El cementerio de los calzones recortados

Escrito por Cecilia Kalach Chelminsky

Mi vida gira alrededor de la menstruación. Mi librero se compone por un cúmulo de textos que pretenden explicar todas sus aristas: la menstruación en la religión; la menstruación como fenómeno social; pobreza menstrual; la menstruación en la política; justicia menstrual; feminismo y menstruación; comics sobre menstruación; etimología y menstruación; psicología y menstruación. En fin, se entiende el punto. Quiero comprender todo, descubrir a todas las expertas en el tema. He leído todos los ordenamientos jurídicos que regulan temas relacionados con la menstruación. He descargado todas las sentencias en donde personas juzgadoras se pronuncian sobre el alcance del derecho a menstruar dignamente. Aprovecho cada oportunidad que tengo para hablar de menstruación. El auditorio no es un inhibidor. La lucha por la justicia menstrual se convirtió en mi sello distintivo. Y la pregunta que me hago a mí misma es por qué.

Para responder tengo que apelar a la que, probablemente, es la historia más personal dentro de mi repertorio: la historia de mi primer periodo menstrual. Será la primera vez que la cuento. Qué irónico, ¿no? Decidir externarla a un auditorio en donde no conozco a la mayoría de las personas lectoras y ellas, a su vez, probablemente tampoco me conocen. Así, saco mi caja de pañuelos y me aventuro a desentrañar de mis adentros una historia llena de silencio, secrecía y mucha, pero mucha vergüenza.

Una niña de 12 años y 8 meses se sienta en el escusado. Al bajar sus pantalones, ve en sus pantaletas una mancha rojiza. “Por favor, Dios, que sea todo menos mi primer periodo”. Vergüenza: así recibí mi primera menstruación. Vergüenza de mi cuerpo, vergüenza de sus procesos. Vergüenza del color de mi sangre, de su olor, de su textura.

Mi plan de acción fue simple: nadie debe enterarse de esto (ni siquiera mi propia madre). Subí mis pantalones, me acerqué al escritorio y agarré las tijeras. Meticulosamente recorté la mancha rojiza de mis calzones con la esperanza de volver a usarlos. Nunca me he caracterizado por ser buena en los trabajos manuales. Arruiné mis pantaletas. Las metí en una pequeña caja y la cerré. Ese era mi ritual menstrual: agarrar las tijeras; recortar el pedazo de tela con sangre; meter las pantaletas a una caja; agarrar las tijeras; recortar el pedazo de tela con sangre; meter las pantaletas a una caja. La caja se llenó de pantaletas rotas. El cuerpo de una niña de 12 años y 8 meses se llenó de vergüenza. 

Como era de esperarse, mi mamá encontró la caja. Imagínense su cara de sorpresa al ver un cementerio de calzones recortados. Por primera vez tuvimos una conversación sobre menstruación. Ella, así como yo, fue socializada en un mundo donde se ha asociado a la menstruación con la vergüenza, la secrecía, el silencio. Ella, así como yo, creció en un mundo que no nos permite apropiarnos de nuestra corporalidad en libertad.

Ese suceso no cambió mucho mi historia (pero sí la de mis calzones). Mi experiencia menstrual permaneció guardada en un cajón. Ahí, junto con las toallas y los tampones, yacía mi menstruación y la indisociable vergüenza. Yo empecé a menstruar desde el prejuicio, la incomodidad y el dolor.

Recuerdo esos trayectos al baño “Dios, por favor, todo menos una mancha en mis pantalones”. Recuerdo el silencio. Recuerdo la secrecía. Recuerdo la vergüenza. Recuerdo pensar que la menstruación era un tema incontrovertiblemente privado, de esos que no se hablan en la mesa porque un poco de sangre incomoda, asquea o simplemente no interesa.

