Interminable

A lo largo de la pandemia hemos recibido diariamente noticias que nos bombardean con fechas aproximadas de cuándo se terminará, cuándo seremos capaces de volver a nuestras vidas normales, a ver a la gente que queremos, a tocar a quienes amamos. Sin embargo, día con día se modifica y se aleja más aquella deseada fecha, las hojas del calendario caen unas tras otras y mes con mes nos acercamos más al cumpleaños de la pandemia. ¿Cómo nos ha afectado esto? Es innegable que uno de los efectos más notorios es la desesperación y la depresión.

Hace unos meses, platicando con una amiga, las dos mencionamos que con cada día que pasaba, parecía menos probable que se termine este encierro que, aunque últimamente menos rígido, persiste. Ella mencionó algo sucedido en Auschwitz, con aquellas víctimas de la atrocidad humana que, en cambio, se encontraban encarceladas contra su voluntad. Lo que sucedió es que un hombre, de los tantos que se encontraban encerrados, decidió que inventaría —solo por hacerlo, parece— una fecha aproximada de su salida “nos liberarán en seis meses” dijo el hombre a sus compañeres de cautiverio, elles a su vez se lo decían a otres, la información fue modificada, claro, pero el mensaje el mismo: pronto se acercaría el fin. ¿Qué pasó con la gente? Al saber que se aproximaba el fin de la tempestad, comenzaron a vivir con más felicidad y facilidad sus días —la felicidad posible, dada la situación, que no creo haya sido mucha— no obstante, pasó el plazo esperado y la liberación no llegó, ¿cómo afectó esto a quienes se veían prontamente libres? Pues bien, se vieron absortos en la tristeza, en la depresión, muchas personas se dejaron morir a sabiendas que existía una enorme probabilidad de que no volvieran a ver la vida más que a través de las rejas.

Esta situación no es, ni remotamente, parecida a la pandemia, sin embargo, en algo que podemos hacer un símil es en como día a día nos llegan noticias sobre cómo el fin de esta situación parece acercarse más y más. El cambio del color del semáforo se acerca, si pasa a naranja, prontamente pasará a verde o, por lo menos, eso pensamos. La fecha, aun así, no llega, ni siquiera está cerca de hacerlo. Recuerdo que al inicio de esta pandemia nos dijeron que no tardaríamos mucho en volver a nuestras vidas normales, “probablemente solamente estaremos aquí tres meses”, “volveremos a clases en enero”, “para Navidad nos vemos, que ya todo estará como nuevo”, todos estos dichos se cumplieron y las cosas normales no volvieron, la Navidad se sintió extraña, enero sigue siendo encierro y la escuela parece que no será normal de nuevo.

Felicidad, ansia, luego tristeza y ahora desesperanza, ¿esto cuándo se acaba? Atrapades en un ciclo de monotonía interminable, las emociones se vuelven cada vez menos auténticas, pierden su color y poco a poco van alcanzando poco la transparencia. ¿Son la apatía y el nihilismo lo que queda después de la nada? Parece, tristemente, que queda tiempo para descubrirlo, demasiado y de sobra… probablemente se revivirá todo este ciclo.

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¡Hey! Estudio Derecho en el ITAM y tengo 23 años. Soy promotora de los Derechos humanos, y más particularmente de la salud mental. Me interesa mucho la filosofía, particularmente en cuanto a la formación individual del humano, tanto de manera colectiva como individualmente.

Siempre abierta al conocimiento de diferentes perspectivas de manera cordial y respetuosa. Nunca se sabe suficiente del mundo y siempre estamos construyéndonos.

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