El espacio que habitamos

El fin de semana pasado estuve leyendo publicaciones en redes sociales y me encontré con algunos comentarios sobre cómo hombres conocidos por conductas de acoso y expresiones homofóbicas acudieron a un lugar de diversión y ocio, pensado como un espacio seguro para mujeres y sobre todo para personas de la comunidad LGBTTIQ+, en un estado heteronormado como Yucatán donde no se les reconocen derechos en igualdad con las demás personas. Derivado dichas publicaciones no pude evitar pensar en los espacios que ocupamos dentro de una ciudad, que se ha referido la más segura del país, y de cómo dichos espacios se relacionan con las dinámicas sociales de las personas que habitamos en Mérida y sobre si en realidad son seguros para todas y todos.

Conceptualmente hablando la espacialidad reúne al conjunto de condiciones y prácticas de la vida individual y social que están ligadas a la posición relativa de los individuos y los grupos, unos con otros. Un postulado fundamental de la geografía es que estas posiciones relativas (o situaciones geográficas) determinan, probablemente o en parte, la forma y la intensidad de las interacciones sociales. Cada sociedad organiza su territorio según una espacialidad que le es propia y que depende de sus valores y de sus normas, así como también de la elección de sus actividades y de su dominio técnico.

La primera vez que escuché hablar de la espacialidad fue hace aproximadamente un año cuando leí la publicidad de un seminario llamado “Género, Feminismo y Espacialidad” que se impartiría en la Facultad de Geografía de la UNAM. Como buena feminista que soy no dudé en inscribirme aunque no estaba muy segura sobre qué iba a tratar realmente. Así, por más raro que resultaba a las demás asistentes que una estudiante de derecho asistiera a un seminario sobre geografía y espacialidad, no tardamos en darnos cuenta de cómo el espacio que ocupamos y habitamos está íntimamente ligado con los derechos humanos.

En aquella ocasión tuve el privilegio de escuchar a la Dra. Paula Soto Villagrán, investigadora en Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma Metropolitana, quien ha trabajado sobre la incorporación de la perspectiva de género a la geografía desde una visión feminista. Fue gracias a ella que conocí sobre la geografía de género o geografía feminista, la cual explica ampliamente la forma en la que los espacios públicos (como todo en el mundo) han sido pensados para un único modelo de ciudadano, es decir, un hombre blanco, joven, heterosexual, sin discapacidad de clase media-alta; lo anterior termina excluyendo al resto de la población de los espacios que en principio son planteados como neutrales pero que no dejan de ser también machistas, heteronormados, clasistas, poco accesibles, entre otras cosas.

En este sentido, podemos hablar entonces de que «el espacio público es la ciudad» y por tanto, éste deviene del poder político y económico, lo cual lo reduce algunos tiempos y a algunos espacios, a momentos de ocio o de vida colectiva, que en muchos casos son reservados o excluyentes.  Por ejemplo, no es ningún secreto que en Mérida se tiene la idea de que el norte de la ciudad es una zona privilegiada, lugar de grandes plazas comerciales y complejos habitacionales a precios exorbitantes; mientras que el sur de la ciudad es considerado el lugar donde vive la gente que se encuentra en situación de pobreza, haciendo así una diferenciación y categorización social basándose meramente en una ubicación geográfica.

Lo mismo sucede con el hecho de que ciertos espacios son más heteronormados que otros y que las mujeres sientan más seguridad en determinados lugares de la ciudad, que al final terminan siendo apropiados por personas que se encuentran en situación de privilegio y que pueden ejercer poder en cualquier espacio en el que se encuentren.

Al respecto, en una publicación pasada de este mismo blog se puede leer un maravilloso artículo de Silvia Carrillo en el que habla de la importancia de espacios exclusivos para la comunidad LGBTIQ+ donde incluso utiliza el término injusticia espacial para conceptualizar las marginalizaciones periféricas y el estrés de estar en espacios públicos para ciertos sectores de la población.

Frente a este contexto, desde la década de los 70 se ha hablado sobre el Derecho a la ciudad, un término que apareció cuando el francés Henri Lefebvre escribió su libro titulado El derecho a la ciudad tomando en cuenta el impacto negativo sufrido por las ciudades en los países de economía capitalista, planteando una propuesta política que parte de la ciudadanía para reivindicar la posibilidad de que la gente volviera a ser dueña de la ciudad y de los espacios que habitan y ocupan en ella, basándose en el ejercicio pleno de los derechos humanos, destacando su carácter colectivo e impulsando la consolidación de derechos urbanos que surjan de la relación de las personas con el territorio y el espacio. Por lo tanto, la ciudad debe ser un espacio seguro para todos y todas y no solo para ciertos grupos.

Considero sumamente importante replantearnos que así como el espacio puede significar restricción, también podemos resignificarlo a emancipación, ruptura e innovación en cuanto a la forma que tenemos para relacionarnos con las demás personas y sobre cómo el uso que hagamos de él puede ser un elemento clave respecto al ejercicio de nuestros derechos. No debemos dejar pasar la oportunidad para cuestionarnos todos los días sobre si los espacios que ocupamos en la cotidianeidad como nuestra vivienda, escuela, trabajo, lugares de ocio o espacios públicos nos hacen sentir realmente seguras o si dentro de ellos se replican patrones de discriminación tendientes a impedir o menoscabar nuestros derechos humanos.

Y tú ¿te has preguntado cómo es el espacio que ocupas y habitas?

Estudiante de último semestre en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma De Yucatán. Integrante de Amnistía Internacional Yucatán e investigadora sobre derechos humanos y perspectiva de género.

Siempre me estoy cuestionando todo y a veces escribo sobre ello.

Soy amante del impresionismo porque me hace pensar que en realidad la vida es una imitación del arte.

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