El día que conocí a Estela

Esta historia comienza mucho antes de que yo me diera cuenta de que inició, principalmente porque por mucho tiempo me acostumbré a pensar solamente en la universidad y dejar de lado mis emociones; eso luego me haría aprender. La primera vez que vi a Estela fue por pura coincidencia: estábamos en el mismo edificio, en el mismo salón, a la misma hora, por el mismo motivo y con los mismos intereses académicos; seguramente nos vimos, pero no tengo recuerdos de eso y tampoco le pregunté después. El primer recuerdo que compartimos era ser irrelevante uno para el otro, esa fue la conclusión a la que llegamos un día que hacíamos memoria de ese lugar en el que coincidimos.

Para ser honesto, no me sorprendió. Pasé mucho tiempo ignorando lo que sucedía a mi alrededor. Estaba más entretenido con mis pensamientos y preocupaciones. Llegar a una ciudad distinta al lugar donde había pasado casi toda mi vida; empezar una vida totalmente nueva, con pocas amistades y con la constante preocupación de tener la suficiente estabilidad económica para seguir ahí, en el lugar en el que no estaba seguro de querer estar, me mantenía asilado. Pero eso cambió, poco a poco fui encontrándome con lugares, personas y cosas que me ayudaban a estar presente; lejos de transitar entre el pasado o el incierto futuro.

Descubrí que era muy feliz luego de una clase. Comprendí que había tomado la decisión correcta y nada nunca me ha hecho cambiar de opinión desde ese momento. Cuando comencé a ser consciente de esa felicidad, también comencé a disfrutar realmente del tiempo con amigas y amigos, fuera y dentro de los espacios académicos, que, a pesar de todo, seguían siendo prioridad.

Con estos antecedentes y una galopante ñoñez, era de esperarse que no estuviera acostumbrado a relacionarme tan fácilmente es espacios no formales. La prueba fehaciente de esto fue que en una fiesta masiva donde nadie me prestaba atención y yo pasaba desapercibido junto con un grupo de amigas y amigos, no manejé tan bien la invitación de una chica desconocida para bailar reggaetón.

El tiempo pasaba y seguía conociendo lugares, personas y cosas que me hacían feliz. La ñoñez consagraba mis horas de estudio en resultados académicos, que también me hacían sentir feliz. Pero seguía extrañando a mi familia, y la distancia acompañada de la soledad hacían más fácil sentir tristeza.

Fui bastante tímido y a menudo no me fijaba en las mujeres que me rodeaban. Tampoco tenía un historial de conquistas románticas, hasta que conocí a Ximena. Recuerdo que caminé feliz y entusiasmado a contarle a mi mejor amigo sobre la bella y extraña chica que acababa de ver. Recuerdo que varios días busqué toparme con ella para poder platicar sin éxito alguno, hasta que una vez coincidimos en el transporte público. Me contó que también era de otro Estado, la ayudé a encontrar una dirección en un lugar que yo tampoco conocía. Fuimos por un helado, intercambiamos números telefónicos, nos enviamos solicitudes de amistad en Facebook y platicamos un tiempo. Volvimos a salir, pero hasta ahora no recuerdo por qué dejamos de hablar, y antes de escribir esto la había olvidado por completo; estoy seguro de que mi mejor amigo también, porque nunca ha sido mencionada ni en las bromas ocasionales que suele hacer sobre mi vida amorosa.

Luego de ella, comencé a salir con otras chicas. Aunque no fueron muchas, aprendí mucho de ellas. De música, de arte, de la vida en la ciudad, de amistades en común; aprendí de historia, de cultura pop, de cine, de series de televisión, de la vida en otros estados, de otros idiomas; básicamente de todo un poco, pero principalmente del romance y la conquista en tiempos modernos.  A pesar de que aprendí mucho, fue aburrido luego de un tiempo. Se volvió intermitente salir ocasionalmente o escribirnos para actualizarnos sobre nuestras vidas. Se volvió aburrido.

Este tedioso impasse coincidió con tres hechos importantes en mi vida: alcanzar estabilidad económica, el primer guiño con la distinción académica y la primera llamada a cuestionarme todo, incluso la heterosexualidad. Fue común preguntarme ¿Cómo es que esto me parece aburrido si era en esencia la vida que quería vivir? Al final, exploré varias posibilidades, pero acabé confirmando que en realidad el problema era que me acostumbré a hacer siempre cosas distintas. Así que comencé a hacer cosas distintas.

Me mudé; corrí mi primera carrera de 5 kilómetros, renuncié al trabajo que hacía en un tribunal federal y aproveché la primera oportunidad que tuve para participar en una competencia académica para la que no me sentía listo.  Esta última decisión marcó el rumbo de mi vida. Gracias a esta decisión fue que coincidí con Estela. Y pasó mucho tiempo para que yo me diera cuenta de esto.

Como decía al principio, fue pura coincidencia y al comienzo nos parecíamos irrelevantes uno al otro. Con el tiempo habíamos normalizado tener discusiones académicas, no preguntar sobre la vida privada uno del otro y limitar nuestras interacciones a la ñoñez compartida. No teníamos mucho en común, ella estaba más acostumbrada a la vida y ritmos de la ciudad y hasta creo que tenía novio. Pero un día, fui consciente de que nuestras conversaciones ya no eran solamente académicas y que eso se había convertido en el pretexto para pasar tiempo juntos. Cuando le pregunté si pensaba lo mismo, su respuesta también me sorprendió.

Pronto comenzamos a compartir cafés, besos y caminatas en los espacios comunes para ambos. Respetaba mis tiempos y yo los suyos; la apoyaba en los momentos que lo necesitaba y ella a mí. Nos gustábamos mucho, no sé si algo más. El día que tuve la suficiente seguridad para compartir con ella sentimientos profundos; el día que la intimidad nos permitió sincerarnos, el día que la conocí, realmente me estaba conociendo a mí. Yo no lo sabía; probablemente ella tampoco sabía. Pero al final, en todas las relaciones, cuando nos abrimos a la intimidad, a las alegrías, tristezas, sorpresas y demás; cuando compartimos quiénes somos, también nos conocemos a nosotros mismos.

-J.

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