Lo que aprendí de Arnold

Como un niño que creció en los 90s y 2000s estuve rodeado de caricaturas increíbles. Muchas aún me encuentro recordándolas de vez en cuando con un cariño y nostalgia especial. “¡Oye, Arnold!” es una de ellas, y tal vez, una de las más personales y significativas para mí.

Muchísimas cosas me parecían geniales de aquel programa: el ambiente urbano musicalizado con jazz, los trazos coloridos de sus personajes, la genialidad de los edificios en los que vivían y las historias creativas que hacían volar mi imaginación.

Verlo era como salir en una aventura que a cualquier niño le gustaría vivir. Incluso los capítulos de terror llenaban mi curiosidad y me hacían sentir como si estuviera ahí. La serie estaba rodeada de un mundo aspiracional, y sin embargo, tenía un elemento que la hacía sentir tremendamente humana.

En muchas ocasiones me encontré identificado con sus historias, como la necesidad de querer encajar o el sentimiento de no ser comprendido en un mundo de adultos. En otros momentos, aun cuando fuera una situación que no hubiera vivido, me encontraba poniéndome en los zapatos de los demás.

La serie muestra una visión amable del mundo a través de su protagonista.  Según las palabras de su creador, Craig Bartlett:

“Arnold es estáticamente un pequeño niño zen de la ciudad y él ve siempre el lado hermoso de esta. A pesar de que no le dice a los demás: «mira, esto es feo para ti, pero es hermoso para mí», tú simplemente lo entiendes”.

Arnold es la representación de un niño común que a pesar de vivir momentos difíciles (como haber perdido a sus padres) decide ver la belleza en la vida. Para mí, esta cualidad es algo que lo destacaba de otras caricaturas.

Mientras muchos personajes son dibujados con superpoderes o cualidades mágicas, lo que hace especial a Arnold es su habilidad para ver lo mejor en cada situación y persona. Ese es su superpoder.

A través de sus ojos comprendemos que cada quien tiene una historia. Helga, Harold, Paty, Stinky o incluso «el chico del pórtico que no quiere salir de su pórtico». No siempre sabemos lo que las otras personas están pasando, pero podemos ser amables con ellas aun cuando parece que no lo merezcan. Nos recuerda el poder que una buena acción puede causar en los demás.

Arnold nos enseña el valor de siempre escuchar y ver más allá de las apariencias. A conciliar y pedir perdón. Nos enseña a no ser indiferentes y ser valientes para defender lo que creemos. Ser agradecidos y aprender de las experiencias.

Claro que todas estas cualidades, al final, pertenecen a un personaje ficticio. Pero recuerdo ser niño y encontrar en él un modelo a seguir. Querer tener el optimismo y la bondad que caracterizan Arnold y transmitirlo a las personas que me rodean. Volverlo parte de mí.

A veces olvidamos estas cosas que aprendimos en la infancia o simplemente las damos por sentando. Permitámonos ver la vida como una oportunidad de ser gentiles con los demás sin esperar nada a cambio, al final, es un poder que está al alcance de todas las personas.

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Me gusta escribir sobre las cosas que me apasionan. El cine es una de ellas.

Psicólogo, yucateco y a veces muy soñador.

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