Jamás escuché a nadie hablar del tema. Mis clases de educación sexual eran, en el mejor de los casos, vergonzosas. Mucho cómo poner condones, sexo heterosexual para tener hijes, pudor y abstinencia. Preguntas que nunca encontraron respuesta: ¿por qué el flujo menstrual huele así? ¿por qué no debo avergonzarme de su olor? ¿por qué puedo decidir gestionar mi menstruación como más se me acomode? ¿puedo tener relaciones sexuales en mi periodo menstrual? ¿qué es la endometriosis, el síndrome de ovario poliquístico, la dismenorrea? ¿cuándo debo acudir con un especialista? ¿qué síntomas son normales? ¿qué implicaciones sociales tiene la menstruación? ¿qué es la pobreza menstrual? ¿por qué el paradigma que la acompaña es el silencio?

Parecía el destino innegable de mi vida como menstruante: en silencio, en secreto, con vergüenza. Jamás hubiera imaginado que una revista con contenido banal (pero que leía con fervor y dedicación) cambiaría mi vida. Tenía 15 años. Acababa de comprar la Cosmopolitan. Estaba preparada para devorar sus páginas, como de costumbre. De pronto, apareció la página que cambiaría mi vida: un anuncio de la marca de productos menstruales Always.

Sentada en un salón de clases vacío, se encontraba una niña. Una leyenda en la parte superior de la página rezaba lo siguiente “ayúdanos a que las niñas no dejen ir a clases en su periodo menstrual. Por cada toalla que tú compres, nosotras nos comprometemos a donar otra a quien lo necesite”. Mi mundo se cayó y se partió en pedazos. Atónita, agitada, incrédula. Me di cuenta de que el silencio prejuicioso no solo obraba en mi contra, sino que enterraba en lo más profundo del tejido social un problema latente: la pobreza menstrual.

Como si no existiera, como si no fuera tan importante, como si no representara un obstáculo en el goce de derechos para millones de niñas, mujeres, adolescentes, hombres trans y personas no binarias. La secrecía es peligrosa: provoca que un problema de dimensiones titánicas permanezca en la penumbra. Lo que no se nombra no puede solucionarse.

El problema trasciende la falta de acceso a productos menstruales. Implica no poder reconocer que la pobreza afecta de forma distinta a diferentes corporalidades. Como si pudiéramos meter todas las experiencias en una misma canasta y teorizar desde ahí. Se vincula con la relación que tenemos con nuestro cuerpo, con la falta de información, con la vergüenza. Deriva de todos los mensajes que recibimos del exterior: tu menstruación es sucia e incómoda. Gestiónala en silencio. ¿Por qué nos tenemos que enterar? Que no desprenda olores, que no se vea nunca en ninguna situación. Siéntete pura, virginal y limpia con esta toalla olor a manzanilla. Deriva de un Estado con una agenda masculinizada, en donde las corporalidades menstruantes, históricamente, han sido excluidas de los procesos de toma de decisión.

Para mí, hablar de menstruación no solo es revolución, sino que es reivindicación. Es cambiar el diálogo alrededor de nuestro cuerpo y sus procesos. Es retar una estructura que nos ha enseñado a avergonzarnos de nuestros fluidos. Es ruido en un mundo de secrecía tóxica. Es exigir la introducción de una agenda diversificada. Es pedir que el gobierno rinda cuentas: ¿dónde dejaste a los cuerpos menstruantes?

Sueño con que nadie nunca, en ninguna situación y bajo ningún contexto tenga que aproximarse a su menstruación con vergüenza. Sueño con que la menstruación se viva en libertad, en condiciones dignas y desde el respeto. Hablo de menstruación en conmemoración de la autora del cementerio de los calzones recortados. Esto es por y para ella. Te quiero mucho, pequeña niña de 12 años y 8 meses. Gracias por ayudarme a convertirme en la adulta que soy (somos) hoy.


Cecilia estudió derecho en el ITAM y actualmente trabaja en la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Su corazón está en la lucha por la procuración del derecho a menstruar dignamente y en la creación de espacios donde podamos cuestionar nuestras ideas, prejuicios y miedos alrededor de la menstruación.
Instagram: @Lareglaeshablar Twitter: @KalachCeci

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