La vida y la muerte: La difícil y determinante relación entre estos conceptos

La muerte sólo tiene importancia en la medida que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida.” André Malraux

La raza humana sabe que su existencia es efímera, es consciente de su temporalidad. Sabemos que biológicamente nuestro paso por el planeta es estacional y que la vida es una flor que con el paso del tiempo tiende a marchitarse. La vida es fugaz, es un suspiro frágil que dura lo que el destino considera pertinente, su éxtasis conlleva a saber su inicio y nunca su final. La vida es sólo una parte de nosotros y nosotras que no puede definirse por sí sola, sino que necesita de una contraparte para delimitarse, la vida es la luz que necesita de la oscuridad para saber su valor e incluso saber si estamos ante su presencia. No podemos dar contenido a la vida sin antes definir la muerte. 

La relación entre vida y muerte es un vínculo estrecho que tiende a negarse a sí mismo. Es una relación difícil porque evitamos y negamos la partida de este plano terrenal y al mismo tiempo, tratamos de hacer duradero lo que por naturaleza es pasajero. Le tenemos pavor a la muerte y nos regocijamos de la vida, pues la muerte es el mundo de lo desconocido y la vida es el terreno de lo acreditado. Sabemos que morimos porque vivimos, sabemos que existimos porque partimos, y por ello, la vida y la muerte son dos conceptos que deben entenderse viéndose de frente, sólo mirándose a los ojos pueden darse valor a sí mismos. Dicho cruce de miradas, conlleva a que cada valor que le den a esta relación difusa depende de la carga cultural que le sea asignada, sin embargo, necesariamente el valor que se le dé a la vida repercute en la muerte y viceversa. 

El proceso de la vida
Imagen vía Shutterstock

Así, en nuestra cultura mexicana, existe una peculiaridad para dar sentido tanto a la muerte como la vida. El escritor Octavio Paz en el ensayo El Laberinto de la Soledad describe como nunca la relación que existe entre ambos conceptos y su estudio abarca la delimitación de la muerte para entender la vida. Así, el premio nobel de Literatura sostiene que en México la muerte tiende a ser un concepto singular, la muerte representa varias acepciones, las cuales tienen un punto de intersección. La muerte en México es un concepto que tiende a ser representado en forma de burla, así como tendemos a minimizarla al no darle el mérito necesario. En nuestra cultura, a la muerte le asignamos poco valor y su punto de conexión consiste en que le fijamos una cuantía que raya en la nada. 

Más aún, la muerte ha perdido su misticismo, ha desatendido su finalidad intrínseca que le daba razón de ser. Morimos sólo por morir, la muerte es un concepto vacío que sólo sucede porque es parte de un proceso biológico, pero no hay misticismo porque la muerte nada vale. A diferencia de las culturas de nuestras y nuestros antepasados, la muerte hoy carece de sentido. Las culturas mesoamericanas entendían a la muerte como un proceso para alimentar al cosmos, el perder la vida conllevaba el agradecimiento a los dioses por su existencia. Entendían a la muerte como una fuente para alimentar a su ecosistema, su muerte tenía un significado, tenía una misión y, por ende, era algo sagrado que sólo los dioses podían disponer de ella. Sólo las deidades podían situar a la muerte porque sólo ellas ponían el destino de la vida. Para nuestras y nuestros antepasados, la muerte y la vida eran un solo ciclo, una le daba el significado a la otra y viceversa. Todo tenía un significado y no pasaba sólo por casualidad, sino que, había profundas raíces filosóficas para vivir como para morir. 

No obstante, a diferencia de los pueblos mesoamericanos, hoy en día la muerte ya no tiene valor ni finalidad. En efecto, en nuestras canciones, en nuestros dichos, en nuestras pláticas, en nuestras vidas, en nuestra cultura a la muerte le tenemos poco respeto y le asignamos un valor nulo. La muerte es algo que sólo esperamos y a la cual incluso desafiamos, pues no basta con ningunearla, sino que necesitamos ridiculizarla. La muerte en nuestra época es sólo un suceso carente de sentido, es un hecho al que la cultura mexicana sólo le asigna recuerdos nostálgicos cada dos días del año. 

Así es como dijimos la definición de la muerte repercute necesariamente en la definición de la vida, para entender la vida hay que saber dilucidar a la muerte. De ahí que, si en la cultura mexicana la muerte es carente de valor y sentido, la vida corre la misma la suerte. La muerte sin sentido repercute en que la vida en este país tiene poco valor y ninguna finalidad. La vida es un concepto que no vale nada, es como un árbol que puede ser arrancado de raíz porque la raíz no tiene razón de ser, ni propósito para dejar de existir. Al no darle valor ni misticismo a la muerte tampoco se le da valor intrínseco a la vida, al faltarle el respeto a la muerte se le falta el respeto a la vida, al burlarnos de la muerte sólo ridiculizamos a la vida. 

Sólo así podemos entender la difícil situación actual de nuestro país, una nación plagada de cementerios, de vidas arrancadas y de sueños frustrados por la violencia que azota a esta tierra. Se le falta el respeto a la vida cuando se la quita a una persona la dicha de tenerla porque es conocido que la muerte es sólo un hecho que viene a poner fin a la misma, la muerte no tiene valor que impida apresurarla ni goza de una finalidad que logre evitar que suceda sólo por suceder. Cuando en realidad la vida y la muerte deberían ser un núcleo singular que nos defina, ambas deben tener una mística, ya que vivimos para completar nuestro ciclo con la muerte y morimos para extasiar la vida. Debemos buscar significado a la muerte para agregarle valor a la vida. 

Ante ello, sería conveniente cambiar la concepción que tenemos en México sobre la muerte para darle el respeto que debe tener y con ello, consagrar la dicha de la vida. Deberíamos dar a la muerte el lugar místico que merece en nuestro día a día y sólo quizás así, pueda dársele el lugar precioso que merece la vida. Aunado a ello, debemos dejar de mirar a la muerte como un conteo de cifras, que invisibilizan la irrepetibilidad de la vida perdida, el goteo de los decesos impide observar la mística de la muerte y con ello, el valor de la vida de una persona. La muerte no es un número porque no vivimos para ello, por el contrario, vivimos por una razón para resaltar nuestra identidad única e irrepetible. 

La vida es un bien irrepetible y único que sólo la mística de la muerte logra completar, tanto la muerte como la vida se complementan. La mística de una dota de mística a la otra. 

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Abogado por el ITAM. Me apasiona el análisis de temas políticos y
electorales. Soy un fiel seguidor de los Pumas. Apasionado de la
Historia y de la literatura.
En ocasiones soy corredor. Por destellos declamo poesía.
Frecuentemente escucho a “The Doors”.

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