no existe delito a perseguir o que ese acto atroz está fundamentado social o divinamente.

  • Banalización de la violencia feminicida

 El último ejemplo es de lenguaje pictográfico, el cual muestra una evidente banalización de la violencia feminicida. Que el asesinato de mujeres, en este caso feministas, sea motivo de humor demuestra la desvalorización de sus vidas en un nivel grupal. Una vez más, los valores de una sociedad machista indican que una mujer debe cumplir con las expectativas ideológicas y políticas que los hombres tienen de ellas, por lo tanto, para un grupo de la sociedad, una mujer feminista no está en su lugar y, por lo tanto, la muerte es una consecuencia esperada. Además, el video tiene miles de interacciones y reacciones (más de 73 mil likes, por ejemplo) que fortalecen la normalización y desvalorización de la violencia contra las mujeres.

¿Qué tienen en común los ejemplos anteriores? Además de la culpa y responsabilidad a la víctima o sus familiares hay 3 aspectos a resaltar: 1) el uso de lenguaje sexista; 2) la evidente misoginia, transfobia y lesbofobia; y 3) la normalización de la violencia feminicida.

Es claro que el lenguaje y los discursos usados en redes sociales no son únicos, también se evidencian en medios de comunicación y en los discursos oficiales, y todos tienden a culpar a las mujeres de la violencia que sufren, justifica a los agresores, minimizan las experiencias de las víctimas, crean investigaciones poco profundas, desincentivan las denuncias penales y aumentan los casos de impunidad. A pesar de ello, las muestras de lucha, empatía y solidaridad demuestran que no todo está perdido.

Sigamos levantando la voz cuando podamos, cuando el cuerpo nos deje y cuando el corazón nos impulse. Recordemos que denunciar es un proceso difícil y pesado, no forcemos a nadie a hacerlo y acompañemos a quien lo requiera. Este 8M no salimos a las calles, pero eso no significa quedarnos calladas.

            ¡Por un 8M que no sea panfletario y no se olvide de las vidas que fueron arrebatadas!

¡Lee a las invitadas e invitados de YucaPost!

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