El discurso transfóbico, el verdadero caballo de Troya del feminismo

Texto original de Láurel Miranda, reproducido con la autorización de la autora con el fin de ser difundido. YucaPost no se atribuye ningún crédito de esta obra, todos los créditos son de la autora. Este texto se encuentra disponible en el blog de la autora y fue reproducido con anterioridad en otro medio.

Si eres feminista y no plantas cara a quienes en nombre de este movimiento político violentan a personas trans y no binarias, temo decirte que se llama complicidad. Del mismo modo en que hablamos del pacto patriarcal para denunciar la complicidad entre hombres, así como su silencio o pasividad ante los actos misóginos de sus congéneres, podemos y debemos hablar también de aquellas mujeres cisgénero feministas que deciden pasar de largo los actos transfóbicos de sus presuntas compañeras de lucha.

Qué tan lejos hemos dejado avanzar la transfobia en México que ahora se convoca a “marchas feministas” ya no para luchar a favor de los derechos de las mujeres, sino para impedir que las poblaciones trans accedan a ellos. Esto es precisamente lo que está ocurriendo en lugares como Puebla, donde un colectivo de feministas radicales ha tomado como su principal objetivo impedir que se apruebe la Ley Agnes, una iniciativa con la que las personas trans podrían ver reconocida su identidad sexogenérica mediante un trámite administrativo. En el Estado de México ocurre algo similar, pues otro colectivo ha hecho un llamado para que la marcha del 8 de marzo sea “contra el borrado de las mujeres”.

Marcha organizada en nombre del feminismo contra los derechos de las personas trans.

¿A qué se refiere este presunto borrado de mujeres?, ¿cuáles mujeres?, ¿blancas, racializadas, pobres, trabajadoras sexuales, trans…?, ¿cómo podría borrarse a más de la mitad de la población mundial? Bien, pues del mismo modo en que construcciones discursivas como “ideología de género” o “lobby gay” llegaron con fuerza desde los sectores más conservadores de la sociedad para reprimir a la diversidad sexogenérica, ahora nos enfrentamos al presunto “borrado de mujeres”, una idea que (aparentemente) no es impulsada ni por la iglesia ni por la ultraderecha, sino por voces feministas de periodistas, escritoras e intelectuales, tales como la ex diputada del partido español PSOE Ángeles Álvarez, la antropóloga y académica mexicana Marcela Lagarde o la creadora de Harry Potter, J.K. Rowling.

La lucha contra el “borrado de mujeres” se ha erigido para impedir que en países como España, Reino Unido (y ahora México) entren en vigor leyes que permitan el reconocimiento de las identidades sexogenéricas de las personas trans y no binarias mediante trámites administrativos y ya no a través de juicios o certificaciones de género, para las que se necesitan acompañamientos psicológicos o psiquiátricos, así como tratamientos hormonales, los cuales han contribuido históricamente con la patologización de las personas trans.

En España, por ejemplo, Ángeles Álvarez y el sector transexcluyente del feminismo español, consideran que de aprobarse la Ley Trans, ésta pondría en peligro la representación de las mujeres –de nuevo: ¿qué mujeres?– en los distintos ámbitos de la vida pública como la política, deportes, espectáculos, etcétera. El argumento de Álvarez se desbarata cuando constatamos en las estadísticas que las poblaciones trans somos minoría en el mundo, y sin embargo con un alto índice de crímenes de odio en nuestra contra, una alta tasa de suicidios y una esperanza de vida reducida. En contraste, son contados los casos de personas trans en las esferas antes descritas, y aún así se emplean de forma sensacionalista, particularmente en el mundo de los deportes, para acusar que su presencia pone en peligro la posibilidad de victoria de las “mujeres biológicas” (sic).

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Me parece increíble que en pleno 2021, luego de décadas y décadas de feminismos y estudios de género, frases como “mujeres biológicas” y “hombres biológicos” (sic) sigan siendo empleadas como argumentos para descartar la legitimidad de las identidades trans y para enarbolar abiertamente una lucha en contra de nuestros derechos más básicos: identidad, libre desarrollo de la personalidad, a la no discriminación, acceso a la educación y a un trabajo digno.

Y es que más que estar en contra del “borrado de las mujeres”, las voces transexcluyentes están en contra de la categoría género y a favor de la reivindicación de la realidad material del sexo como factor único y decisivo para determinar quién sí y quién no es mujer; se trata, pues, de una postura esencialista contra la que, de hecho, el feminismo lleva años luchando. Consideran, además, que de su realidad sexuada deriva una “opresión primaria”, con lo que universalizan las experiencias de todas las mujeres y dejan de lado aspectos de la identidad como raza, clase u orientación sexual, que en el caso de algunas mujeres se trata del factor principal de la opresión en que viven.

