¿Qué tiempos extrañamos?

En México resulta común escuchar la frase: “antes estábamos mejor”, pero muy pocas ocasiones nos detenemos a reflexionar esas palabras y preferimos sucumbir ante el deseo inexacto de volver a un pasado social y económicamente distinto. El ansia se comprende, pues la inseguridad de nuestros días, el bajo crecimiento y los malos actores políticos, son los principales motivos que nos orillan a aceptar la idea de rescatar proyectos del siglo XX. No obstante, en estas situaciones solemos olvidar dos aspectos generales: en primer lugar, rara vez nos preguntamos por qué dejamos utilizar los modelos del pasado y, en segundo lugar, no solemos analizar el contexto general, nos conformamos con subordinar la anécdota a lo que deseamos.

El milagro mexicano

No solo en México, sino en todo el mundo occidental, se extrañan los cálidos 60, década donde la economía basada en un modelo conocido como Estado de Bienestar logró altos niveles de crecimiento y desarrollo económico. La historia mexicana de este episodio del siglo XX es más conocida como el milagro mexicano o el modelo de sustitución de importaciones, periodo en el que los factores de producción se concentraron en la industria y nuestro país logró tasas de crecimiento de 6% anual.

Como se mencionó arriba, el fervor de las buenas noticias nos suele persuadir sin antes reflexionar unos segundos. Identifiquemos lo siguiente:

Primeramente, debemos ser claros en la forma en la que el modelo de sustitución de importaciones se agotó. Durante el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz, México comenzó a trasladar su capital a los sectores industriales con el fin de promover una industrialización mexicana, cuyos aportes permitieran producir todo lo que se demandaba en el país. Sin embargo, con el paso de los años, el capital utilizado nos mostró una de sus principales características: los rendimientos marginales decrecientes; en otras palabras, piense usted en cualquier máquina y póngala a funcionar durante 10 años, claramente cada año producirá menos y se depreciará más.

Consecuentemente, en toda economía los recursos son escasos, por lo que el hecho de trasladar todo el capital a un solo sector produce un agotamiento de factores productivos en otras áreas (por ejemplo, en la agricultura) y el desarrollo del país se ve mermado, pues para tener un crecimiento sostenido se necesita generar innovación, y con sectores sin capital es muy difícil alcanzar este objetivo.

Finalmente, abarquemos el contexto completo. En repetidas ocasiones tendemos a emocionarnos por los crecimientos vertiginosos de economías con un modelo diferente al de libre mercado, tal y como México lo experimentó en su periodo de autarquía en los 60. Un aspecto importante de este esquema fue el tener un gobierno altamente autoritario, pues no es ningún dato oculto el hecho de que Díaz Ordaz cumplía con esta característica. Algunos se preguntarán por qué, y la respuesta es muy sencilla: cuando un gobierno tiene un control así, es fácil imponer cualquier decisión, trasladar cualquier capital a cualquier lugar y no escatimar en costos políticos.

Usted, amable lectora o lector, decidirá si prefiere tener un modelo económico de los 60 o si utilizamos la creatividad mexicana para replantear un crecimiento sostenido.

Corrupción, delincuencia y narcotráfico

Empecemos con lo que muchos mexicanos tienen por el principal problema del país: la corrupción. Es cierto que el problema es más visible que nunca, pero vale la pena poner las cosas en su debida categoría. 50 años atrás no conocíamos los celulares, 20 años atrás no conocíamos las redes sociales, hace 5 años no conocíamos el blockchain. El avance tecnológico tiene ventajas, y una consecuencia es la herramienta que ha permitido reforzar la rendición de cuentas.

Es muy común pensar que la corrupción va ligada a algún modelo económico. No obstante, lo que debemos señalar es que una hipótesis interesante puede ir relacionada a la existencia de este problema desde años y décadas atrás, sin embargo, gracias a las comunicaciones y tecnologías del siglo XXI podemos tener una mayor apreciación y, hasta cierto, un mayor control de las actividades que se realizan con nuestros impuestos. Usted decide, lectora o lector, ¿qué es peor: tener corrupción y no darse cuenta o darse cuenta y tener corrupción?

Para el caso de la delincuencia y el narcotráfico, solemos extrañar tiempos de largo y corto plazo previos. Es aquí donde la población acierta con su perspectiva. Desde 1980, el número de delitos totales ha ido en aumento, el narcotráfico se ha ido expandiendo y la ciudadanía se ha visto cada vez más perjudicada.

Para este rubro es mejor analizar las tangentes que se deben tomar a raíz de este conflicto. Ambos problemas, la delincuencia y el narcotráfico, aprovecharon una característica importante del país: su conectividad con el resto del mundo. Así es, lo que muchos gobiernos tardaron en hacer, las organizaciones criminales lo aprovecharon en cuestión de años. Es por ello que el problema ya debe ser entendido en un aspecto internacional, bajo el cual la cooperación debe influir para detener el aumento de delitos.

¿Ya no cabemos?

Vale la pena finalizar hablando sobre el tráfico, los edificios y la contaminación. Muchos señalan que los tiempos de antes eran mejores porque no había una sobrepoblación en la zona metropolitana del centro de México. Irónicamente, debido al modelo de sustitución de importaciones, las ciudades de Guadalajara, Monterrey y Ciudad de México acapararon toda la industrialización, provocando un alto crecimiento demográfico en sus zonas. De alguna forma, esa centralización de la que muchos hablan fue una consecuencia de una mala planeación económica. Sin embargo, debemos entender que la solución a este dilema no se encuentra en ver al pasado, sino en adecuar las principales ciudades de México para albergar a una población económicamente activa y, al mismo tiempo, otorgar beneficios a las demás ciudades con problemas totalmente opuestos, es decir, con una falta de actividad económica.

 

 

Referencias

https://www.nexos.com.mx/?p=36958

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Rodrigo Núñez, 21 años.

Estudiante de economía en el ITAM y derecho en la UNAM, coordinador del área de transparencia del Centro de Estudios Alonso Lujambio y asistente de investigación del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.
Escribo sobre economía, derecho e historia.

Me interesan los deportes y la política.

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