El coronavirus no es la caja de pandora, es la llave que la abre

La pandemia ha sido una suerte de altas y bajas para muchas instancias de mi vida. A veces no me encuentro por ningún lado, y decido recurrir a lo que escribía en mi diario, cuando aún tenía la capacidad de ser constante como para llenarlo cada semana. Leo la primera entrada y me sobrecojo al notar que ya es poco más de un año desde que escribí: El 25 de mayo asesinaron a George Floyd. Supe de esa noticia la mañana del 26 mientras me preparaba para ir a trabajar. Han sido días difíciles. Días antes del 25, una chica, estudiante, fue encontrada asesinada al interior de su casa. Y la pandemia. Y el encierro. Y el no encierro.

Me consterno al leerme tan sensible, no porque el contexto no lo ameritara, sino que ya no me pasa así. Sigo leyendo: He tratado de mantenerme al margen. Me conozco, sé que la injusticia y la barbarie me afectaban de sobre manera porque la empatía me rebasa. Al final, siempre, el vaso se derrama. No. No se derrama. Se rompe. Se estrella.

Recordar lo mucho que el encierro detonó mi ansiedad, mis obsesiones. Me veo a mí misme haciendo un checklist cada vez que salía de casa, para ir al trabajo: botella de agua, ya, tarjeta para pagar el camión, ya, audífonos, ya, cubrebocas, ya. Salir a la calle, mantener la distancia. Subir al camión, buscar asiento, no junto a un hombre. Sentarme y ponerme antibacterial. Pasar la vista cada tanto por los demás pasajeros, revisar que no me vean raro, que no se estén masturbando, que no me molesten a mí o a les demás. Respirar, solo un segundo. Notificación: El peso cae. La curva de contagios sube. Feminicidio en Nayarit. Reformas a la Constitución. Racismo. Clasismo. Homofobia. Machismo.

Tiempo después de esa entrada, tuve la oportunidad de leer un texto que terminaba con una sentencia terrible, pero muy cierta: el coronavirus no es la caja de pandora, es la llave que la abre.

Y esa llave abrió muchas cosas que no había querido dejar salir. Una vez olvidé ponerme cubrebocas en el transporte público. Me di cuenta muy avanzado el viaje. Y mi mente no hizo más que maquinar un montón de escenarios: me van a bajar del camión; el chofer se va a detener y le dirá a la policía y el policía me va a llevar porque hace poco se llevaron a una señora que no traía el cubrebocas mientras esperaba el metro; me voy a contagiar; tengo Covid y voy a contagiar a alguien más; no me van a querer vender uno porque no puedo entrar a ningún lado sin él, entonces, ¿dónde consigo uno?

Al final, nada de eso sucedió. Lo solucioné como cualquier otro descuido. Pero el dolor de cabeza, ocasionado por mis conjeturas, no me dejó dormir aquella noche. La caja había liberado muchos miedos que después pude tratar con mi psicoanalista. Necesitaba de alguien que me dijera que está bien olvidar el cubrebocas a veces, que está bien tener un desliz. Que eso no me hacía una persona irresponsable o despreocupada. Que justo solo soy eso: una persona, y no debo exigirme más allá de.

Es claro que todo lo que aún siento y aún llego a pensar, no se originó en cuarentena, pero sí salió a flote gracias a ésta. Había logrado dejar de morderme las uñas, ahora lo hago constantemente. Nunca había tenido pesadillas de forma tan recurrente, ahora las tengo. Sabía canalizar mi energía, ahora no.

Pandora’s Box – Vía MyCustomer

Los últimos días he visto gente ir y venir de todos lados, cargando con las mismas incertidumbres, los mismos miedos y las mismas ansiedades.

El 6 de junio habría cumplido un año tomando terapia. Hace varios meses, por cuestiones de economía, dejé de asistir, y también dejé de escribir en ese diario. A veces siento que avanzo sin guía. Otras, anoto todo lo que aprendí: tengo derecho a sentirme mal, a no querer levantarme, a desconectarme de todo el ruido que hay afuera de mí.

Todes estamos tratando de sobre-vivir en un contexto que, al igual que mi proceso terapéutico y mi diario, está inconcluso. Y tal vez, como lo he escuchado de muchas personas, solo el tiempo dirá.

Soy una persona no binaria, nacida en el 97. Estudié letras y aunque una de mis grandes pasiones es la lectura, muchas veces me inclino a la crítica social desde un enfoque cuir y feminista. Mis intereses siempre se encuentran en movimiento ya que me gusta aprender cosas nuevas. Creo firmemente que lo personal es político.
Me gusta escribir en primera persona.

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