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“Hay mujeres que son negras, mujeres que son lesbianas, mujeres que son trans y mujeres pobres. No sólo sufren discriminación por ser mujeres, sino por su raza, su género o su situación socioeconómica (…) El feminismo está en contra de la opresión de género y la explotación, si hay mujeres afectadas por el racismo o por la homofobia o por la transfobia, luchar contra eso es parte de la liberación”, señala Reni Eddo-Lodge, feminista y periodista británica.

Es debido a la particularidad de nuestras realidades y las distintas violencias que nos atraviesan, que me parece necesario ser sincera y señalar que en esta ocasión hablo de lo peligroso que es el discurso transexcluyente para las mujeres trans; sin embargo, me gustaría subrayar que éste atenta también contra otras posibilidades de vida: hombres trans, por ejemplo, a quienes llaman “hermanas” si deciden detransicionar, o traidorAs y “lesbofóbicas” si deciden mantenerse firmes en su transición de género. Basta con ver la violencia con que se lanzan contra hombres trans que, en tanto tienen también la capacidad de gestar, han acudido a marchas a favor de la despenalización del aborto:

Como señalan Gracia Trujillo y Moira Pérez, “con frecuencia se resalta del feminismo TERF su oposición a incorporar a las mujeres trans dentro del movimiento de mujeres (o del colectivo mismo). Sin embargo, se trata en realidad de un feminismo excluyente en términos amplios, que se opone, desde el privilegio, a distintas formas de autonomía decisional, autonomía corporal, al derecho a la identidad, al derecho a una vida libre de violencia… El movimiento feminista excluyente es contrario a muchas formas de existencia: no solo de todo el espectro de personas trans y no binarias, sino también de las trabajadoras y trabajadores sexuales o de cualquier persona que recurra a la gestación por sustitución, entre otros. En el caso de estos dos últimos, el trabajo sexual y la gestación por sustitución se entienden en todos los casos como violencias contra las mujeres. Este análisis no se ajusta a la realidad, obtura el avance de derechos para las personas directamente involucradas en estas prácticas y las sitúa en posiciones de víctimas pasivas sin, por otra parte, escucharlas”.

El peligro de este discurso no radica únicamente en su lucha por restringir derechos, sino también en su función como caldo de cultivo para reforzar estigmas y prejuicios en contra de nuestra comunidad. Ahí tenemos, por ejemplo, el caso reciente de las pintas que manifestantes transfóbicas realizaron para posicionarse en contra de la Ley de Identidad de Género y que, sin embargo, fueron atribuidas por medios locales a personas trans. Al final del día la construcción discursiva y mediática que se hace de nuestras identidades, que nos asocia con lo anormal, lo fuera de lugar, lo iracundo, alimenta también los crímenes de odio en nuestra contra, particularmente los transfeminicidios.

Pintas de feministas transfóbicas, atribuidas por medios locales a activistas trans.

En el contexto actual, no suscribir el discurso transfóbico o desmarcarse de él no es suficiente: también hay que posicionarse en su contra. Por ello aplaudo a la colectiva Dignas Hijas, que desde agosto del año pasado y luego de visualizar la forma en que el feminismo está siendo instrumentalizado con fines transfóbicos lanzaron la iniciativa #NoEnNuestroNombre para subrayar que “los derechos de las personas trans son derechos humanos, no una amenaza”.

Queridas aliadas, queridas feministas cisgénero, si desean identificar cuál es el caballo de Troya en su movimiento, les invito a analizar qué discurso se aproxima más al de la ultraderecha. ¿Es acaso el que lucha por los derechos y digna existencia de las personas trans o el de sus “hermanas” abolicionistas, que ven un peligro en la otredad? No nos equivoquemos, que se frenen las leyes que permiten el reconocimiento de las identidades sexogenéricas no va a lograr que haya menos personas trans, sólo repercute en que nuestras vidas sean más difíciles y tengamos un acceso limitado a nuestros derechos.

En este momento la avanzada va contra personas trans y trabajadoras sexuales, pero de continuar con la tibieza, la factura también les alcanzará a ustedes. No al pacto (cis)patriarcal.

**Un abrazo y mi solidaridad con Siobhan Guerrero y Ophelia Pastrana, cuyo nombre e imagen se ha empleado para denostar a la comunidad transgénero cuando figuras como ellas ponen en alto nuestras identidades a la vez que dedican su vida por la defensa y conquistar de nuestros derechos.

 

Láurel Miranda es una mujer trans, periodista, licenciada en Ciencias de la comunicación y egresada en Historia del arte por la UNAM. Se desempeña en el área digital de Grupo MILENIO como SEO manager; es profesora de periodismo multimedia en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y de Marketing Digital en la Universidad de la Comunicación. Ama a su familia, su gato y el chocolate caliente.

  • Twitter, Facebook, Instagram y TikTok: @laurelyeye
  • YouTube: Láurel Miranda
  • Este texto, que forma parte del blog de Láurel Miranda #SerEsResistir, se publicó originalmente en otro medio.

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