Ustedes, les evolucionades: sobre los peligros del transhumanismo

En el último año he reflexionado con cierto espanto sobre una más o menos nueva corriente de pensamiento: el transhumanismo. Para quien no conozca dicho movimiento, pudiéramos resumirlo como la ideología que aboga por una especie de evolución humana inducida a través de tecnología y biotecnología, esto es, mediante el uso de dispositivos externos y modificaciones internas del cuerpo, abarcando, incluso, la selección genética deliberada para favorecer ciertas características sobre otras, ergo, la vil eugenesia, aunque sus postulantes insistan en negarlo sin aportar argumentos.

Si aquello les parece una novela de Huxley no es casualidad, pues fue su hermano Julian quien creó el término transhumanismo a finales de los años cincuenta. Julian Huxley destacó como académico y científico en temas como la selección natural evolutiva y la ya mencionada eugenesia, dejando en evidencia que su ciega confianza en la ciencia y la tecnología como mecanismos para “mejorar” a la persona humana es herencia del pensamiento darwinista y la Ilustración.

Aquello no es poco relevante si consideramos que de acuerdo con algunos teóricos, como Byung-Chul Han, hoy atravesamos una Segunda Ilustración caracterizada por el dataísmo y una agresiva fe en la “razón”, la cual es en realidad una razón totalitaria que mira solamente lo que quiere mirar. Como prueba tenemos el racismo y la misoginia en los algoritmos de la inteligencia artificial, señalados por Ophelia Pastrana en su vlog.

En la actualidad, el movimiento transhumanista H+ (human plus), liderado por Natasha Vita-More, recoge tales conceptos con el afán de vender la idea de que la ciencia y la tecnología son el camino para “elevar la condición humana”, lo que sea que ello signifique. Vita-More afirma que no se trata de eugenesia, sin precisar por qué. También se refiere con aplomo a una humanidad, claramente blancocentrista y burguesa, como si no existieran ya suficientes disparidades sociales como para insistir en plantear nuevas, pues no pasa desapercibido que dentro de ese movimiento les humanes “evolucionades” se autodenominarían seres “más allá de lo humano”. A contrario sensu, quienes no cuenten con las tecnologías y “mejoras” biológicas, ¿qué serían dentro de esta corriente?

Ilustración vía Alistair-D-Borthwick
Ilustración vía Alistair-D-Borthwick

Las investigaciones de Francesca Ferrando vierten luz sobre unos puntos clave para comprender al transhumanismo, comparándolo con el posthumanismo, corriente que propone una visión por completo distinta a la primera. Comencemos apuntando que el transhumanismo tiene sus raíces en la Ilustración, donde “el hombre” –luego se ha querido cambiar por “ser humano”, pero sabemos que en la práctica sigue refiriéndose al hombre blanco– era la medida del universo.

El posthumanismo, por su parte, se nutre del postmodernismo, proponiendo una visión armónica del mundo, donde el ser humano ya no es el centro, sino que comparte el escenario con las plantas, los animales y los mal llamados “recursos” naturales, es decir, con su entorno, comprendido en él la tecnología. De lo anterior se desprende una conclusión importante: paradójicamente una de estas corrientes sí supone una evolución en la manera de concebir al mundo, y no es el transhumanismo.

De acuerdo con Katherine Hayles, el setenta por ciento de la población mundial nunca ha realizado una llamada telefónica. Esto significa que al menos el setenta por ciento de la población no está siquiera contemplada en el transhumanismo; o, peor aún, está contemplada como estorbo, enemigo o categoría inferior. Las diferencias abismales no se limitan al acceso a la tecnología. También la garantía de respeto a los derechos humanos se ha caracterizado por ser selectiva. Mientras que en ciertos países se erigen smart cities que facilitan la vida cotidiana de sus habitantes, otras naciones han sido privadas del acceso al agua potable, como es el caso de Ayutla. ¿Cómo lee estas realidades el transhumanismo? Por el momento, las omite, las borra.

El previamente mencionado Byung-Chul Han ha dedicado su pluma a denunciar la violencia silenciosa –aunque a veces no tan silenciosa– con la que el sistema neoliberal borra y cancela todo aquello que le parece incómodo y hasta feo. No sorprende que el nazismo profesara una adoración por la estética, si entendemos aquella como un mecanismo de dominación cultural. En un sentido similar es posible determinar que desde estos nuevos sistemas de pensamiento opresor y capacitista, como lo es el transhumanismo, ciertos atributos y aptitudes son considerados “superiores”. Estos son, a grandes rasgos, el poder adquisitivo, la fuerza física, la juventud, la comunión con específicos estándares de belleza, la optimización de la salud –como si el ser humano fuera un software– y el overachievement. Consecuentemente, el movimiento tiende a desplazar a las personas con discapacidades y/o pobres, por mencionar un par, de la condición de seres humanos, pasando a ser consideradas como lo opuesto al human plus, esto sería, human-less.

He ahí el motivo de mi terror: los disfraces del fascismo no paran de reinventarse.

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Mexicana. Licenciada en Derecho, Máster en Literatura y sommelier. Mamá
feminista. Filosofo y escribo desde Florencia, Italia.

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