La vulneración del concepto “hogar” en tiempos de COVID

El término “hogar” tiene distintas acepciones. Sin embargo, hay un consenso tanto filosófico como popular de que este vocablo tiene que contar con un espacio físico que puede ser desde lo que llamamos casa hasta cualquier otro lugar definido, y también cuenta con la característica de tener una carga subjetiva, pues la evaluación de cada persona r00especto al nivel de su confianza y calidez con ciertos elementos que lo hacen sentir seguro y a gusto en el espacio físico de su preferencia, es que van a definir si se encuentran o no en su “hogar”. Así, estos dos elementos son los que pueden ayudar a dilucidar a saber en qué situaciones estamos o no en el espacio más sagrado que tiene un ser humano.

En efecto, a lo que llamamos hogar es el lugar más sagrado que cualquier ser humano tiene. Lo sagrado radica en que el hogar por esencia siempre va a ser el espacio en donde más seguros y auténticos podemos ser y estar, ya sea porque las personas que ahí residen nos den la confianza de ello o por ciertos elementos que lo componen. Todo ello permite que el hogar sea el refractario en donde todos los seres humanos descansamos de lo abrumante que es el mundo. El mundo es un complejo de incertidumbres y sólo en el hogar, los seres humanos encontramos la certidumbre de que tenemos algo que sólo nos pertenece a nosotras y nosotros mismos, y que en ese espacio siempre encontraremos aquello que nos llene de rebozo la vida.

El hogar nos pertenece no sólo como espacio físico, sino que también nos pertenece porque sabe cosas privadas y muy personales que debemos proteger del mundo exterior. Estos elementos personales para su protección deben quedar encerrados en las paredes de nuestro hogar porque son cosas que sólo nosotras y nosotros conocemos y de los cuales, para mantener intacta su esencia debemos protegerla de los calificativos del mundo exterior. Por ejemplo, sólo en su hogar las familias hacen sus propios rituales para hacer sus actividades como pueden ser el decir unas palabras antes de las comidas o expresarse con libertad de los acontecimientos del mundo. Esto es, el hogar es el guardián de nuestra privacidad en su más íntima expresión y como tal, debe ser resguardado con recelo.

Aún más, por regla general, el hogar no sigue las reglas del exterior ni las convenciones morales y sociales, pues en este espacio rigen la calidez y fraternidad como reglas y de ahí todo lo demás se desprende. Nuestras actividades, nuestros hábitos, tienen su propio ritmo en el hogar. Por ejemplo, no es el mismo ritmo con el que comemos en el hogar con nuestros seres queridos que cuando comemos en pleno horario laboral. Asimismo, no es la misma pauta cuando tomamos un descanso en el hogar que cuando lo hacemos en cualquier otro lugar. Así, el hogar nos permite realizar a nuestro ritmo y pauta las cosas que no podríamos realizar fuera de él, puesto que, es un espacio que incluso nos permite ser más libres que en el mundo exterior.

Así, el hogar se constituye como el eje de certidumbre de nuestras vidas, pues todo en el mundo puede cambiar de un día para otro, no obstante, siempre sabremos que tenemos un eje estable que nos brinda una seguridad de certidumbre como lo es el hogar. Sin embargo, la pandemia del COVID ha venido a trastocar la protección que tiene el espacio más sagrado de nuestras vidas, puesto que las paredes de nuestro hogar han sido borradas casi por completo, en el sentido de que el mundo exterior se encuentra hoy más que nunca presente en los rincones del lugar más privado que tenemos, con todo lo que ello conlleva.

Vía Parada Visual

En efecto, muchas de las actividades que hacíamos en el mundo exterior, ahora por la necesidad de conservar nuestra salud las tenemos que realizar en el hogar. Ir a la escuela, hacer ejercicio, conectar con nuestros seres queridos entre muchas actividades. Cosas que eran realizadas en espacios definidos dedicados exclusivamente a que realizáramos dicha diligencia; sin embargo, por el virus del COVID, todas estas actividades han invadido nuestro hogar, puesto que el mundo, aunque está colapsado por la enfermad, no detiene su ritmo. Sí, al no detenerse, debemos seguir realizando nuestras vidas en el lugar más seguro y privado que todo ser humano tiene, vulnerando con ello, su esencia.

Así es, mientras prendemos nuestra computadora para conectarnos ya sea a una reunión laboral o a tomar clases, también conectamos al lugar en donde nos encontramos. En efecto, nuestro hogar también se conecta a las actividades que realizamos de forma virtual, y con ello, queda al descubierto como nunca y de forma consentida o no, estamos permitiendo que se conozca mucho sobre él, desde los ruidos hogareños, la ubicación de los muebles, las personas que lo habitan, los sonidos de nuestras mascotas, entre otras muchas cosas que son trasmitidas y conocidas de forma virtual.

Esto es, el mundo exterior ha invadido nuestro hogar, y con ello, ha vulnerado su misticismo, pues el espacio que sólo era nuestro y lo más privado que tenemos, ya no  es del todo nuestro. Es más, la pandemia del COVID nos ha arrebatado eso que sólo era nuestro espacio sagrado, un hogar que tenemos que compartir queramos o no con el mundo exterior. Y con todo ello, ha venido a revolucionar lo que debemos entender por hogar porque el que estaba definido, puede que haya perdido su esencia.

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Abogado por el ITAM. Me apasiona el análisis de temas políticos y
electorales. Soy un fiel seguidor de los Pumas. Apasionado de la
Historia y de la literatura.
En ocasiones soy corredor. Por destellos declamo poesía.
Frecuentemente escucho a “The Doors”.

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